Esta mañana transitaba por Cumbres Elite en Monterrey y en su semáforo en rojo vi a un hombre en silla de ruedas con el pelo cano, una camisa gris desgastada; sudoroso, por el esfuerzo que implicaba empujarse con una sola pierna para dirigirse a pedir ayuda a los automovilistas.
Saqué una moneda de 10 pesos, pero tardé en encontrarla, y el semáforo cambió a verde y todos comenzaron a pitar para que me moviera; como el hombre estaba del lado del copiloto, por más que extendí mi mano y él la suya, la moneda calló al piso.
Los carros pitaban con fuerza y le dije «Perdón», «Perdón» y avancé; pero grabé su rostro que me miraba con ternura como diciendo no se preocupe. Debí haber hecho algo más.
Entonces recordé la filosofía de Emmanuel Levina, que gira en torno a una idea tan simple como exigente: el otro no es un objeto, no es un medio, no es alguien ajeno a mí. El otro es, ante todo, una presencia que nos interpela y nos obliga éticamente.
Pedir perdón pensé, no es un asunto solo de España a México, sino, un asunto de todos los que hemos sido omisos o indiferentes ante el dolor y la tragedia. Todos los que vemos la miseria y volteamos a otro lado para no enfrentarnos con el rostro del otro, porque nos confronta con nuestra propia existencia.
Para Levinas, la relación con el otro nace en el “rostro”. No se refiere solo a la cara física, sino a la manifestación de la vulnerabilidad del otro, a ese encuentro en el que comprendemos —sin necesidad de teorías— que no debemos dañarlo y tampoco ignorarlo.
Ahí surge la ética, antes incluso que cualquier ley o sistema político.
El otro está en la calle, en los hospitales, bajo los puentes, enfrentando la guerra. El otro son también esos países que enfrentan una crisis económica y social sin precedentes.
Levinas rompe con la tradición filosófica occidental que intentaba comprender al otro desde uno mismo. Levinas propone lo contrario: el otro siempre desborda nuestra comprensión.
Para Levinas, la relación con el otro implica una responsabilidad infinita. No es un amor romántico, sino una disposición radical a responder por el otro, incluso antes que por uno mismo. Es una ética que incomoda, porque exige salir del ego y asumir que el otro tiene prioridad.
Qué mensaje tan fuerte el de Levinas, «Amar al otro, y reconocer su dignidad absoluta». «No instrumentalizarlo, no usarlo como medio». «Es admitir que el otro siempre importa más de lo que estamos dispuestos a admitir».
La sociedad más que leyes necesitamos una profunda sensibilidad ante la vulnerabilidad del otro.

