Carlo Ginzburg (QEPD) ¿Por qué el secreto está en los detalles? -Eloy Garza González
El grandísimo historiador Carlo Ginzburg acaba de morir hace un par de horas.
Murió en Bolonia, Italia, a los 87 años. La noticia me tocó una fibra muy íntima, no solo como lector y analista político. Me apena su muerte, pero también me despierta una gratitud inmensa.
Aunque su especialidad fue la historia europea, su obra moldeó mi forma de escribir sobre la política, muy particularmente sobre la maquinaria del poder aquí, en Monterrey.
De joven, como estudiante de derecho en la UANL,
Ginzburg me adiestró en una disciplina rigurosa: rastrear aquello que el silencio institucional intenta sepultar.
Desde que me desempeñé como director de desarrollo político en Gobernación, Ginzburg me enseñó a leer las huellas dactilares del poder y los indicios sutiles que desvelan el verdadero rostro del gobernante.
Sus ideas se volvieron herramientas de mi trabajo.
Sus reflexiones sobre el “paradigma indiciario” con su crítica al uso político de los tribunales, ofrecen un arsenal para entender nuestra realidad.
Hablaré en primera persona. Por un lado, me enseñó la intuición del detective —esa necesidad de buscar el hilo suelto frente a los datos públicos del discurso y el comunicado oficial—; por el otro, me obligó a desconfiar por decreto y a entender la brecha entre la «verdad política» y la verdad histórica.
Esa doble mirada ha sido mi brújula para navegar los expedientes burocráticos.
Confieso, sin embargo, que trasladar este método a nuestro presente exige desaprenderse de algunas cosas. Ginzburg trabajaba con las cenizas de los archivos inquisitoriales; en cambio, uno se enfrenta a la saturación de boletines, mañaneras, filtraciones, el veleidoso Instagram y Tik Tok.
Aprendí, a fuerza de madrugadas y frustraciones, que aquí el poder se enmascara con exceso de ruido, no solo con silencio.
Cuando se usa el “método indiciario” de Ginzburg el resultado es muy bueno, funciona.
Lo viví hace unos años. Siguiendo un incremento mínimo de una partida presupuestal de IMSS —apenas un decimal fuera de rango en la compra de insumos médicos—, varios periodistas reconstruimos una compleja red de empresas factureras que triangulaban recursos públicos entre dependencias.
Ese detalle ínfimo, casi invisible, era la anomalía que Ginzburg nos había enseñado a cazar.
Ningún comunicado oficial la mencionaba; menos una auditoría.
Aplicar el escepticismo metodológico de Ginzburg revela cómo opera la justicia politizada en Nuevo León, un estado donde el uso faccioso del derecho no es una distorsión del sistema, sino su naturaleza de origen.
A veces, la simple confesión de un operador marginal o una fecha mal consignada en un expediente bastan para hacer saltar por los aires la falsedad de la rendición de cuentas.
Eso también es aplicar a Ginzburg en Monterrey.
Guardo en la memoria, casi como un privilegio, su visita a México en noviembre de 2010 cuando recibió el doctorado Honoris Causa por la UAM y dictó una conferencia magistral. La grabé en un testimonio de celular que aún conservo.
Tuve la suerte de estar ahí, escuchándolo. De él aprendí el rigor de la sospecha, la curiosidad, la convicción de que la política no se gesta en las cúpulas, sino que se comprende mejor desde abajo, desde esos pequeños rastros que los grandes relatos intentan borrar.
Por eso, aunque Carlo Ginzburg nunca escribió una sola línea sobre México, muy pocos pensadores me han brindado tanta luz para entender y contar las entrañas del poder local.
Hoy, al despedirlo, me reconozco deudor de su mirada, consciente de que la mejor forma de honrarlo es seguir desconfiando de las verdades oficiales.Carlo Ginzburg (QEPD): ¿por qué el secreto está en los detalles?
