En México, la caída de un gran jefe criminal nunca es solo un operativo: Enrique Dávila.


En México, la caída de un gran jefe criminal nunca es solo un operativo. Es un acto político. Es una escena cuidadosamente absorbida por la narrativa pública. Y en un país donde la percepción define el clima, el impacto mediático pesa casi tanto como la realidad en el terreno.


El efecto es inmediato: el gobierno gana oxígeno. No porque la violencia desaparezca —nadie serio lo cree— sino porque la imagen de un Estado que alcanza a figuras que parecían intocables reorganiza el ánimo público. La sensación de control, aunque sea momentánea, tiene valor político. Cambia titulares, baja presión, reordena la conversación.

Al mismo tiempo, el foco se mueve hacia Estados Unidos. El guion es conocido y eficaz: armas que cruzan la frontera, consumo que sostiene el negocio, corresponsabilidad que equilibra la crítica. En términos estratégicos, es una jugada natural: convertir un hecho de seguridad en un argumento de soberanía.
Pero debajo del impacto simbólico está la realidad cruda: el poder criminal no desaparece cuando cae un nombre. Se redistribuye.


Las organizaciones criminales no son estructuras frágiles que colapsan con la caída de su cabeza; son sistemas que se adaptan. Cuando el centro se debilita, las periferias compiten. Y la competencia en ese mundo no se dirime en tribunales ni en mesas de negociación, sino en violencia.


Vendrán semanas de mensajes, movimientos discretos, ajustes de control territorial. La historia lo ha repetido hasta el cansancio: cada gran golpe abre un periodo de transición en el que el equilibrio se redefine. No es el final de un ciclo; es su mutación.
También conviene desmontar la fantasía que suele acompañar estos momentos: la idea de que el crimen organizado tiene un poder de fuego equiparable al del Estado. Puede parecerlo en un enfrentamiento puntual, con grupos capaces de concentrar armamento y munición suficientes para resistir durante horas. Pero la diferencia decisiva no está en la intensidad inicial, sino en la duración.
El Estado puede reabastecer, sostener, insistir. El crimen puede golpear, no sostener. Su poder es de impacto, no de permanencia. Por eso domina territorios por miedo, no por control estructural. Y aun así, ese impacto basta para alterar la vida de millones.
El problema es que el país suele quedarse en la celebración del golpe. La escena sustituye al proceso. La narrativa sustituye a la política pública. Y entonces el titular se convierte en la ilusión de un punto de inflexión que rara vez llega.
Porque después del aplauso viene la realidad: reacomodos, disputas, tensiones locales. Y ahí es donde se mide si el Estado tiene la capacidad —y la voluntad— de impedir que el vacío se llene con más violencia.
México ha vivido suficientes capturas, abatimientos y caídas como para saber que ningún sistema criminal depende de una sola figura. La estructura sobrevive porque el mercado sobrevive, porque las rutas sobreviven, porque los incentivos sobreviven.
Por eso el verdadero riesgo no es que el crimen resista.


El verdadero riesgo es que el país vuelva a conformarse con la escena.
Cada vez que un nombre desaparece, el poder no se disuelve: se reacomoda.
Cada vez que un gobierno capitaliza el momento, la prueba no está en el discurso, sino en lo que ocurre cuando las cámaras se apagan.
Porque al final, la historia en México no la define quién cae.
La define quién ocupa el espacio después.
Y esa respuesta nunca está en el titular.

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