Cinco de enero, por la noche los niños alegres, bajo las cobijas empiezan a dormir, esperando los ansiados regalos que los Santos Reyes depositaran junto a sus tenis dejados junto al árbol navideño pletóricos de luces.
Pero, para Toño y Pepe, cae sobre la noche como un trámite más. Son parte de estadísticas duras, de un sistema social inhumano y avasallador que sabe que hay más de tres millones de niños que en México duermen y “viven” en las calles envueltos en el mismo aire helado de enero.
Mas de tres millones que no tienen un cálido hogar, ni padres, ni un expediente. Que, como Toño y Pepe sobreviven vendiendo dulces o a veces, con pena, pedir limosna. Que piden comida o comen de las sobras que hay en la basura de los tianguis. Que para defenderse, se unen a pandillas con las peores mañas y vicios.
Toño, el mayor con doce años mal cumplidos, ya sabe distinguir el sonido del motor de las patrullas, que ignoran su existencia o en ocasiones los golpean para sacarle el poco dinero que pudieran traer. Pepe, de diez años tose con el pecho hundido, una tos vieja que ningún centro de salud registro y menos atendió. Tose y tiembla, mientras aprieta una bolsa de plástico vacía, como si fuera un juguete. Se tapa del frio con pedazos de cartón. Nadie les explica que para este mal gobierno no existen, porque no representan votos.
Escuchan a los lejos el bullicio. Saben que a los lejos las luces de pirotecnia iluminan los rostros, que degustan un chocolate caliente y una rosca de reyes, en medio de juguetes. Se imaginan los mensajes oficiales de los funcionarios de la peste morena, repartiendo sonrisas.
Aquí abajo del puente, el olor del pan llega como una humillación, la cena caliente como una afrenta, mientras el ruido de los autos ahoga cualquier rezo.
Toño recuerda aquellas palabras de “Espérame.” “Ahorita vuelvo.” De quien fuera su padrastro. Frases sin delito. A Pepe no le fue mejor. Nadie dijo nada. Solo fue abandonado a los seis años en el Metro San Lázaro, muy cerca del Palacio de “Justicia”. El sistema de la cuarta deformación no falla: funciona así. La infancia en la calle no es una emergencia, es una rutina, son números molestos a los oídos de los funcionarios que viven, tragan y viajan como magnates. Los desalojan por “imagen urbana”, los mueven de esquina para que no estorben, los cuentan solo cuando mueren.
Pepe pregunta por los Reyes. Toño mira el bote de basura cercano y guarda silencio. Lo jala para mejor caminar sin rumbo. Sabe que mentir cansa y la verdad mata un poco. Pasa una patrulla con policías bien abrigados. Reduce la velocidad. Observa. Acelera. La indiferencia también es una política pública.
La noche aprieta y cae como manta invernal. Un borracho pasa y los patea. Un guardia privado les grita que se vayan. Pepe le dice a Toño “vamos a rezar un Padre Nuestro” mientras seguimos. No hay albergue abierto, no hay teléfono que contesten, no hay programa que funcione de madrugada. El frío se vuelve un método de selección.
Amanece el 6 de enero. La ciudad despierta satisfecha de sí misma. Bajo el puente, los niños siguen ahí, pero no igual. Algo ocurre fuera del presupuesto y los discursos del gobierno. El sacerdote de la colonia, con tres vecinos llegaron con una cobija y dos juguetes de plástico. No toman nombres, no amenazan, no interrogan. No prometen nada, solo su presencia cálida, solo tienden la mano. No son héroes, son gente. Como tu y como yo. Les ofrecen café y pan caliente en una casa cercana. Llegan a una casa que los acoge. Una mano toma otra. Otra mano cálida les aprieta la mano. Unos brazos de un joven estudiante los abraza. Toño sonríe al sentir calor de verdad.
No es justicia completa. El gobierno sigue lejos, lento, indiferente. Pero algo se movió sin permiso: la comunidad.
La esperanza no cayó del cielo; caminó desde abajo. Y mientras se sientan en sillas mullidas, extienden la mano hacia un lugar donde hay luz y sopa caliente. Toño y Pepe llevan consigo una certeza mínima y poderosa: con su fe en Dios, el Estado puede fallar, pero la gente, la gente organizada, cuando nos decidimos, decidimos no hacerlo.Principio del formulario
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