Hace pocas semanas, ante la salida de Adán Augusto López Hernández, cuestionado líder de Morena en el Senado a raíz de del caso La Barredora en Tabasco, Ricardo Monreal, el otro jefe, pero para la diputación de ese partido, soltó una frase que definió todo: «Si quieren mi renuncia, no tengo problema”. Fue, por lo menos,una declaración pasivo-agresiva, colmilluda, para dejar en claro que alguien estaba pidiendo resignadas cartitas de dimisión.
Los hechos del caso indican que entramos ya en la etapa de consolidación de la autoridad propia de la presidencia y su presidenta. Está podando el jardín heredado para plantar su propio estilo de ejercer el poder. La nueva defenestración fue la de Marx Arriaga, debatido personaje, Director General de Materiales Educativos, autor de una de las versiones del libro de texto más criticada y deficiente en la historia de esta herramienta educativa, el señor al parecer se mandaba solo. No se había enterado de que la presidenta se llama Claudia Sheinbaum.

Arriaga seguía reivindicando “al presidente”, anterior por supuesto, como su jefe. Egocéntrico, se presentó hasta su salida como “creador del libro” y empeñado tal vez en hacer la revolución socialista desde su oficina de burócrata de la Secretaria de Educación, se atrincheró hasta el final convirtiendo su despido en un evento penoso y ridículo. Seguramente esta decisión será bien recibida por muchos que, de educación básica entienden bastante más que el ahora desempleado Marx.
Los cambios en realidad no son solo administrativos, sino movimientos que buscan limpieza de imagen y, ante todo, un control sobre el régimen que, hay que ser claros, no se le puede regatear a una presidenta necesitada de cohesión. Sheinbaum parece decidida a ejercer su propio estilo de gobernar. No es para menos. Las presiones que afronta son graves: Trump y su amenaza de intervenir militarmente, un problema de inseguridad cuya dimensión pone en riesgo la soberanía de muchas regiones del país y la falta de crecimiento económico, solo por mencionar tres complicados asuntos.
Por eso el dicho de Monreal, al ofrecer su renuncia, acentuó que las salidas de Adán Augusto y Gertz Manero, otro que se sumó a la lista, no fueron voluntarias, ni «para ir a nuevos proyectos», sino por una instrucción superior.
La sacudida no se ha detenido en secretarías, la destitución del Director General del CIDE (Centro de Investigación y Docencia Económicas) que cierra un ciclo de mucha fricción en la institución, pone un hasta aquí a un problema heredado y reivindica el perfil de alto nivel de esa institución. Si la salida de Marx Arriaga fue el fin del radicalismo obtuso en la educación básica, la intervención en el CIDE busca «normalizar» la academia pública.
En el mismo perfil, se puede ubicar el cese de Romeo Ruiz Armenta en la embajada de Guatemala. Esposo de Layda Sansores, cuyo mandato en Campeche ha provocado rechazo por su estilo coercitivo y represivo hacia periodistas. Y qué decir del rechazo a la “ley esposa”, que quieren poner en acción los mandatarios de San Luis Potosí y el de Nuevo León. El mensaje a los gobernadores fue seco y contundente: el nepotismo y los feudos familiares, como el de Zacatecas ya no tienen cabida en la diplomacia ni en la sucesión local. Un freno a las pretensiones dinásticas
Acompañando esta limpieza doméstica, la política exterior en seguridad ha dado un giro pragmático que muchos consideraban imposible: la entrega sistemática de líderes del narcotráfico a Estados Unidos. Lejos de los «abrazos» que definieron el pasado, la actual administración ha optado por una «soberanía de resultados».
En este contexto se presenta el factor Scherer. La publicación del Libro “Ni venganza ni perdón” sugiere que el «ala dura» o el «viejo círculo íntimo» del expresidente está siendo expuesto o desplazado.
El mensaje es inequívoco: el bastón de mando ya no solo se sostiene, se usa. La presidenta está definiendo su versión de la historia de este sexenio.

