México vive un momento delicado: mientras Morena avanza con una estrategia que replica, casi paso a paso, los métodos del leninismo radical —destruir a la oposición, concentrar el poder, debilitar contrapesos y controlar al Estado desde la ideología—, la oposición en su conjunto parece atrapada entre pleitos internos, identidades artificiales y proyectos personales sin rumbo. Ante este escenario, no basta con “ser oposición”; se necesita ser una alternativa democrática probada, y ahí es donde el PAN se vuelve indispensable.
A diferencia de Morena —que usa el poder para dividir, polarizar y administrar la pobreza— y del PRI —que fingía modernidad mientras negociaba impunidad—, el PAN ha sido el único partido que históricamente defendió las libertades cuando era peligroso hacerlo. Su origen no está en caudillos, ni en burócratas resentidos, ni en caciques disfrazados de “líderes sociales”: nació como movimiento ciudadano, construido desde la ética pública y la convicción de que México solo avanza con instituciones fuertes, competencia económica y democracia real.
Mientras Morena predica una “izquierda” que empobrece al ciudadano común y lo vuelve dependiente del gobierno, el PAN sostiene algo muy simple y muy poderoso:
que la dignidad del mexicano nace de sus libertades, no de sus dádivas.
Por eso, aunque duela reconocerlo para quienes quisieran más opciones en el tablero, hoy la única organización con fuerza nacional, con vida interna democrática, con experiencia de gobierno responsable y con una trayectoria coherente en la defensa de derechos, instituciones, libertad económica, federalismo y Estado de derecho, es el PAN.
No por nostalgia.
No por conveniencia electoral.
No por “ser lo que queda”.
Sino porque es el único partido que nunca ha intentado destruir la democracia… y el único que ha arriesgado su vida institucional por defenderla.
Y en un país donde Morena apuesta por ahogar cualquier contrapeso, ese simple hecho hace toda la diferencia.

