En el noreste describimos la molestia ocasionada por la ingratitud y la falta de congruencia con el imaginario de un becerro que no deja de alimentarse, pero que, entre chupete y chupete, le suelta un testarazo a la ubre que lo mantiene, “no quieras mamar y dar topes” decimos.
En la recomposición del grupo en el poder que se libra entre morenistas al interior del gobierno, esa práctica adquirió nombre de pila: Marx Arriaga. El funcionario hizo de una retórica obsoleta, propia de secta revolucionaria, su marca personal, operando desde la comodidad de la burocracia dorada en el tercer nivel de gobierno su «lucha ideológica» no es un sacrificio de trinchera, sino un ejercicio de soberbia financiado por el erario.
Llamó a “refundar la Secretaría de Educación”, según él, quiso o formó comités de resistencia magisterial, se erigió a sí mismo como el defensor del “humanismo mexicano”. En su opinión la SEP está poniendo “en la mesa de Claudio X. González y el empresariado” una nueva reforma al libro de texto. Sus afirmaciones son de grupo ultraizquierdista, sin sustento y sin sentido. Revolución del escritorio ¿Lucha ideológica? en su cabecita, más bien, mucha arrogancia.
Una norma no escrita en gestión de recursos humanos dice que las organizaciones no deben tolerar trabajadores que hacen lo que se les da la gana, se quejan de la institución y arremeten contra ella, el ahora desempleado cubría los tres perfiles mencionados.
Don Marx sabía bien que su despido pasó por el visto bueno de presidencia, pero su enorme egolatría le hizo asumir que él y sus camaradas de lucha son parte del grupo amparado por la pureza del liderazgo de López Obrador. Se ven como guardianes del fuego sagrado. Las adecuaciones del régimen de Claudia Sheiubaum, obligadas por la necesidad de construir su propio equipo y fortaleza de gobierno para responder a las enormes presiones y retos que tiene el régimen son vistas por esa corriente como “zigzagueos”, desviaciones del rumbo original, pecados que manchan la pureza del credo original de la 4t.
Lo cierto es que han perdido posiciones, y están viendo amenazadas sus cuotas de poder y, sobre todo, sus intereses.
Que faltó una mejor operación para sacar a Marx Arriaga de su posición es cierto. Pero eso no evita que se deje de advertir que la herencia que recibió la presidenta no fue precisamente un pedestal de castidad política. El grupo en poder está sometido a una recomposición en la que ya es evidente que Sheinbaum tiene que utilizar un estilo de liderazgo cada vez más coercitivo con quien se atraviese en su camino. Necesita cohesión interna y apoyo externo, en la opinión pública pero también, y eso es no lo entienden en la 4t, de la oposición.
La caída de Arriaga es un avance de la razón de Estado en este régimen sobre el narcisismo ideológico. Su error fue no entender que, en la arquitectura del segundo piso de la 4T, los cimientos ya están puestos; lo que se requiere ahora son ejecutores que sepan resolver problemas, no ideólogos que quieran dinamitar la obra cada vez que el diseño no coincide con su utopía personal. La «coerción» es, en realidad, el ejercicio de la autoridad necesaria para evitar que las cuotas de poder se conviertan en feudos de ingobernabilidad.

