Cinco décadas de éxitos y sus vivencias con José José

Wilfredo “Wildo” Labarca es sin duda una leyenda viva de la música popular latinoamericana. Nacido bajo los focos de la Nueva Ola chilena, su voz privilegiada y su talento como compositor lo llevaron a conquistar escenarios internacionales y a escribir éxitos continentales, como el inolvidable tema “Como tú”, inmortalizado por el cantante José José

Más que un intérprete, Wildo se ha convertido en un puente cultural que ha unido la nostalgia dorada de la balada clásica con la energía de la producción moderna. 

En interesante entrevista, tendremos la oportunidad de viajar a través de cinco décadas de música, de conocer su visión acerca del panorama cultural actual, al igual que de escuchar grandes anécdotas que tuviera con el Príncipe de la Canción: José José. 

Si en 1966 el entrenador de las fuerzas básicas de la Universidad de Chile te hubiera dicho “te quedas en el equipo”, ¿serías hoy un exfutbolista o crees que la música igual te hubiera encontrado?

A la distancia es difícil imaginarse qué hubiera pasado. Yo creo que me hubiera quedado como jugando de futbol. ¿Por qué? Porque siempre me atrajo muchísimo.

Quiero confesarte que soy un futbolista frustrado, ya que mi sueño de niño siempre fue el haberme convertido en jugador de futbol. La música me atraía mucho, pero me gustaba más el deporte.  

¿En qué momento te diste cuenta de que la música era lo tuyo, Wildo?

Fue desde muy joven, desde los 10 años, siendo compañero en el colegio de José Alfredo “Pollo” Fuentes, una de las figuras más importantes de nuestra música, alguien a quien podríamos comparar con Enrique Guzmán en México. Desde chicos fuimos grandes amigos. A ambos nos fascinaba el fútbol, pero él me fue contagiando poco a poco ese gusto por la música.


¿Cómo te diste cuenta de que tenías talento para cantar?

Te cuento una anécdota muy simpática. Cuando era niño, vivía en una casa que colindaba con un taller mecánico que fabricaba anillos para motores. Yo pasaba el día en mi patio jugando al fútbol con una pelota imaginaria, pateando y cantando para pasar el tiempo, como cualquier niño. Al parecer no lo hacía nada mal, porque los trabajadores del taller cercano me aplaudían al terminar cada canción. 

Curiosamente, ese taller era de mi familia. Yo era el encargado de cobrar la renta, algo así como el Señor Barriga, en la Vecindad del Chavo (risas). Cuando entraba, los mecánicos me decían: “¡Oye, qué bien cantas!” y me pedían canciones. La que más me solicitaban era “El jinete”, de Miguel Aceves Mejía, un artista que a mí me encantaba. Yo cantaba con fuerza aquello de “por la lejana montaña va cabalgando un jinete…” y los trabajadores me aplaudían mucho. Ahí me empecé a dar cuenta de que era entonado y de que a la gente le gustaba mi voz. 

Después ocurrió un hecho especial. Vino un verdadero boom juvenil en Chile por aprender a tocar la guitarra. Todo el mundo quería tener una para cantar en los paseos a la playa o en las reuniones escolares. Mi hermana, que es tres años mayor que yo, empezó a tomar clases. Yo le sacaba su cuaderno de notas a escondidas y comencé a practicar solo. Aprendí rapidísimo sin que nadie me explicara cómo, aprendiendo también a componer.

“Llegué a México en agosto de 1973, buscando una salida a la difícil situación política y social que vivía Chile”

Hay una historia de tu infancia, quizás no tan amable, de cuando tu papá los dejó siendo tú un bebé. En la escuela tuviste que inventar que estaba muerto, pero a los 12 o 13 años apareció de la nada mientras jugabas en la calle. Platícanos de ese momento.

De niño yo veía que los padres de mis compañeros los iban a dejar al colegio o que todos hablaban de sus papás. Yo, obviamente, no podía hacer lo mismo porque mi padre siempre estuvo ausente. Ellos se separaron cuando yo tenía apenas un año y fue algo drástico; él no apareció nunca más. Tuvo una vida muy azarosa, marcada por el alcoholismo. 

A mí me crio mi mamá, a quien habría que levantarle un monumento, ya que, con todos sus defectos, tuvo la enorme virtud de sacarnos adelante a mi hermana y a mí, y de darnos educación.

En esa época, mi querido Roberto, yo sentía esa ausencia. Como no podía hablar de él, simplemente me hacía el tonto cuando salía el tema. Hasta que un día me cansé y dije: “Mejor lo mato”. Les empecé a decir a mis amigos que mi papá había muerto. Eso me trajo varios incidentes. Una vez mandaron un comunicado del colegio dirigido a mi mamá que decía: “Señora Elsa Rolla, viuda de Labarca”. Mi papá todavía no fallecía, andaba por ahí, así que mi mamá se extrañó mucho. La señora que nos cuidaba fue a preguntar al colegio y allá le respondieron: “Es que el niño dice que su papá se murió”. Para colmo, yo había inventado que había muerto en la Segunda Guerra Mundial. Imagínate, las fechas ni cuadraban, pero yo aseguraba que se había quemado dentro de un tanque en el desierto.

Un día, al estar jugando en la calle con cuatro o cinco chicos del barrio, de repente, llegó un señor, me tocó el hombro y me dijo: “Hola, Wildito. Yo soy tu papá”. Más allá del impacto de momento, lo que recuerdo es la enorme vergüenza que sentí frente a mis amigos. Ellos sabían toda la historia del tanque y yo solo quería que el señor no repitiera más que era mi padre. Ya lo había entendido. Él me insistió: “Vamos a tomar un refresco”, y fuimos a un negocio en la esquina.

Caminar con él fue una experiencia muy extraña, fue la única vez que lo vi. Estuve ahí, tomamos el refresco y lo miraba. Cuando uno es pequeño no distingue bien si alguien está borracho o no, pero se notaba su estado. Al final me dejó ahí y me dijo algo que hoy también resulta tragicómico: “Me gustaría venir a buscarte el domingo para que salgamos”. Le dije que sí y corrí a mi casa. Mi mamá estaba lavando y le conté: “Mamá, fue mi papá”. Ella, que era muy fría, solo me dijo: “Ah, sí, está bien”. Le avisé que iría a buscarme el domingo y ella ni peló (así como se dice en México) la situación. Efectivamente, ese domingo nunca llegó; mi papá jamás volvió.

Años después, cuando yo tenía unos 14 o 15 años, supimos por mi mamá que había muerto. Falleció en condiciones muy tristes, prácticamente en la indigencia. El alcohol lo destruyó y lo aniquiló socialmente. 

Esta historia se las conté a mis hijos cuando eran chicos y en vez de darles pena, les daba risa por lo crueles que pueden ser los niños. De ahí nació un dicho en nuestro círculo familiar. A veces, entre nosotros nos decimos: “El domingo te vengo a ver”, sabiendo que es una promesa que no se va a cumplir. 

Ver por primera vez a alguien que te dejó siendo un bebé no debe haber sido nada fácil.

No lo fue. Que camines por la calle, alguien te toque el hombro y te diga que es tu padre es un choque fuerte. Al final, los lazos afectivos no se crean por el simple hecho biológico; el cariño y el afecto se construyen con la convivencia, viendo que tu padre te acompaña y te apoya. Aquí no hubo nada de eso. Quien asumió ese rol de padre no biológico fue un tío mío, el esposo de una hermana de mi mamá. Él me cobijó y, gracias a su apoyo, tuve la suerte de estudiar siempre en los mejores colegios privados. Él me dio ese valor tan inmenso que es la educación.

“Le propuse a Carlos Reinoso hacer un tema para el Club América juntos”

Pasando a temas de fútbol, y con el Mundial todavía en proceso, se sabe que escribiste temas para la Selección Mexicana, el Club América y otros equipos tras tu llegada a México en 1973. ¿Cómo nació esa conexión?

Llegué a México en agosto de 1973, buscando una salida a la difícil situación política y social que vivía Chile. Me invitó y recibió en su casa mi gran amigo chileno Carlos Reinoso, uno de los más grandes ídolos en la historia del Club de Futbol América.

Toqué a su puerta con solo una maleta y mi guitarra, sin saber si su invitación había sido por pura cortesía, pero él me cobijó desde el primer minuto. Ese mismo día, a las ocho de la noche, ya estaba saliendo por el túnel del Estadio Azteca. Carlos estaba lesionado y jugaban contra el Atlante, así que fuimos juntos. Entrar a los vestidores, saludar a paisanos míos y mirar esa imponente escalinata que yo solo había visto por televisión en el Mundial del 70, fue una experiencia que jamás voy a olvidar.

A partir de ahí, se creó un fuerte lazo con el Club América. Yo iba todos los días a los entrenamientos. En esa época no existían los códigos tan estrictos de vestidor que hay ahora; yo entraba con total naturalidad, trotaba en las canchas y convivía con el plantel. Me gané el afecto del técnico y de jugadores entrañables como Enrique Borja y el “Pichojo” Pérez.

¿Sabían que eras cantante?

Todos sabían que yo era cantante y me albureaban de cariño en el vestidor, que como tú sabes Roberto, es la forma en que el mexicano te demuestra que ya eres parte del grupo. Al poco tiempo, la editorial Musart conoció mis canciones, me contrató y pasé a ser un artista activo en el mercado mexicano, trabajando bajo la producción de Enrique Okamura, el mismísimo productor de Juan Gabriel.  

La idea de escribirle una canción al equipo nació en 1976. En ese entonces, yo vivía en un edificio en la colonia Nápoles que era una verdadera Torre de Babel; compartíamos pasillos músicos de Alberto Cortés y futbolistas del América como Gustavo León y Oribe Maciel. Un día, un jugador uruguayo me contó que en Perú había grabado un tema para un equipo al que llamaban los “Cremas”. De inmediato pensé en el América, a quienes antes también les decían así. Le propuse a Carlos Reinoso —que era alguien que se la pasaba cantando en el auto— hacer un tema juntos.

La canción decía: “América, llevo en mi pecho los colores de América». Los arreglos los hizo el maestro Chucho Ferrer y recuerdo con mucha gracia que los músicos de la orquesta, que eran fanáticos de las Chivas del Guadalajara, no paraban de hacernos bromas mientras grabábamos.

El tema fue un éxito porque coincidió con el momento en que el América llegó a la final contra la UdeG en el Estadio Azteca y se coronó campeón con un gol histórico de Reinoso. Cuando el estadio estalló en celebraciones, pusieron nuestra canción por los altavoces, convirtiéndose en un himno popular instantáneo y vendiendo más de un millón de copias. Se armaron chistes, mitos urbanos y una efervescencia tremenda en todo el país. Si en esos años hubieran existido las redes sociales, las calles y las pantallas se habrían inundado de memes con nuestra canción.

Más allá de su genio deportivo, Pelé era un tipo cálido, humano y alguien que siempre te brindaba una sonrisa”

Antes de salirnos del fútbol, Wildo, hay una muy buena anécdota de cuando terminaste cantando y tocando la guitarra en una fiesta y un cuarto de hotel junto al Rey Pelé. Platícanos de eso.

En 1981, un año antes del Mundial de España, Televisa y una marca de pan contrataron a Pelé para hacer unos programas y presentar un documental sobre su vida. En una de sus idas a México, nos encontramos con él a través de mi brother, Carlos Reinoso, a quien Pelé ya conocía muy bien de sus años jugando en Chile.

Coincidió con que Pelé estaba cumpliendo 41 años, así que decidimos organizarle un festejo. Teníamos una amiga en la colonia Del Valle que vivía en un departamento muy bonito y que tenía amigas modelos, así que armamos la reunión ahí.

Me tocó ir a buscar a Pelé a su hotel en Paseo de la Reforma. Entré al comedor del hotel y ahí estaba él; era imposible no distinguirlo por su enorme presencia. Tras conversar un rato con él y su abogado, subimos a su habitación. Ahí, en la intimidad de su cuarto, sacó una botella de whisky y me la pasó metida en una bolsa de plástico para la ropa sucia. Ya en el auto que yo iba conduciendo, el abogado estaba de copiloto y a Pelé le tocó viajar atrás. Me acuerdo de ir conduciendo, mirarlo por el espejo retrovisor mientras pensaba: “No puede ser que traiga aquí al lado a esta leyenda mundial”.

Llegamos a la fiesta, donde ya nos esperaba Reinoso. No invitamos a muchos hombres, eran más que nada amigas. Fue una noche fantástica y de ahí nació una relación muy cercana con él durante toda esa época. Resulta que, como el mundo es al revés, a mí me fascinaba el fútbol y a Pelé le apasionaba la música.

Cada vez que regresaba a México me llamaba a casa para salir. Siempre me decía: “Wildo, ¿trajiste la guitarra?”. Nos poníamos a tocar; él no cantaba nada mal y tenía una cadencia muy brasileña para componer. 

De hecho, la famosísima Elis Regina le llegó a grabar un tema de su autoría. Si Pelé hubiera vivido en esta época, la industria lo habría hecho grabar discos sin dudarlo. Más allá de su genio deportivo, era un tipo con una diplomacia y una calidez humana especiales; siempre con una sonrisa, un abrazo o una foto para quien se le acercara.

Tuviste una gran amistad con el Príncipe de la Canción, José José, alguien muy querido en México. Se sabe también que hablaste con él pocos días antes de su muerte, ¿qué fue lo que te dijo en esa última llamada, Wildo? ¿qué es lo que la gente realmente no entendió sobre el dolor de esos últimos años?

No soy el indicado para juzgar lo que se ha dicho, pero te puedo decir lo que pasó en Chile. Su muerte revitalizó su figura de una forma impresionante. Aunque aquí en Chile ya tenía prestigio, nunca hizo presentaciones masivas como Luis Miguel o Chayanne. Con su partida, la gente descubrió una vida de tremendo éxito, pero también de mucho dolor. Su autenticidad le caló hondo al público mexicano; él jamás ocultó su alcoholismo ni sus problemas sentimentales. Contaba las cosas de frente y eso, en lugar de alejarlo, lo hizo profundamente humano y cercano a la gente.

Nuestra historia comenzó en 1976 cuando me citó la RCA para que le mostrara unas canciones, grabándome José José el tema “En las puertas del Colegio”, junto con canciones de otros chilenos. Ahí nacería una amistad entre nosotros. Pero el momento definitivo ocurrió en 1989. Yo ya había regresado a Chile tras ganar la OTI y supe que José José venía a un programa de televisión en Santiago.

Lo busqué en su hotel y nos dio una alegría enorme vernos. Me ofrecí a llevarlo al canal en mi auto y, para pasar más tiempo conversando con él, decidí darle una vuelta muy larga a la ciudad, cargando conmigo un cassette con temas nuevos y esperando el momento para mostrárselos. De pronto, soltó la palabra mágica: “Oye, cabrón, ¿no tienes algún tema nuevo?”. Le puse la cinta y la primera canción que sonó fue “Como tú”. Se guardó el cassette en el bolsillo y esa noche salimos a cenar.

Al poco tiempo me avisaron desde México que la canción ya estaba sonando fuertísimo, recibiendo también yo el recado de José José, de que me había grabado ese tema y que estaría incluido en su nuevo álbum. Se convirtió en un éxito en las listas de popularidad de Estados Unidos y México.

Te platico también que, en 1990, José José celebró sus 25 años de carrera con una gala mítica en el centro nocturno Premier en San Jerónimo CDMX. Me invitó a esa celebración y ahí dimensioné el cariño que me tenía. En un salón lleno de celebridades internacionales como Roberto Carlos, Manuel Alejandro y Pérez Botija, yo estaba ahí metido entre los elegidos. En esa misma fiesta conocí al promotor de fútbol Carlos Hurtado, un encuentro que cambiaría mi vida porque me abriría las puertas para trabajar como manager e intermediario de jugadores de futbol hacia México.

Años después, tras la separación de José José y Anel, nos distanciamos un poco, sin embargo, el destino volvería a cruzarnos. Carlos Hurtado se mudaría a Miami, coincidiendo en el mismo vecindario con José José. Al enterarse de que ambos éramos íntimos amigos, sellamos la promesa de reunirnos. Como yo viajaba constantemente a Miami por temas de fútbol, a partir de ese reencuentro iniciamos una etapa de amistad mucho más cercana, intensa y madura. Cada vez que yo viajaba, nos juntábamos a comer, cenar o a pasar tardes enteras jugando dominó.

¿Tienes alguna anécdota de esa época en que fueron tan cercanos?

Recuerdo una ocasión en que Carlos Hurtado nos invitó a un viaje a Europa a los dos, junto con algunas otras personalidades del medio. José José y un servidor fuimos compañeros de habitación durante ese viaje. Allí tuve la oportunidad de conocer miles de anécdotas que me hicieron aprender a quererlo tremendamente.  

“Uno de los más grandes valores de José José fue su humildad”

¿Hay algo que te haya compartido en medio de esas pláticas? 

Me comentó que él grababa las canciones para que nadie más las pudiera cantar mejor que él. Me dijo textualmente: “Yo grabo mis canciones, cabrón, para que nadie las pueda cantar mejor que yo, güey”

Y tenía toda la razón. Actualmente hay unas cinco mil versiones de  “El triste” en el mundo, pero ninguna se compara con la de él. Ninguna. No hay nadie que haya cantado ese tema mejor que el en su época de esplendor, y mira que lo han grabado una infinidad de muy buenos artistas.  

Tuviste contacto con el poco antes de su muerte. ¿De qué hablaban en esos momentos?

Tuve contacto telefónico con él varias veces antes de su partida, pero te confieso que le entendía muy poco a lo que decía. Le costaba muchísimo hablar y era difícil descifrar sus palabras.  

La última vez que hablé con él fue al buscar a su esposa, Sarita, para preguntarle cómo seguía de salud. Ella me pidió que lo llamara al día siguiente, ya que se estaba quedando en casa de su hija. Al día siguiente lo busqué y lo último que me dijo fue que me quería mucho. Me repetía una y otra vez: “Te quiero mucho, cabrón, te quiero mucho”. Me emociono profundamente cada vez que lo recuerdo. Imagínate a una persona tan querida por un continente entero, alguien con tantos amigos. No había artista que no conociera a José José; era un hombre de una humildad y un respeto verdadero por la gente.

¿Alguna otra anécdota interesante que recuerdes junto a él?

En el año 2006, unos amigos y yo inauguramos un restaurante de comida argentina en la Quinta Avenida de Playa del Carmen. Lo invité a la apertura y accedió con mucho gusto. Recuerdo que lo fuimos a buscar al aeropuerto de Cancún, pero pasó una hora desde que salió el resto de los pasajeros y él no aparecía. De pronto, se abrieron las puertas del área de reclamo de equipaje y ahí estaba el, tomándose fotos con todo el mundo: con los que rentan autos, con los maleteros y con muchos otros pasajeros.

Se dice que Cristian Castro es uno de los artistas que mejor ha interpretado su música. ¿Qué opinas de eso?

Como te mencioné, el grababa sus temas para que nadie los cantara mejor que él, razón por la que ciertamente era muy difícil llegar a interpretarlos como él lo hacía.

Sin embargo, creo que el que más se acerca es, sin duda, Cristian Castro. Cristian no solo era su ahijado de bautizo, sino que también tuvo una relación de profundo cariño con él.

Desgraciadamente, quienes más pudieron haber heredado su voz fueron sus propios hijos, pero escuchar cantar a Pepito (como le decía a su hijo) o a su hija, da un poco de pudor, porque no le llegan ni a los talones. 

Hay cientos de imitadores de José José, pero el que ha hecho el mejor tributo, de manera indiscutible, ha sido Cristian Castro.  

¿Cuál consideras que fue uno de sus más grandes valores?

Sin duda alguna, su humildad. Era una persona diez veces más famosa que Luis Miguel, pero extremadamente humilde. A Luis Miguel no se le podía mirar a menos de veinte metros y había que tocarlo con “pincitas”, mientras que José José se la pasaba abrazando a la gente.

Recuerdo una vez que lo fui a ver cantar a la Ciudad de México y me hizo subir al escenario para que cantara con él. ¿Qué artista de esa talla hace algo así? Por eso la gente en México lo quiere tanto. Murió físicamente, pero artísticamente sigue tan vigente como si estuviera vivo. No hay un solo día en que vayas en tu auto y no escuches una canción de José José. Él fue siempre auténtico.

“José José murió físicamente, pero artísticamente sigue tan vigente como si estuviera vivo”

De todos los temas que has compuesto, tanto para ti como para otros intérpretes, ¿con cuáles tres te quedarías?

Por su trascendencia, el primero de ellos sería “Como tú “de José José. A pesar de la inmensa discografía que él posee, de todas las canciones que logró meter en los rankings de Billboard, “Como tú” fue la que más duró en el número uno del Hot Latin Songs. Se mantuvo ahí durante diez semanas completas, superando a otros himnos como “Amar y querer” o “40 y 20”, que no duraron tanto en esa posición.

El segundo tema sería “La misma vida, el mismo modo”, la canción que me permitió representar a Chile en el Festival OTI de 1983. Ese tema es como mi propia versión de “My Way” de Frank Sinatra; habla de qué si volviera a vivir la vida, haría exactamente lo mismo y de la misma manera, sin cambiar absolutamente nada.

El tercero, sin duda, sería “Volver a empezar”, grabado por catorce artistas chilenos de mi generación. Habla del momento de la pandemia, de la esperanza de volver a estar juntos como antes y de entonar una canción unidos. Cuando se lanzó el tema, fue una verdadera explosión en la radio y la televisión, y logró entusiasmar a muchísima gente.

Después de haber vivido en México por más de diez años, ¿qué fue lo que más te llamó la atención de su cultura?

Una de las mayores particularidades del pueblo mexicano es su enorme amabilidad. La forma en que se expresa el mexicano es siempre cortés de palabra, utilizando constantemente el “muchas gracias”, “mucho gusto”, “pase usted”, “adelante”, “los esperamos” o “estás en tu casa”.  

Cuando recién llegué a México en 1973, una chica me preguntó en una ocasión: “¿No me vas a abrir la puerta del coche?”. La verdad es que en mi país yo pensaba que abrirle la puerta del auto a una mujer era demasiada adulación. No usaba todos esos términos corteses, no porque no lo sintiera, sino porque simplemente no formaban parte de mi lenguaje cotidiano en ese entonces.

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