noviembre 30, 2025
Esta paradoja, un país generoso con ciudadanos ingratos, ha marcado nuestra historia contemporánea. La vemos en la política, en la empresa, en la vida pública y hasta en la vida cotidiana. ¿Por qué cuesta tanto servir a México? ¿Por qué seguimos atrapados en ciclos de Gobiernos mediocres, de corrupción y de una ciudadanía que con frecuencia se siente ajena a la nación que habita?

México es un país noble, generoso, lleno de talento y posibilidades. Y, sin embargo, pareciera que cada vez hay menos mexicanos dispuestos a ayudarlo.

Esta paradoja, un país generoso con ciudadanos ingratos, ha marcado nuestra historia contemporánea. La vemos en la política, en la empresa, en la vida pública y hasta en la vida cotidiana. ¿Por qué cuesta tanto servir a México? ¿Por qué seguimos atrapados en ciclos de Gobiernos mediocres, de corrupción y de una ciudadanía que con frecuencia se siente ajena a la nación que habita?

Para entenderlo conviene repasar brevemente los últimos cien años, divididos en etapas. La posrevolución (1921-1940) fue un periodo de reconstrucción institucional, pero también de caudillismo y pactos de conveniencia. El País se estabilizó, sí, pero la idea del servicio público quedó subordinada al cálculo político.

El desarrollo estabilizador (1940-1970) trajo crecimiento y modernización, aunque cimentó prácticas de corrupción y opacidad. La crisis y la apertura (1970-2000) desnudaron las debilidades estructurales: Gobiernos incapaces, economías vulnerables y enorme desconfianza social.

Finalmente, la etapa democrática (2000-2025) prometió renovación, pero reprodujo vicios que ya creíamos superados: redes clientelares, enriquecimiento sin pudor, uso personal del poder y una creciente desconexión entre la élite política y la vida real de la ciudadanía. El resultado: una ciudadanía cansada de malos ejemplos.

El desaliento nace de un siglo de liderazgos que no ven el poder como servicio. Como explica Alasdair MacIntyre, cuando desaparecen las virtudes públicas, la sociedad comienza a desconfiar de toda forma de autoridad y se repliega en el individualismo. La ingratitud no es natural, es aprendida: tras tantas decepciones, servir al País parece ingenuo o inútil.

Corrupción, impunidad y falta de libertad erosionan la pertenencia; Hannah Arendt advertía que cuando la política deja de ser servicio y se convierte en impunidad, los ciudadanos se retiran de la vida pública. Ese retiro genera distancia frente a un país que debería ser hogar.

Albert Camus escribió: «La verdadera generosidad hacia el futuro consiste en entregarlo todo al presente». Servir a México no es romanticismo, sino asumir responsabilidad compartida y romper el ciclo de cinismo individual. No es obediencia al Estado, sino gratitud hacia la sociedad que nos formó. Servir significa reconocer que somos parte de una comunidad más grande y que devolver es un acto de libertad, no de obligación.

¿Cómo empezar a devolver lo recibido?

Primero, construyendo instituciones locales de excelencia, sin esperar permiso ni aprobación del Gobierno. Nuevo León lo ha demostrado antes: universidades, hospitales, parques industriales y organizaciones civiles surgieron porque alguien decidió servir, no lucrar.

Segundo, participando en la vida pública, no solo observándola desde lejos. Estar en comités ciudadanos, cámaras, patronatos, ONG, grupos ambientales o educativos puede parecer pequeño, pero la suma de miles de pequeños actos cívicos crea un país más fuerte.

Tercero, educando en la ética del servicio y en la gratitud. Enseñar a los jóvenes que servir a México es un honor, no un sacrificio. Que el éxito personal no tiene sentido si no mejora la vida de otros. Que la grandeza de un país se construye en familia, en la empresa, en la calle, en la escuela.

Cuarto, liderando con el ejemplo. Donar, ser mentor, ofrecer tiempo, apoyar talento joven, participar en causas sociales, construir puentes y colaborar con instituciones que necesitan manos, no discursos. Servir es contagioso: cuando alguien da un paso, otros lo siguen.

México nos ha dado historia, identidad, oportunidades y hogar. Hoy nos toca a nosotros devolver. Y esa devolución, esa gratitud activa, es la semilla de un México más unido, en paz, más justo y esperanzador. Cuando alguien decide servir, México siempre encuentra el camino. En eso empieza la reconstrucción: en la gratitud convertida en acción.

Editorial publicado en El Norte, 22 de noviembre

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