enero 2, 2026
La literatura de Nuevo León estará presente en la FIL Monterrey


Salvador I. Reding Vidaña

Esta pregunta se ha hecho en muchos medios académicos y familiares, pienso. ¿Cuál es el mejor maestro? Acabo de ver un comentario de un maestro que citó a otros tres distinguidos maestros de Derecho, y sus opiniones. Uno de ellos decía que el mejor maestro es “el que sabe más”, otro señalaba que “el que mejor sabe exponer” y el tercero decía “el que quiere a sus alumnos”.

Pienso que cada uno tiene parte de la razón, que ninguno es el que tiene la respuesta más completa. Por supuesto que para ser buen maestro hay que conocer la materia que pretende enseñar, nadie puede enseñar lo que no sabe. Según el nivel de curso o cátedra, puede ser necesario o no ser lo que se llama erudito en la materia, pero sí debe saber suficiente, quizás más que ese suficiente del tema para transmitirlo a los alumnos. Los buenos maestros aprenden para enseñar y no se confían en lo que a su vez hayan estudiado. Algo muy necesario es que al maestro le guste y le guste mucho la materia que imparte, que la ame. Un maestro sin amor a su materia se frustra y no forma a sus alumnos.

Pero un maestro que no sabe exponer, por más que sepa del tema, no logrará transmitirlo a los alumnos. Hay personas con esa facilidad, quizás virtud o disciplina de comunicar en clase y otras que o no se preocupan por ser buenos expositores o como se dice “no se les da”. La pedagogía formal es muy importante, pero hasta aprendida por experiencia propia y de la observación de sus maestros, de sus lecturas y reflexiones hará del profesor un maestro eficiente.

Luego, el tercero, ¿querer a los alumnos? Pienso que para realmente enseñar sí se requiere hacerlo con amor, con entusiasmo de que los alumnos aprendan lo que se debe enseñar. Quien no tiene especial interés en el alumnado tampoco tendrá, lo más probable, interés en enseñarles la materia. El ser maestro, dentro o fuera de clase, en la misma, o en la cancha deportiva, o en el catecismo o en pláticas comunitarias, en fin, en donde se pretenda enseñar, requiere amor al arte de la enseñanza, y eso significa amor a que los alumnos, los discípulos, los oyentes, aprendan algo.

Pienso que aunque son necesarias las tres cosas, conocer el tema, saber comunicarlo y querer a los alumnos, lo que veo muy importante es el interés de que los mismos aprendan. Si no se desarrolla ese interés del estudiante difícilmente aprenderá lo que no le interesa, aunque sepa que debe hacerlo.

Recuerdo en una clase de anatomía en preparatoria, con un profesor médico que hizo una pregunta a un compañero y este le respondió “no voy para médico”, y el profesor se quedó callado; pienso que no supo responderle. La clase de anatomía de preparatoria era cuestión de cultura general y no de profesión futura.

Pero tuve otra experiencia de carrera, cuando un profesor de Economía fue encargado de dar una materia en la que no era experto, y así lo dijo al iniciar el curso, pero que haría todo lo posible porque “juntos” aprendiéramos el tema de teoría monetaria. ¿Qué es lo que hizo, además de abocarse al tema? Ponernos a leer, y a hacer exámenes sobre esas lecturas, y para eso estaba la biblioteca (y las librerías, claro). Así que nos hizo interesarnos en investigar para aprender. Pienso que hizo lo correcto.

Hubo en 1967 una interesante película de cómo un maestro sin experiencia previa se enfrenta a un estudiantado hostil por indisciplinado y con discriminación racial, pero se gana a esos estudiantes hostiles y rebeldes para que al fin le demuestren que les había ganado el corazón y por supuesto aprendido de él. “To Sir, with love” se llamaba, con Sidney Poitier, en español titulada “Al maestro, con cariño”. Se basó en un libro autobiográfico de E.R. Braithwaite, con el mismo título.

Quienes se preparan académicamente para la vida, desde la Primaria hasta los postgrados deben de aprender, y eso desborda el tiempo de clase, de cátedra, de contacto con los maestros. Que el alumno aprenda en sus horas de clase y también fuera de ellas, que lea, que pregunte, que investigue, que consulte con quien sabe del tema y que reflexione. Y para que lo haga, el rol de los maestros en despertarles ese interés es fundamental.

Es importante que el maestro influya en sus alumnos para que desarrollen el buen hábito de la reflexión, del pensamiento, que les hace interiorizar la materia, la que sea dentro de una currícula académica del nivel que fuere. Si un profesor de gramática en Primaria no despierta el interés de los estudiantes en aprenderla, verá pasar adelante personas que no sabrán ni entender bien lo que lean o escuchen ni expresarse correctamente. Si un catedrático universitario de digamos cirugía no despierta el interés del alumno en aprenderla bien, generará un mal cirujano, frustrado; inaceptable.

Muchos alumnos simplemente estudian para aprobar exámenes y no con el fin real de haber aprendido algo en un curso para su vida futura, y es esencial que para que estudien para saber y no para los exámenes, la inspiración del maestro es indispensable. Si no desarrollan el interés real del alumno en aprender la materia lo más probable es que no la aprendan o no lo hagan lo necesario, y les haga falta ese conocimiento cuando ejerzan su profesión, sea de mecánico automotriz o médico especialista, o simplemente cuando no entiendan la vida misma ni a las personas con las que convivan.

Un caso particular es lo que muchos llaman aberrantemente “materias de relleno”, que incluyen por ejemplo historia, geografía, psicología elemental, literatura y arte en general, civismo, ¡ética! y otras más. Teniendo muy poco interés de muchos estudiantes en las mismas, el maestro debe, si, debe, despertarles el interés genuino en aprenderlas. Y esto es un verdadero reto superado por los buenos maestros.

Resumo diciendo que efectivamente muchas cosas hacen un buen maestro, que necesita sí, saber, poder enseñar y querer a sus estudiantes, pero que sobre todo sepa despertar el interés de los mismos en aprender, en educarse para la vida y su futura ocupación profesional, del nivel y tipo que sea.

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