
En tiempos donde el debate público suele oscilar entre el individualismo radical y el estatismo absorbente, conviene recordar dos principios que han dado equilibrio y profundidad a la organización social moderna: la solidaridad y la subsidiariedad. No son conceptos abstractos ni consignas ideológicas; son criterios prácticos para construir una sociedad más justa, más libre y más humana.
La solidaridad parte de una verdad sencilla: nadie se realiza en aislamiento. Somos personas insertas en comunidades, por ejemplo, la familia, la escuela, la empresa, el municipio, la nación; y nuestras decisiones impactan a otros. La solidaridad no es caridad ocasional ni asistencialismo permanente; es la convicción de que el bien propio está vinculado al bien común. Implica reconocer que el éxito económico, la estabilidad institucional y la paz social dependen de la cooperación responsable entre ciudadanos.
Sin embargo, la solidaridad mal entendida puede derivar en dependencia si no se equilibra con la subsidiariedad. Este segundo principio sostiene que las instancias superiores, como el Estado, deben intervenir solo cuando las personas o comunidades más cercanas no puedan resolver por sí mismas una necesidad. En otras palabras, lo que puede hacer la familia no debe absorberlo el gobierno; lo que puede resolver el municipio no debe centralizarlo la federación. La subsidiariedad protege la libertad, fomenta la responsabilidad y fortalece el tejido social.
Cuando ambos principios operan juntos, el resultado es virtuoso. La solidaridad impulsa a ayudar; la subsidiariedad garantiza que esa ayuda empodere y no sustituya. Así, el desarrollo no se construye únicamente desde arriba con políticas públicas, ni exclusivamente desde abajo con esfuerzo individual, sino desde una articulación inteligente entre sociedad civil, iniciativa privada y Estado.
En el ámbito económico, esta combinación es decisiva. Una empresa que promueve empleo digno ejerce solidaridad; un emprendedor que asume riesgos y genera valor para su comunidad vive la subsidiariedad en acción. Un sistema de protección social que acompaña temporalmente a quien lo necesita, sin desincentivar el trabajo ni la iniciativa, refleja el equilibrio correcto. Por el contrario, cuando se rompe esta armonía, surgen distorsiones: dependencia crónica, burocracias ineficientes o desigualdades persistentes.
México requiere reencontrarse estos principios como guía para su desarrollo. No se trata de elegir entre el mercado o el Estado, sino de comprender el lugar adecuado de cada uno. La libertad económica sin sentido social erosiona la cohesión; la intervención excesiva sin responsabilidad individual debilita la autonomía.
Solidaridad y subsidiariedad no son teorías del pasado. Son herramientas vigentes para un futuro más humano. Allí donde las personas asumen su responsabilidad y las instituciones respetan los límites de su competencia, florece la prosperidad con dignidad.
Porque el verdadero desarrollo no consiste solo en crecer, sino en crecer juntos, sin dejar de ser libres.

