enero 2, 2026
o interesante es que Sheinbaum no intentó escapar de ese escrutinio. Lo transformó. Su vestuario —basado en textiles y bordados de comunidades indígenas, elaborado en talleres locales, con reciclaje de huipiles y trabajo colectivo de artesanas

Cada final de año, el espacio noticioso se llena de listas de preferencias y posicionamientos. Los libros más vendidos; las canciones más escuchadas; los políticos más populares; las personas más ricas; las mujeres mejor vestidas, las más poderosas. Rankings que ordenan el mundo con apariencia de objetividad y que prometen, con números y categorías, decirnos quién es quién y por qué.

En las listas de “los más influyentes” los criterios se repiten: dinero, control de activos, visibilidad mediática, capacidad de incidir en la política, la economía, la sociedad o incluso el medio ambiente; alcance geográfico y sectorial.

Todo parece neutro, técnico, casi aséptico. Sin embargo, al revisar esas listas con un poco de atención, aparece una regularidad inquietante: en los listados generales de “las personas más poderosas del mundo”, las mujeres simplemente no están. No en los primeros lugares. A veces, ni siquiera cerca.

Para corregir esa ausencia —o para administrarla— surge cada año una solución: crear una lista paralela; en este caso, la de “las mujeres más poderosas del mundo”.

No es que el poder femenino se incorpore al ranking principal, sino que se le crea un espacio aparte.

El mensaje implícito es sutil pero contundente: el poder, en abstracto, parece no tener género; el acceso a él y la manera de ejercerlo, sí.

Exigencias

En la lista específica de 2025 aparecen nombres incuestionables: Ursula von der Leyen (Comisión Europea), Christine Lagarde (Banco Central Europeo), Sanao Takaichi (Japón) Giorgia Meloni (Italia), Claudia Sheinbaum (México), las cinco primeras. Presidentas, primeras ministras, jefas de instituciones clave. Poder formal, real, institucional. Nadie podría negar su capacidad de decisión. Y, sin embargo, el modo en que ese poder es observado, evaluado y juzgado no es equivalente al de sus pares masculinos.

Las mujeres no solo deben llegar al poder; deben explicar cómo llegaron, justificar por qué están ahí y demostrar, día tras día, que lo merecen.

El ejercicio del poder femenino viene acompañado de variables adicionales que rara vez aparecen en los manuales de ciencia política: el cuerpo, la imagen, la edad.

Gobernar también implica vestirse

En la política contemporánea, la exposición visual es permanente. Fotografías, transmisiones en vivo, redes sociales. El poder se ejerce bajo cámara. Pero el escrutinio no se reparte de manera equitativa. Un ejemplo basta. Durante el sexenio anterior, el presidente Andrés Manuel López Obrador encabezó 1,423 conferencias matutinas. ¿Quién llevó la cuenta de sus trajes? ¿Alguien analizó cuántas veces repitió el traje, el color de sus corbatas o el precio de sus zapatos? Nadie. Su vestuario fue invisible porque se asumió neutro. Ese es uno de los privilegios menos discutidos del poder masculino: no tener que pensar en la ropa como un problema político.

Desde el primer día de sus propias conferencias matutinas, el 2 de octubre de 2024, la presidenta Claudia Sheinbaum enfrentó un escenario distinto. Si se presenta con el pelo planchado; si se puso botox. Si repite atuendo, mal; si estrena con frecuencia, peor. El margen de error no existe y la lupa es constante. En el caso de las mujeres, la imagen no acompaña al poder: lo condiciona. Lo interesante es que Sheinbaum no intentó escapar de ese escrutinio. Lo transformó. Su vestuario —basado en textiles y bordados de comunidades indígenas, elaborado en talleres locales, con reciclaje de huipiles y trabajo colectivo de artesanas— se convirtió en una narrativa política. No de lujo, sino de identidad; no de ostentación, sino de reconocimiento. The New York Times la incluyó entre las personas con mejor estilo del año, subrayando que se trata de “una conversación en la que no suelen aparecer los jefes de Estado”.

Forbes la ubicó, además, entre las mujeres más poderosas del mundo.

El dato no es menor: cuando una mujer es reconocida por su estilo, debe aclararse que no es frívola; cuando un hombre viste siempre igual, se le llama sobrio. Lo que en ellos es normalidad, en ellas requiere justificación.

Otro filtro: La edad

Si la imagen es un campo de vigilancia cotidiana, la edad es una frontera aún más implacable.

En los medios de comunicación, la regla es conocida: después de los 50 años, los rostros femeninos comienzan a desaparecer de pantalla. Son sustituidos por mujeres más jóvenes, como si la experiencia tuviera fecha de caducidad cuando se encarna en un cuerpo de mujer. Los hombres, en cambio, pueden permanecer visibles —y legítimos— hasta bien entrada la séptima década. En ellos, las canas y arrugas suman; en ellas, restan.

En la política, la asimetría es todavía más clara.

De las mujeres consideradas más poderosas del mundo, solo una —Giorgia Meloni— está fuera de la sexta década de vida. Las demás se concentran entre los 62 y los 69 años. No son jóvenes, pero tampoco se les permite envejecer con tranquilidad. La edad se vuelve un dato que hay que administrar.

Compárese con los hombres que encabezan los rankings globales del poder: Xi Jinping, Vladimir Putin, Narendra Modi, Donald Trump, Luiz Inácio Lula da Silva. Todos entre los 72 y los 80 años. En ellos, la edad es experiencia, autoridad, biografía. En las mujeres, la misma variable opera como sospecha.

La pregunta se impone: ¿cuántas mujeres pueden envejecer en el poder como Donald Trump?

No es una cuestión biológica, sino estructural. A las mujeres se les permite acceder al poder en una franja temporal más corta, más vigilada y más condicionada. El ejercicio del poder femenino está atravesado por expectativas que nada tienen que ver con la toma de decisiones: verse adecuadamente, no envejecer “demasiado”, no llamar la atención “por razones equivocadas”.

El poder, en abstracto, no tiene género. Pero llegar a él y ejercerlo sí está atravesado por desigualdades profundas. La imagen y la edad funcionan como dispositivos de control simbólico que delimitan quién puede mandar con naturalidad y quién debe hacerlo bajo examen permanente.

Tal vez por eso, cuando una mujer gobierna a los 62, 66 o 69 años, no solo enfrenta los desafíos propios del cargo. También desafía un orden que preferiría verla fuera de cuadro.

Porque al final, aunque el poder no tenga género, su ejercicio sigue teniendo cuerpo… y calendario.— Mérida, Yucatán

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