noviembre 30, 2025

Cuidar a la ciudadanía

En política hay algo que deberíamos aprender a cuidar con más responsabilidad: la ciudadanía.

No como consigna, sino como un espacio genuino, libre de banderas y de intereses personales, que pertenece a la gente.  

Lo ocurrido recientemente en Uruapan refleja un fenómeno cada vez más evidente: una nueva ola de participación social que no nace de los partidos, sino de las personas. Jóvenes que deciden organizarse, manifestarse y levantar la voz sin pedir permiso ni seguir línea alguna. Esa energía ciudadana, sin duda, revitaliza la vida pública del país. Pero también nos obliga —a quienes participamos activamente en política— a actuar con cuidado. Porque cada vez que un político, dirigente o funcionario intenta capitalizar una expresión auténticamente ciudadana, inevitablemente la deslegitima. La sola presencia visible de actores partidistas en una marcha o manifestación basta para que pierda su autenticidad ante los ojos de la gente.

El ejemplo más claro es la marcha del 15 de noviembre de la Generación Z. Un movimiento que supuestamente nació desde la ciudadanía, pero que también ha sido objeto de intentos de apropiación desde el poder.

Y ahí está el riesgo: lo que surge como un clamor ciudadano termina envuelto en intereses partidistas, diluyendo su sentido original. Eso no significa que los políticos debamos mantenernos al margen de los temas sociales. Sería ingenuo creer que la política y la ciudadanía pueden vivir en mundos separados. Pero hay causas y espacios que deben conservar su carácter.

Si un movimiento nace desde la gente, debe seguir siendo de la gente. Si se le llama “ciudadano”, debe mantenerse ciudadano.

Yo, personalmente, soy priista. Y sería una mentira decir que puedo quitarme esa camiseta por un día y afirmar que algo lo hago sin un fin político. Quienes militamos, participamos o construimos desde un partido lo hacemos con una visión política, y no hay nada malo en reconocerlo. El problema empieza cuando se intenta disfrazar una acción partidista de un acto ciudadano, cuando se confunde el interés político con el interés público. Porque, aunque a veces puedan coincidir, no son lo mismo. Y cuando la gente descubre que lo que parecía ciudadano tenía detrás un cálculo político, lo que se pierde no es solo la confianza en ese movimiento: también se erosiona la confianza en los partidos, en las instituciones y, finalmente, en la política misma.

Por eso, frente a manifestaciones como la del 15 de noviembre, vale la pena hacer una pausa. Apoyar no siempre significa protagonizar.

A veces, respetar la autonomía de lo ciudadano puede ser, paradójicamente, una de las acciones más políticas y más responsables que podemos hacer. La política tiene que aprender a acompañar sin apropiarse, a escuchar sin dirigir y a respaldar sin adueñarse. 

Porque si todo lo convertimos en cálculo, lo único que terminaremos perdiendo es lo que más necesitamos recuperar: la credibilidad de la gente.

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