¿Reimplantar la pena capital disminuiría la corrupción y la criminalidad?

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Aunque más de 20 mil homicidios dolosos ocurren cada año en el país, la reimplantación de la pena de muerte no garantiza una disminución del crimen. En los países donde aún se aplica, las tasas de violencia siguen siendo altas. El debate revive tensiones entre justicia, seguridad y derechos humanos, en un contexto donde la corrupción impide que la ley alcance a los verdaderos culpables.

Leopoldo Espinosa Benavides

En nuestro país mueren anualmente más de 20 mil personas por homicidio doloso, y no existe según el artículo 22 de la Constitución Federal, la pena de muerte a los culpables. Estados Unidos exige extraditar un gobernador y un senador por narcos, pero los antecedentes recientes hacen temer que este nuevo combate (externo) a la corrupción termine siendo diluido o de plano, archivado, ‘por falta de pruebas’.

Antiguamente se ejecutaba a los delincuentes peligrosos declarados culpables, para que no cometieran más crímenes dentro o fuera de la prisión.

Se pensaba que además de hacer justicia, se estaba combatiendo la inseguridad, pues con semejante castigo los demás criminales en potencia, al ver lo que les podría suceder, desistirían de su intención.

Por ello ejecutar a los delincuentes es el más viejo de los castigos contemplados por la justicia en el mundo, pues la organización de los sistemas carcelarios para condenas largas, tiene relativamente poco tiempo.

Como ejemplo, en el Monterrey colonial la cárcel estaba dentro del edificio de Las Casas Reales, con dimensiones muy reducidas.

La cárcel no podía crecer al ritmo de la población, mientras los delitos sí, por lo que, encarcelar delincuentes por largo tiempo era hacinarlos en la misma celda.

A ello se debía que a los presidiarios se les sentenciaba a alguna de las tres posibilidades de castigo: una amonestación y luego soltura, o una multa económica, que podía ser acompañada de un breve tiempo encarcelados saliendo a la calle para hacer trabajos en la vía pública, o de plano ejecutarlos en la horca o por fusilamiento.

Actualmente hay pena de muerte en 55 países como: China, Irán, Arabia Saudita y Estados Unidos -en donde no la aceptan muchos estados- pero en los que existe, tienen tasas altas de criminalidad, es decir, que la pena máxima no inhibe la comisión de otros crímenes.

Las formas de ejecuciones son: la horca, el fusilamiento, la cámara de gases, y lo más moderno es la Inyección Letal, que se estrenó en Texas en 1982, con un reo llamado Charles Brooks.

A partir de entonces todos, exceptuando a un tipo de Carolina del Sur, que eligió ser electrocutado, mueren de la forma descrita: sujetan al reo a una camilla y le inyectan un coctel mortal, que incluye primero pentotal de sodio que los atonta; después, bromuro que relaja los músculos; y finalmente cloruro de potasio, que colapsa los pulmones y el corazón.

Sólo en Estados Unidos y en Japón –del mundo democrático actual- existe la pena de muerte, y aunque nuestros vecinos presumen de haber revolucionado las técnicas de ejecución con esta inyección letal, los nazis la aplicaban en los campos de concentración de la Segunda Guerra Mundial.

Ciertamente la pena capital no soluciona el problema delincuencial, y menos en México pues el leit motiv de los homicidios dolosos es la lucha por las plazas de distribución de drogas, los secuestros y los asaltos.

Sin embargo, el combate al crimen organizado debe ser áspero, pues la corrupción de algunas autoridades impide que haya arrestos de delincuentes.

Y no cabe duda de que aprobar la pena de muerte replantearía los puntos de vista de las autoridades y los mafiosos… suponiendo que no son los mismos.

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