Afrontando el pecado de omisión del voto

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Tanto desde el punto de vista religioso como del humano, el “no hacer”, la omisión de cumplir lo debido, puede ser muy grave. La omisión del deber causa muchos daños, que podían haberse evitado. En el caso de la política, en su amplio sentido, la no participación en lo que está al alcance, es pecado que puede llegar a alta irresponsabilidad.

La participación política no es bien entendida por la mayoría de la gente, que en general la reduce al voto. Para la democracia, claro, votar es la principal manera de hacer política, es ejercer el derecho de decidir a favor de lo que cada uno considera mejor para el país, principalmente en elecciones, más que por ejemplo en referendos y consultas ciudadanas.

Siempre, y en todas partes, el abstencionismo del voto ha sido un fenómeno recurrente, en mayor o menor grado, no es característica mexicana. Pero no es un asunto sencillo, que se puede catalogar solamente de apatía, negligencia o algo parecido; es mucho más complejo, con raíces psicológicas. La decepción y el creer que es inútil votar, porque un voto no cambiará nada, por ejemplo, deben ser tomados en cuenta. La mayoría de quienes no votan es quizás por negligencia.

No se puede acusar a todos los omisos, los abstencionistas del voto, con tabla rasa, es más, ni siquiera se puede acusar a todos, pero sí a los perezosos y a los amargados que por berrinche no votan. Y hay otra categoría que se ha sumado a veces y es la de quienes deciden anular su voto. ¿Absurdo? Si, y lo han hecho. Hay quienes anulan el voto porque les han convencido de que así protestan contra el sistema político, cuando en realidad, sin darse cuenta, lo están apoyando.

Ante este amplio panorama de los omisos, abstemios y anuladores del voto, los ciudadanos líderes sociales y políticos y hasta religiosos, tienen un gran trabajo que hacer, para lo cual deben tomar diversas estrategias de convencimiento y no a la acusación. Se debe recurrir a varios tipos de expertos en conducta humana, y a quienes lo son en comunicación y educación pública. En vez de reclamarles su inacción, hay que convencerles de la necesidad imperiosa, por el bien familiar, comunitario y nacional, de votar.

Los partidos políticos y las organizaciones que, conforme a la ley deseen presentar candidatos independientes, tiene una oportunidad de convencimiento, relativo quizás en alcance, pero muy válido: presentar excelentes candidatos, personas “de buena fama pública”, sin tacha. Cada candidato de cola larga y hasta de abierta “mala fama pública” inhibirá el voto, tanto de los que no deciden votar como de los ya estaban dispuestos a hacerlo.

Toda esta enorme tarea de convencer al ciudadano de ejercer su voto en 2027 y hacerlo con toda conciencia, debe hacerse desde ya, y continuar hasta la propia elección, por todos los medios posibles, desde el trato personal, hasta el convencimiento en medios, la academia y las iglesias. Se sabe muy bien que debe hacerse, pero no se ha llevado a cabo. Hay que promover el voto del próximo año para quitarle el control del Congreso federal y algunos estatales, esto es algo que deben revisar a fondo.

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