La Micropolítica de la interdependência

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Las estructuras condicionan la historia. Los actores también la cambian.

La historia puede explicarse
como una sucesión de ciclos,
guerras, crisis y transformaciones.

Pero ninguna guerra se declara sola.

Ningún arancel se impone por sí mismo.

Ninguna alianza se rompe 

sin que alguien tome una decisión.

UNA EXPLICACIÓN PODEROSA, PERO INCOMPLETA

Este artículo nace de la lectura de un ensayo publicado hoy, 10 de julio de 2026, en The New York Times: The World’s Superpowers Are Scrambling for an-Edge. It Makes All of Us Less Safe, de Pierre-Olivier Gourinchas, quien fue economista jefe del Fondo Monetario Internacional entre 2022 y junio de 2026.

Su argumento es poderoso.

Gourinchas describe un mundo en el que las grandes potencias, buscando protegerse y obtener ventajas, están debilitando las redes de interdependencia que durante décadas contribuyeron a la prosperidad y a una relativa estabilidad internacional.

Después de la Segunda Guerra Mundial se construyó un sistema basado en instituciones internacionales, acuerdos comerciales, alianzas militares y una creciente integración económica.

Las mercancías comenzaron a cruzar fronteras varias veces antes de convertirse en productos terminados.

Un automóvil podía ser diseñado en un país, utilizar componentes fabricados en otros cinco y ensamblarse finalmente en México, Estados Unidos, Alemania , Japón o China.

Las empresas dejaron de pensar solamente en mercados nacionales.

El mundo se convirtió en una enorme red de interdependencias.

Pero ese modelo comenzó a deteriorarse.

Regresaron los aranceles.

Aparecieron nuevas guerras comerciales.

Las sanciones económicas se convirtieron en instrumentos de presión política.

Las cadenas de suministro comenzaron a reorganizarse por razones de seguridad nacional.

Y las grandes potencias volvieron a mirar el mundo como un territorio dividido en espacios de influencia.

La explicación de Gourinchas ayuda a comprender el proceso.

Pero su lectura me dejó una inquietud:

Cuando explicamos la historia mediante ciclos, estructuras y grandes fuerzas económicas, ¿corremos el riesgo de disminuir la responsabilidad de quienes toman las decisiones?

Las estructuras condicionan.

Los procesos presionan.

Pero alguien decide.

LA HISTORIA NO OCURRE SOLA

Cuando observamos la historia desde una gran distancia, las personas desaparecen.

Vemos imperios que nacen y mueren.

Potencias que ascienden y declinan.

Economías que prosperan y después entran en crisis.

Guerras que parecen surgir inevitablemente de contradicciones acumuladas durante décadas.

Pero cuando acercamos la mirada, descubrimos algo diferente.

La Segunda Guerra Mundial tuvo causas profundas.

Las consecuencias de la Primera Guerra Mundial.

El Tratado de Versalles.

La crisis económica.

El nacionalismo.

El resentimiento alemán.

Todo eso creó condiciones.

Pero Adolf Hitler tomó decisiones concretas.

Rearmó Alemania.

Anexó Austria.

Ocupó Checoslovaquia.

Invadió Polonia.

Hitler aceleró la historia.

Neville Chamberlain tomó decisiones diferentes. Intentó contener la expansión alemana mediante la negociación y las concesiones.

Durante mucho tiempo, la historia lo presentó como un hombre ingenuo que creyó que podía negociar con Hitler.

Quizá el juicio histórico sea más complejo.

Pero el punto fundamental permanece:

uno decidió expandirse mediante la fuerza.

El otro creyó que todavía podía evitar una guerra mediante la negociación.

Ambos actuaron dentro de las mismas tensiones europeas.

Tomaron decisiones diferentes.

Las estructuras eran importantes.

Pero no decidieron por ellos.

ENTRE LAS CONDICIONES Y LAS DECISIONES

Aquí aparece la Micropolítica.

Las personas no actúan en el vacío. Reciben una realidad que no escogieron. Encuentran conflictos anteriores a ellas. Herencias económicas. Rivalidades históricas. Fronteras disputadas. Miedos colectivos.

Pero dentro de esas condiciones interpretan la realidad y deciden.

La crisis de los misiles de Cuba, en 1962, es un ejemplo extraordinario.

La Guerra Fría ya existía.

La confrontación entre Estados Unidos y la Unión Soviética era profunda.

Fidel Castro había acelerado las nacionalizaciones y expropiaciones, encarcelado opositores y acercado progresivamente a Cuba a la Unión Soviética.

Estados Unidos había respondido con sanciones, aislamiento, operaciones encubiertas y apoyo a la fallida invasión de Bahía de Cochinos.

Las condiciones para una confrontación mayor estaban presentes.

Después, la Unión Soviética instaló misiles nucleares en Cuba.

John F. Kennedy pudo ordenar una invasión.

Nikita Jrushchov pudo negarse a retirar los misiles.

Durante varios días, el mundo estuvo cerca de una guerra nuclear.

Pero los dos decidieron negociar.

No desapareció la Guerra Fría.

No desaparecieron las diferencias ideológicas.

No desaparecieron los intereses de las grandes potencias.

Cambió una cosa: las decisiones de los actores.

La estructura había creado el peligro. Los actores evitaron la catástrofe.

LAS POTENCIAS TAMBIÉN ELIGEN SUS INSTRUMENTOS

Décadas después, otro presidente estadounidense enfrentó a otro adversario latinoamericano.

Las circunstancias eran diferentes y no deben confundirse.

Pero el contraste ayuda a comprender el argumento.

Durante años, Estados Unidos utilizó contra el gobierno de Nicolás Maduro sanciones económicas, presión diplomática, aislamiento internacional y otras formas de coerción.

Donald Trump eligió finalmente otro instrumento. En enero de 2026 autorizó una operación militar en Venezuela que terminó con la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, y su traslado a Estados Unidos.

Mi propósito aquí no es juzgar la legitimidad de Maduro ni comparar mecánicamente la Revolución Cubana con el régimen venezolano.

Mi punto es otro: las potencias también eligen.

Pueden sancionar. Pueden negociar. Pueden aislar. Pueden realizar operaciones encubiertas.

Pueden intervenir militarmente. Pueden esperar.

La estructura internacional limita las opciones.

Pero no escoge entre ellas.

LO QUE PUDO HABER SIDO DIFERENTE

Algo semejante ocurre con la relación entre Estados Unidos y China.

Durante décadas, ambos países construyeron una extraordinaria relación de interdependencia económica.

Estados Unidos compraba productos chinos. China compraba deuda estadounidense.

Las empresas norteamericanas producían en China. Millones de consumidores se beneficiaban de productos más baratos.

Existían, por supuesto, desequilibrios comerciales, competencia tecnológica y diferencias políticas profundas.

Pero la competencia no tenía necesariamente que convertirse en enemistad.

Era posible negociar. Era posible establecer límites. Era posible competir en algunos terrenos y cooperar en otros.

Donald Trump no inventó las tensiones entre Estados Unidos y China. Pero las interpretó de determinada manera. Las convirtió en una narrativa política.

Utilizó aranceles. Impuso restricciones. Y contribuyó a consolidar una nueva concepción de China como adversario estratégico.

La estructura creó el conflicto potencial.

El actor decidió cómo utilizarlo.

LA INTERDEPENDENCIA QUE PUDO FORTALECERSE

Algo semejante ocurrió en América del Norte. Canadá, Estados Unidos y México habían construido durante décadas uno de los espacios económicos más integrados del mundo.

Un automóvil cruza varias veces las fronteras durante su proceso de producción.

Una empresa estadounidense puede depender de componentes mexicanos y canadienses.

Un agricultor puede producir para consumidores que viven a miles de kilómetros y al otro lado de una frontera.

Millones de empleos dependen directa o indirectamente de esa relación.

Ese proceso podía haberse profundizado. América del Norte tenía la posibilidad de convertirse en un espacio todavía más integrado, competitivo y estratégico frente al ascenso de Asia y los cambios de la economía mundial.

Pero la interdependencia comenzó a presentarse como vulnerabilidad. El socio comenzó a ser tratado como competidor. La negociación se convirtió frecuentemente en amenaza.

La frontera dejó de ser solamente un punto de encuentro económico y volvió a convertirse en símbolo político de separación.

Nada de eso estaba escrito. Fueron decisiones.

CUANDO LOS ACTORES ACELERAN LA HISTORIA

El mismo problema aparece cuando analizamos las guerras actuales.

En Medio Oriente existen conflictos acumulados durante generaciones.

Disputas territoriales. Heridas históricas. Conflictos religiosos. Rivalidades regionales. Intereses petroleros. Intervención de grandes potencias.

Todo eso importa.

Pero entre una tensión y una guerra existe una decisión.

Y entre una guerra limitada y su expansión también existen decisiones.

Las decisiones del gobierno de Benjamin Netanyahu ampliaron la confrontación mucho más allá de un solo escenario. La guerra se extendió territorial y políticamente. Líbano fue involucrado.  La confrontación con Irán escaló. Estados Unidos terminó participando directamente en acciones militares.

Cada actor justificó sus decisiones mediante argumentos de seguridad, prevención o defensa.

Pero la Micropolítica obliga a formular preguntas diferentes:

¿Quién tomó cada decisión?

¿Qué información tenía?

¿Qué alternativas fueron consideradas?

¿Quiénes influyeron?

¿Qué riesgos fueron aceptados?

¿Y quiénes se beneficiaron de la escalada?

Porque cuando explicamos una guerra solamente como resultado de fuerzas históricas podemos terminar convirtiendo la responsabilidad en fatalidad.

EL PELIGRO DE DECIR: TENÍA QUE OCURRIR

Las explicaciones estructurales tienen una enorme virtud. Nos permiten comprender procesos que duran décadas.

Pero también tienen un peligro. Pueden hacernos creer que todo lo ocurrido tenía que ocurrir.

No fue así.

Hitler pudo no invadir Polonia. Chamberlain pudo abandonar antes su política de apaciguamiento. Kennedy pudo ordenar una invasión de Cuba. Jrushchov pudo negarse a retirar los misiles.

Estados Unidos pudo mantener indefinidamente la presión sobre Maduro sin ordenar una operación para capturarlo.

Trump pudo tratar la interdependencia económica con China de otra manera.

Netanyahu pudo tomar decisiones diferentes sobre la extensión de la guerra.

Cada alternativa habría producido consecuencias. Nunca sabremos exactamente cuáles. Pero reconocer que existían alternativas es fundamental.

Porque, si no había alternativas, tampoco habría responsabilidad.

La Micropolítica comienza precisamente allí: en el espacio que existe entre las condiciones que recibimos y las decisiones que tomamos.

LA MICROPOLÍTICA DE LA INTERDEPENDENCIA

La interdependencia es una relación extraña. Nos hace más fuertes y, al mismo tiempo, más vulnerables.

Pensemos nuevamente en un automóvil. Si sus componentes provienen de varios países, todos participan de su producción y todos pueden beneficiarse. 

Pero también comienzan a necesitarse. Si uno deja de producir una pieza indispensable, toda la cadena puede detenerse. Esa necesidad mutua puede convertirse en cooperación.

O puede convertirse en arma. Un arancel utiliza la dependencia comercial como instrumento de presión. Una sanción utiliza el acceso al sistema financiero como mecanismo de poder.

El cierre de una ruta marítima convierte la geografía en poder político. La prohibición de vender un microprocesador convierte el conocimiento tecnológico en instrumento estratégico.

La interdependencia nunca significó ausencia de poder. Era otra forma de ejercerlo.

Y aquí aparece la pregunta que debemos hacernos: ¿utilizaremos la interdependencia para obligarnos a cooperar o para descubrir nuevas maneras de hacernos daño?

ESTRUCTURAS Y ACTORES

Quizá el error consiste en obligarnos a elegir entre dos explicaciones.

No tenemos que decidir si la historia es producto de grandes estructuras o de grandes personajes.

Ambas dimensiones existen. Las estructuras crean el escenario. Los actores se mueven dentro de él. 

Pero algunos actores cambian el escenario mientras actúan. Hitler recibió una Alemania resentida y la condujo hacia la guerra.

Kennedy recibió una Guerra Fría y, en un momento decisivo, decidió negociar.

Trump recibió una rivalidad creciente con China y decidió intensificar la confrontación.

Netanyahu recibió un conflicto histórico y tomó decisiones que ampliaron su alcance.

Los actores no controlan completamente la historia. Pero tampoco son pasajeros indefensos dentro de ella.

Pueden acelerar un proceso. Pueden frenarlo. Pueden desviarlo. Y, en algunos momentos excepcionales, pueden cambiar su dirección.

LA HISTORIA TAMBIÉN PUDO SER OTRA

El ensayo de Pierre-Olivier Gourinchas nos ayuda a comprender algo fundamental: las grandes potencias, en su búsqueda de seguridad y ventaja, pueden terminar construyendo un mundo más fragmentado y más peligroso.

Comparto esa preocupación.

Pero la Micropolítica agrega una advertencia: no debemos permitir que las grandes explicaciones oculten a los actores.

Necesitamos estudiar los ciclos. Las guerras. Las crisis económicas. El ascenso y la caída de las potencias.

Pero también necesitamos preguntar quién decidió. Si creyéramos que todo es inevitable, la política perdería su sentido. Gobernar sería simplemente obedecer las fuerzas de la historia.

La diplomacia sería inútil. La negociación sería una pérdida de tiempo. Y la responsabilidad individual desaparecería detrás de palabras como ciclo, proceso, estructura o inevitabilidad.

La historia no está completamente escrita.

En determinados momentos, una persona sentada frente a una mesa recibe información, escucha consejos, interpreta amenazas, calcula beneficios y toma una decisión.

Hitler decidió invadir. Chamberlain decidió negociar. Kennedy decidió no invadir. Jrushchov decidió retirar los misiles. Trump decidió imponer aranceles. Después decidió capturar a Maduro. Netanyahu decidió ampliar una guerra.

Las circunstancias fueron diferentes.

Los actores fueron diferentes.

Las consecuencias también.

Pero todos tuvieron algo en común: pudieron haber decidido de otra manera.

La historia tiene ciclos. Pero los ciclos no deciden. Las personas sí.

*Alfredo Cuéllar es profesor retirado, investigador, consultor internacional y autor de Micropolítica: El poder invisible en la vida cotidiana de las organizaciones. Su trabajo académico y de divulgación se ha concentrado en el estudio del poder, las relaciones humanas y los procesos invisibles que influyen en las decisiones dentro de las organizaciones y la vida cotidiana.
Nota sobre el uso de inteligencia artificial: Para la preparación y revisión de este artículo se utilizó inteligencia artificial como herramienta de apoyo para organizar información, contrastar ideas y mejorar la claridad de la exposición. Las ideas centrales, el enfoque, el análisis, las conclusiones y la responsabilidad final del texto corresponden exclusivamente al autor.

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