el presidente nacional del PAN, cuyos mensajes —particularmente en el terreno publicitario— han sido señalados por su tono reiterativo y estruendoso.

La fábula musical Pedro y el lobo, de Serguéi Prokófiev, ha sido leída durante décadas como una pieza pedagógica: una introducción lúdica a los instrumentos de la orquesta y, al mismo tiempo, una narración moral sobre la valentía y la prudencia. Sin embargo, bajo su aparente sencillez, la obra también permite una lectura más incómoda: la banalización del peligro cuando este se anuncia en exceso y sin consecuencias inmediatas.

El motivo del “lobo que viene” remite inevitablemente a la vieja fábula del pastor mentiroso, donde la repetición de una alarma falsa termina por vaciar de sentido cualquier advertencia posterior. En ese esquema, la voz que alerta pierde credibilidad, no porque el peligro no exista, sino porque se ha desgastado su capacidad de convocatoria. Prokófiev no lo plantea de forma explícita, pero el trasfondo está ahí: la comunidad se acostumbra al ruido, a la amenaza latente que nunca se concreta… hasta que finalmente ocurre.

Este mecanismo psicológico no es exclusivo de la literatura infantil ni de la música programática. En el ámbito público contemporáneo, se reproduce con inquietante precisión. Un ejemplo claro puede observarse en la comunicación política de figuras como el presidente nacional del PAN, cuyos mensajes —particularmente en el terreno publicitario— han sido señalados por su tono reiterativo y estruendoso. Cuando cada mensaje pretende ser urgente, decisivo o inminente, el resultado no es mayor atención, sino el efecto contrario: saturación y escepticismo.

La comparación no busca equiparar directamente una obra artística con una estrategia política, sino señalar un patrón compartido. En ambos casos, la insistencia desmedida en un mismo registro emocional (el peligro, la urgencia, la advertencia, “lo sensacional”) termina erosionando la confianza del receptor. Así, cuando finalmente emerge una situación que sí amerita atención genuina, el público ya ha desarrollado una suerte de inmunidad frente al discurso.

Lo paradójico es que tanto en la fábula como en la vida pública, el problema no radica en la existencia del lobo —el riesgo, el conflicto, la amenaza, “lo sensacional”— sino en la manera en que se comunica su posible llegada. La credibilidad no se construye a partir del volumen ni de la repetición, sino de la consistencia entre el mensaje y la realidad.

En última instancia, la lección es tan vigente como incómoda: quien convierte cada advertencia o anuncio en espectáculo termina por vaciar de sentido incluso las más legítimas. Y cuando el lobo finalmente aparece, el silencio que lo acompaña no es tranquilidad, sino incredulidad acumulada.

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