La política consiste en atender los asuntos públicos o sólo la conquista del poder por el poder.
La palabra política tiene su origen en el griego polis, que significa ciudad-estado. En la antigua Atenas se discutían en público los asuntos de la ciudad-Estado y a ello se le consideraba política.
Desde una perspectiva positiva, axiológicamente, la concepción de la política, contiene diversos valores que tienen un significado de mayor trascendencia ética.
Los valores éticos a los que me refiero son tales como la responsabilidad, el compromiso, la dignidad de la persona, el interés público, entre muchos otros de gran relevancia y que tienen un impacto directo en la calidad de vida de las personas y su comunidad.
A diferencia que la connotación de la política como actividad para la conquista del poder, por el poder mismo. En esa perspectiva, todas las acciones están destinadas a quitar o poner personas sólo para mantenerse en el poder, sin importar las condiciones en que vivan las personas sobre las que se ejerce el poder.
Así entendida, la política carece de referentes éticos y sólo puede evaluarse en la medida en que se alcance el poder o se mantenga. En ese sentido nos encontramos en una actividad vacía, que corre el riesgo de caer en el abismo de la injusticia y la tiranía, toda vez que, insisto, carece de esos referentes éticos.
La historia ha dado cuenta de quienes han detentado el poder sin estos referentes éticos. A pesar de que se intenta justificar este tipo de perspectiva mediante la eficacia o una legitimidad, ambas ficticias.
Los dictadores intentan justificar su poder bajo un discurso de resultados eficaces, aún cuando se hayan alcanzado a cualquier precio. Con la finalidad de alcanzar sus objetivos a toda costa, cualquiera que se interponga en su camino será considerado un enemigo. A pesar de que en realidad esté equivocado y, aún sus más cercanos colaboradores, traten de hacerle ver esta equivocación.
En ese mismo sentido, la discusión no es un debate de ideas, proyectos y propuestas, sino de adjetivos y descalificaciones. El nivel de la discusión consiste en evidenciar quién pierde más, y desprestigiar al interlocutor, ya sea un adversario, un colaborador o, incluso, un viejo amigo (pues en la política, como en los negocios, desde una perspectiva negativa, no existen los amigos).
Una vez más, la historia nos puede enseñar un sinnúmero de casos en los que, a la larga, perdieron mucho más y se fueron quedando solos, quienes avanzaron en la política eliminando y sacrificando a todos aquellos que consideraron enemigos.
En la política, como en todas las actividades de las ciencias sociales, no existen los términos absolutos, todo es relativo, por tanto, se requiere ejercicios de ponderación, no de ejercicios binarios amigo-enemigo, no es una actividad de suma-cero, lo que tú ganas yo lo pierdo y viceversa.
A diferencia de lo anterior, en la política, desde una perspectiva ética, el debate debiera ser constructivo en beneficio de la dignidad humana, de la sociedad y de un mundo mejor, sin caer en ningún fanatismo.
Después de más de 2500 años en que en la vieja Atenas se practicaba la política, de una forma en que se atendían los asuntos de la ciudad-estado. Deberíamos de volver a una política en la que se atiendan los problemas de nuestras ciudades-estado.
La realidad nos demanda una postura de responsabilidad ética en la política, no una simple actividad pública vacía de referentes éticos en la que sólo el poder justifica su ejercicio.

