El abandono intencional de los ciudadanos mexicanos

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La lucha por sobrevivir en México se da, muchas veces, en el más absoluto abandono. No hay nadie para apoyar. No hay nadie para consolar. No hay nadie para hacer justicia. No hay nadie para solucionar. No hay nadie para buscar. No hay nadie para atender.

Hoy debemos hablar del abandono intencional que sufren millones de ciudadanos mexicanos.

No se trata solamente de pobreza, inseguridad o burocracia. Se trata de una forma sistemática de indiferencia institucional, donde el ciudadano queda solo frente al delito, solo frente a la enfermedad, solo frente a la desaparición de un familiar, solo frente al abuso, solo frente al miedo y, muchas veces, solo frente a la muerte.

Ahí están los enfermos que día a día pelean por su vida y que, por una razón hipócrita, negligente o malévola, son ignorados por el sistema de salud. Personas que buscan medicamentos, tratamientos, citas, cirugías o diagnósticos mientras desde el poder se asegura que no hay desabasto, que todo está bien, que el sistema funciona. Pero para quien está enfermo, para quien necesita una medicina urgente, para quien ve deteriorarse a un hijo, a una madre, a un padre o a sí mismo, la realidad no se mide en discursos oficiales: se mide en dolor, en desesperación y en días perdidos que nunca regresan.

También están abandonados quienes son obligados a pagar impuestos al crimen organizado. Comerciantes, productores, transportistas, campesinos, pequeños empresarios y familias enteras que ya no solo pagan al Estado, sino también al delincuente. Viven atrapados entre la amenaza y la extorsión, entre el silencio y el miedo, sin una autoridad que los defienda de verdad.

Están abandonadas también las mujeres, niñas, niños y jóvenes que son vendidos como mercancía humana para satisfacer redes de explotación sexual. Seres humanos tratados como ganado, despojados de su dignidad, de su libertad y de su futuro. Víctimas que muchas veces desaparecen ante la indiferencia de instituciones que reaccionan tarde, mal o nunca.

Y están también los casos más extremos y atroces: personas asesinadas, desaparecidas o mutiladas en medio de un país donde la violencia ha alcanzado niveles inimaginables, donde incluso el cuerpo humano puede convertirse en mercancía para criminales que operan bajo la sombra de la impunidad.

Todos ellos tienen un común denominador: se sienten solos y están solos. Viven pensando que solo a ellos les pasa lo que les pasa. Que su dolor es invisible. Que su tragedia no alcanza para mover a una autoridad, a un partido, a un juez, a un fiscal, a un funcionario o a un legislador.

Ese es uno de los daños más crueles del abandono: hacerle creer a la víctima que su sufrimiento es un caso aislado, cuando en realidad forma parte de una tragedia nacional.

La primera responsabilidad frente al abandono de los mexicanos recae en quienes gobiernan. Son las autoridades en turno quienes administran el sistema de salud, quienes tienen la obligación de combatir al crimen, de buscar a los desaparecidos, de proteger a las víctimas y de impedir que millones de ciudadanos vivan solos frente al miedo, la enfermedad, la extorsión y la muerte.

Pero dicho eso, ningún partido de oposición puede conformarse con señalar el desastre desde la comodidad de la crítica. Cuando el gobierno abandona, la oposición tiene la obligación moral de acompañar. Cuando el poder niega, la oposición debe demostrar. Cuando las instituciones fallan, quienes aspiran a representar al país deben convertir ese dolor en causa pública, en defensa jurídica, en presión política y en trinchera ciudadana.

El PAN es, por historia y por principios, uno de los partidos que más tendría que acercarse a esa causa. En su origen hay una idea de dignidad humana, de bien común, de subsidiariedad, de defensa de la persona frente al abuso del poder. Pero, al igual que otros partidos, hoy muchas veces parece más preocupado por llegar, por competir y por ganar elecciones que por construir trincheras reales de defensa para quienes han sido abandonados.

El PAN debe regresar a sus principios y recordar que no basta con querer ganar elecciones; también hay que defender a los abandonados antes, durante y después de las campañas.

Los partidos evitan abanderar a los desprotegidos. Evitan mirar de frente a quienes han desaparecido y a sus familias, atrapadas en ese pesado limbo de la ineficiencia gubernamental, la indiferencia social y la impunidad de los delincuentes. Evitan tomar como causa a los enfermos sin medicamentos, a los extorsionados, a los desplazados, a las víctimas de trata, a los familiares de desaparecidos, a quienes viven bajo amenaza y a quienes ya no saben a qué puerta tocar.

En México hay madres que buscan a sus hijos con sus propias manos. Hay familias que investigan crímenes que las autoridades no investigan. Hay ciudadanos que pagan seguridad privada porque la seguridad pública no llega. Hay enfermos que organizan rifas para comprar medicamentos. Hay comerciantes que trabajan para pagarle al crimen organizado. Hay víctimas que terminan suplicando ser escuchadas por instituciones que deberían estar obligadas a atenderlas.

Ese abandono no es casual. Es político. Es administrativo. Es moral.

Un país no abandona a su gente de un día para otro. Primero normaliza la indiferencia. Después acostumbra a las víctimas a esperar. Luego convierte la espera en trámite, el trámite en desgaste y el desgaste en silencio. Así, poco a poco, el dolor ciudadano deja de ser una emergencia y se vuelve paisaje.

Y cuando el dolor se vuelve paisaje, la injusticia se vuelve costumbre.

La pregunta no es solamente por qué el gobierno falla. La pregunta también es por qué los partidos políticos han dejado de representar a quienes más necesitan representación. ¿Dónde están las voces que deberían defender a los desaparecidos, a los enfermos, a los pobres, a los extorsionados, a los desplazados, a las mujeres violentadas, a las familias destruidas por la inseguridad y a los ciudadanos sometidos por el crimen?

México no necesita más discursos de compasión. Necesita justicia. Necesita instituciones que funcionen. Necesita partidos que se atrevan a defender a los que no tienen voz. Necesita trincheras políticas, jurídicas y sociales desde donde se proteja al ciudadano común.

Porque una nación que abandona a sus ciudadanos también abandona su futuro.

Y porque ningún mexicano debería vivir con la sensación de que su dolor no le importa a nadie.

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