Que gobiernen los que no dejan gobernar
Antonio Maura

Hay verdades evidentes por sí mismas. Con esas palabras empieza la declaración de independencia de los Estados Unidos, una república que en sus 250 años de vida ha brindado muchas lecciones. La más relevante: para gobernar se requiere responsabilidad y capacidad. Quienes no tienen esos atributos llevan al fracaso a sus pueblos. Una cosa es lanzar vituperios desde la plaza pública y otra cumplir el juramento al asumir el cargo.

Hace algunos años le pregunté al gran historiador David Brading, en qué principios México ha sido congruente en su práctica. No dudó en responderme: “En preservarse como nación y en darle prioridad a las apariencias sobre los hechos”. Carlos Castillo Peraza, al percibir el comportamiento de los panistas a quienes, como ahora, les da urticaria la doctrina, solía expresar: “La materia prima es la misma”. Insistía en “el pequeño priista que todos llevamos dentro” para definir una forma de hacer política.

Mariano Azuela (presidente de la SCJN) le solicitó en 2004 a Vicente Fox (presidente de la República), proceder contra Andrés Manuel López Obrador (jefe de gobierno del DF) por el incumplimiento en un proceso de un juicio de amparo. Ante el rechazo de una mayoritaria opinión pública, se dio el desistimiento de la acción penal (se vale llorar).

El PRI fue una solución perentoria, un mecanismo de transición. Cumplió su objetivo en el año 2000. El PAN en el poder duró un sexenio. Al asumir el cargo, Felipe Calderón hizo renunciar a su presidente, Manuel Espino Barrientos.

Los datos anteriores son acontecimientos que nos definen como un Estado que padece una profunda simulación. No estoy inventando el hilo negro, es algo en lo que se viene insistiendo desde siempre: la falta de respeto a la verdad. El éxtasis de la farsa es la denominada 4T y su movimiento de regeneración nacional. Hace varios años, el analista Rafael Ruiz Harrell habló de “exaltación de ineptitudes”. Es real.

Cada día son más evidentes los enormes e inútiles esfuerzos de los personajes de nuestra vida pública para defender lo indefendible. El contraste entre lo que se dice y lo que se hace es, por lo menos, escandaloso. Ninguna nación puede prosperar si prevalece la mentira. Se ha llegado al extremo de mentir con la ley que, por su esencia, debería ser lo más respetable. Empezando por nuestra Constitución. Es falso que tengamos derecho a una alimentación nutritiva, a un ambiente sano, a una impartición de justicia expedita, a una vivienda digna, a un salario remunerativo. Son ostentosas las injerencias en nuestra vida institucional haciendo de nuestra soberanía una desastrosa fachada conceptual.

Ahora se anuncia otro embuste más: “Ley General de Derechos de los Pueblos Indígenas y Afroamericanos”. ¿Se acuerda usted de la Constitución Política de la Ciudad de México? Una reliquia más en el gigantesco cementerio de nuestros conspicuos anhelos.

Estados Unidos en mucho le debe su impresionante desarrollo al imperio de la ley. El principio de respetarla es la esencia del capitalismo. Asombra que hoy sea gobernado por un convicto involucrado en 34 procesos penales. El primero de julio de 2024, cuando el Supremo Tribunal de Estados Unidos absolvió (votación 6-3) a Donald Trump de actos de subversión, es la fecha más negra en su historia. La democracia siempre peligra.

Retornando a lo nuestro. Estamos inmersos en una contienda en todos los órdenes y en todos los niveles como nunca en nuestro largo proceso de vida independiente.

Ha surgido una nueva opción que podría tiene un lema: “A pesar de que nos conocemos, nos apreciamos”. Todos tenemos un pasado más o menos presentable. Hay algo superior que nos une: darle veracidad al desempeño de nuestras instituciones. Que la política recupere su dignidad. Que la palabra resista el cotejo con nuestra conducta. Que la ley sea la ley y no un cuento. Se trata de depurar, de podar, de corregir nuestra carta magna de las abominables ocurrencias de ayer y de hoy.

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