Cuando el Vencedor Usurpa También la Memoria
La historia humana no se explica únicamente por grandes batallas, tratados internacionales o fechas emblemáticas. Se explica, sobre todo, por procesos invisibles de poder que operan antes, durante y después de los conflictos abiertos. A ese nivel profundo —cotidiano, simbólico, relacional— es donde actúa la Micropolítica.
Las invasiones, colonizaciones y desplazamientos no son solo hechos militares o geopolíticos; son operaciones micropolíticas de larga duración. En ellas no solo se conquista territorio: se usurpa el relato, se reconfigura la identidad del vencido, se degrada su cultura y, finalmente, se le arrebata la memoria colectiva.
El caso del pueblo maya, documentado recientemente con rigor histórico y científico, es ejemplar. Durante siglos, a los mayas no solo se les despojó de sus tierras y de su autonomía política; se les negó el reconocimiento como una de las grandes civilizaciones de la humanidad. La Micropolítica del vencedor operó con precisión: sin memoria legítima, no hay derecho; sin historia reconocida, no hay voz en el presente.
Invasión: el inicio del poder invisible
Toda invasión comienza con un acto de fuerza, pero se consolida mediante actos micropolíticos posteriores: nombrar al otro, clasificarlo, inferiorizarlo, describirlo como incapaz de gobernarse. La conquista española en Mesoamérica no solo destruyó estructuras políticas; eliminó élites intelectuales, quemó códices, asesinó astrónomos, sacerdotes e historiadores. Fue una limpieza cognitiva. El mensaje fue brutal: sin memoria no hay legitimidad.
Este patrón no pertenece al pasado. Se reproduce hoy con nuevos discursos y tecnologías.
Colonización: administrar la subordinación
La colonización no es un evento histórico cerrado; es un sistema micropolítico permanente. Se sostiene degradando la cultura dominada y exaltando la del dominador. Durante siglos se insistió en que los mayas habían “colapsado”, que eran incapaces de sostener una civilización compleja, que su desaparición era casi natural. Hoy sabemos que esa narrativa fue falsa y funcional al poder.
Los mayas no colapsaron: se reorganizaron, migraron, resistieron y sobrevivieron. El mito del colapso sirvió para justificar el despojo, invisibilizar a los sobrevivientes y normalizar la desigualdad contemporánea. Esa es la Micropolítica en su forma más eficaz y ausente de ética.
La nueva arqueología y la política del “colapso”
Conviene detenernos aquí, porque lo que hoy sabemos sobre la civilización maya no proviene de una revisión ideológica, sino de una revolución científica en la arqueología. Investigadores como Francisco Estrada-Belli, Marcello A. Canuto y otros equipos internacionales han demostrado, mediante tecnologías como el LIDAR (siglas de Light Detection and Ranging) es una tecnología de detección remota que utiliza pulsos de láser emitidos desde aviones, helicópteros o drones para medir con extrema precisión la superficie), ADN antiguo y estudios climáticos, que la narrativa tradicional del “colapso maya” fue profundamente errónea.
Durante décadas se sostuvo que los mayas habían sido incapaces de sostener sociedades complejas en la selva tropical, que habían agotado sus recursos y que su desaparición era consecuencia de su propia “irracionalidad ecológica”. Hoy sabemos que ocurrió lo contrario: los mayas desarrollaron uno de los sistemas de manejo ambiental más sofisticados y sostenibles de la historia humana, capaz de sostener poblaciones que hoy se estiman entre 9.5 y 16 millones de personas en los siglos de mayor esplendor.
La idea del colapso no fue inocente. Funcionó —consciente o inconscientemente— como una operación micropolítica retrospectiva: si una civilización “fracasa”, entonces no merece herederos; si desaparece “por incompetencia”, sus descendientes no pueden reclamar legitimidad histórica, territorial ni política. El relato científico mal interpretado se convirtió en instrumento de dominación simbólica.
La grandeza como umbral del conflicto
Pero incluso esta nueva arqueología no idealiza al mundo maya. Al contrario, muestra algo más incómodo y universal: toda gran civilización, en su máximo desarrollo, genera tensiones internas. El crecimiento poblacional, la concentración del poder, la desigualdad en el acceso a la tierra, la competencia económica, las guerras internas, la pérdida de confianza en las élites y los efectos del clima no destruyen automáticamente a una civilización, pero sí la obligan a transformarse. Cuando esas tensiones se politizan y se vuelven irreconciliables, el orden existente se erosiona.
Esto no es exclusivo de los mayas. Ocurrió en Roma. Ocurrió en imperios medievales. Ocurre hoy. El progreso no elimina el conflicto: lo multiplica. Y cuando las élites no logran gestionar esas tensiones con legitimidad, emerge la polarización, la violencia y la reorganización social. La historia no se rompe: se reconfigura.
Desplazamiento: cuando el perdedor estorba
El desplazamiento forzado siempre se presenta como consecuencia inevitable, nunca como decisión política. Ayer fueron los pueblos indígenas; hoy son los migrantes, los refugiados, las poblaciones civiles atrapadas entre guerras.
En Estados Unidos, México, Ucrania o Palestina, los desplazados pierden algo más que su hogar: pierden voz, pierden relato, pierden humanidad pública. Son reducidos a cifras, amenazas o “daños colaterales”. El mecanismo es el mismo: deshumanizar para gobernar sin culpa.
El vencedor escribe la historia (y la distorsiona)
Una de las operaciones micropolíticas más poderosas es el control del archivo: qué se enseña, qué se omite, qué se ridiculiza. Durante décadas, incluso la arqueología negó la grandeza maya; se llegó al absurdo de atribuir sus ciudades a extraterrestres. El mensaje implícito era devastador: ustedes no pudieron haber hecho esto.
Hoy, ese mismo patrón aparece cuando se niega la cultura de los migrantes, cuando se reduce a los palestinos a estadísticas o cuando los ucranianos son tratados únicamente como piezas de ajedrez geopolítico. El poder no necesita exterminar a todos; le basta con usurpar su historia.
Degradar una cultura para preservar otra
La Micropolítica de la invasión siempre incluye un acto simbólico central: elevar una cultura degradando a otra. No se afirma abiertamente “somos superiores”; se sugiere que el otro es atrasado, violento, improductivo o incapaz de autogobernarse. Así se justifica la ocupación, la intervención y la exclusión.
Los mayas fueron presentados como un pueblo del pasado. Hoy, muchos migrantes son presentados como gente “sin cultura”. Cambian los nombres; no cambia el poder.
El presente como espejo del pasado
El artículo sobre los mayas no habla solo de arqueología. Habla del presente. Cuando las sociedades pierden confianza en sus líderes, cuando el poder se concentra, cuando la desigualdad se normaliza y el relato oficial deja de convencer, las estructuras políticas se reconfiguran o se rompen. Eso ocurrió en el mundo maya. Eso está ocurriendo hoy.
La Micropolítica contemporánea se manifiesta en la desconfianza institucional, la violación de las leyes por parte de la propia autoridad, la creciente influencia del crimen organizado, la corrupción, la impunidad, la polarización, las migraciones masivas y la negación del otro. No es casualidad: es estructural.
Conclusión: la memoria como campo de batalla
Los pueblos no desaparecen: son expulsados del relato. La Micropolítica nos obliga a mirar donde el poder actúa sin declararse: en el lenguaje, en la memoria, en la humillación cotidiana.
Hoy, como ayer, las guerras no solo se libran con armas. Se libran con narrativas, a través de medios de comunicación, redes sociales, silencios cuidadosamente administrados y públicos fantasmas.
Y mientras el vencedor siga usurpando la memoria del vencido, la desconfianza, la migración y el conflicto seguirán reproduciéndose.
La pregunta no es si la historia se repetirá.
La historia no se resuelve al nombrarla; se disputa. La pregunta es quién tendrá el poder de sostenerla cuando hacerlo tenga un costo ético y político.
*Dr. Alfredo Cuéllar: Profesor retirado de Fresno State University, consultor internacional y creador de la Micropolítica (Micropolítica: El Ejercicio del Poder), disciplina que analiza el poder cotidiano e invisible en las organizaciones, la política y la vida social. alfredocuellar@me.com

