En la Edad Media, cuando el hijo de un rey o noble cometía una falta, no era él quien recibía el castigo. En su lugar, azotaban a otro niño, generalmente el hijo de algún sirviente o el compañero de juegos del heredero. Este “niño sustituto” era castigado brutalmente para no manchar con dolor ni responsabilidad al privilegiado.
Así, los hijos de la nobleza crecían con la certeza de que sus actos no tenían consecuencias, porque siempre habría alguien más que pagaría por ellos. Hoy, en pleno siglo XXI, México ha vuelto a esa lógica feudal.
Los políticos corruptos, los verdaderos responsables del saqueo, la impunidad y el deterioro institucional, no enfrentan castigo alguno.
En cambio, se golpea, se exprime y se criminaliza a los inocentes, a los trabajadores, a los sectores sin poder, a quienes no tienen ni los medios ni las redes de protección política para defenderse. La nueva Ley Aduanera es un ejemplo claro de esta perversión.
En lugar de castigar a las redes de corrupción en las aduanas —que incluyen funcionarios de alto nivel, militares, operadores políticos y empresarios coludidos en el “huachicol fiscal”—, se dirige todo el peso de la ley hacia los agentes aduanales y operadores menores.
Multas exorbitantes de hasta 300 %, castigos des- proporcionados, eliminación de defensas jurídicas y un discurso oficial hipócrita que presenta a estos profesionales como los “culpables” del contrabando. No tocan a los verdaderos ladrones. Azotan al “niño sustituto”.
La corrupción en México ha alcanzado un punto en el que la estrategia para evadir la ley consiste en castigar a terceros. Los responsables diseñan leyes y políticas que castigan al eslabón débil, mientras los grandes beneficiarios permanecen intocables, blindados por pactos políticos, complicidades judiciales y cobardía institucional.
Este cinismo es la nueva norma: un Estado que castiga a inocentes para proteger a culpables. Y al frente de esta infamia está la clase política de Morena.
Llegaron al poder prometiendo justicia, pero han perfeccionado el mecanismo de la simulación: culpar a otros para salvarse a sí mismos.
Con discursos de “transformación” han consolidado una estructura de impunidad donde ellos son la nueva nobleza feudal.
Gobiernan no para rendir cuentas, sino para escoger quién recibe el látigo en su lugar.
Lo más grave es que esta perversión cuenta con el consentimiento complaciente del llamado “pueblo bueno”.
Con una mezcla de desinformación, propaganda y fanatismo político, aceptan estas farsas como si fueran actos de justicia.
Aplauden las sanciones ejemplares contra inocentes, celebran los “golpes duros” del gobierno, sin entender que esos golpes caen sobre ellos mismos.
Se han dejado adormecer por un discurso que disfraza impunidad de justicia, crueldad de firmeza y manipulación de patriotismo.
Así como en la Edad Media los hijos de los nobles crecían sabiendo que sus pecados los pagarían otros, la nueva élite política mexicana ha aprendido que la impunidad es su derecho de sangre.
Los “niños sustitutos” de hoy somos todos: ciudadanos comunes, contribuyentes, trabajadores, profesionales honestos, pequeños empresarios… Nos azotan a nosotros para que los verdaderos culpables sigan riéndose desde sus palacios.
México no ha entrado en la Edad Media. México ha llegado a ella de nuevo, y los nuevos señores feudales se llaman Morena.

