Los asesinos de México
Al resultar falsas todas las promesas que hizo, principalmente que se conduciría con honestidad valiente, hay en los distintos estratos sociales alegría y fundada esperanza al constatar la estrepitosa caída del gran canalla y de su maldita herencia.
Millones de incautos le creyeron que acataría la ley; que respetaría la división de poderes; que no aumentaría la deuda pública; que combatiría la corrupción, la impunidad y la violencia.
Con esos y otros embustes asaltó el poder, y resultó ser un mediocre sin honor que se dedicó a sembrar odios y divisiones, a destruir las instituciones republicanas y a propiciar un inmenso baño de sangre en el país. Por eso será recordado como El Rufián de La Chingada.
Durante sus 6 años parecía que gran parte de la población le perdonaba culpar a sus antecesores de todos los males de México, aunque éstos se agravaran; que le perdonaba el torrente de mentiras y payasadas cotidianas en sus mañaneras; que le perdonaba su incompetencia y los escándalos de corrupción cometidos por sus familiares y allegados, porque al menos “ ayudaba a los pobres”. Lo cierto es que no fueron perdones sino cuentas por cobrar.
Las protestas constantes y multitudinarias en todo el país son esa cobranza y expresan un enérgico ¡ya basta! ¿Qué cambió? A mi entender, que se colmó la paciencia de los gobernados al haber quedado a la vista del mundo el crimen patria que cometió (de lesa sin precedentes en la historia nacional) y que nadie lo ha expresado de manera más breve, contundente y lapidaria que Ciro Gómez Leyva, cuando afirmó:
“Si me preguntaras qué fue fundamentalmente el gobierno de Andrés Manuel, no diría que fue la entrega del territorio, sino de la vida de millones de mexicanos a los grupos criminales, y ¿qué cosa más relevante puede haber que entregar a la gente a merced de los grupos criminales?”.
Por esa concisa e irrebatible reflexión, inevitablemente Tartufo pasará a la historia como el torvo y desquiciado asesino que para satisfacer su enfermiza ambición de poder entregó la vida de su pueblo a los delincuentes más sanguinarios.
Y eso no es todo: la sucesora, salpicada con esa sangre, defiende y garantiza impunidad a sus narcocompañeros, alegando falazmente la defensa de la soberanía nacional. Sabe que se debe a ese inframundo, que de él no puede escapar y que su destino está decidido.
No nos engañemos: la disyuntiva es soportar o vencer a los sátrapas; pero la unión vigorosa de los opositores es un deber ético ineludible, porque los intereses partidistas deben subordinarse siempre al bien nacional.
La lucha entre partidos deberá darse cuando hayamos eliminado al narcogobierno.
Los que no voten el próximo año y quienes propicien la dispersión del voto opositor serán, voluntaria o involuntariamente, aliados de los asesinos de México.
Diego Fernández de Cevallos
Publicada en MILENIO, 15 de junio del 2026
