El 2026 marca el regreso del fracking (fracturación hidráulica) al centro del debate nacional.

Por: Roberto Gallardo

México se encuentra en una encrucijada histórica. Tras años de una moratoria de facto, el 2026 marca el regreso del fracking (fracturación hidráulica) al centro del debate nacional. El reciente anuncio gubernamental para reactivar esta técnica en 2027, con el objetivo de alcanzar una producción masiva para 2035, nos obliga a cuestionar si ésta alternativa es correcta y oportuna para alcanzar una autonomía energética.

La lógica oficial es clara: usar esta técnica para reducir la dependencia del gas natural importado de EEUU, fortalecer a Pemex y abaratar costos industriales. Sin embargo, la realidad geográfica y climática del país cuenta una historia distinta. El fracking requiere millones de litros de agua dulce en regiones que ya sufren un estrés hídrico crítico y conlleva graves riesgos sísmicos y de contaminación.

Es importante que el gobierno mexicano considere que la fracturación del subsuelo no es el único camino, ni el más eficiente para alcanzar una autonomía energética. México posee alternativas mucho menos dañinas y económicamente más robustas que podrían garantizar el abasto energético sin hipotecar el futuro ambiental.

Desde una perspectiva de sostenibilidad y costo, la alternativa más sólida para el México del siglo XXI no el gas de esquisto, sino una cartera diversificada de producción de energías renovables. La combinación de energía solar, eólica, geotermia y políticas estrictas de eficiencia energética es hoy la ruta correcta.

La principal de éstas técnicas es la energía solar fotovoltaica. México figura entre los países con mejor radiación solar del mundo, alcanzando potenciales de hasta 5.5 kWh/m²·día en vastas zonas del norte y centro. Esta ventaja competitiva abre la puerta no solo a grandes centrales solares, sino a un esquema de autoconsumo comercial e industrial con costos que hoy superan en rentabilidad a los hidrocarburos. Aprovechar el «cinturón solar» no es una apuesta. Es una política segura en un mercado global que exige productos con baja huella de carbono.

Sin embargo, para que esta transición sea efectiva, se requiere de una política de inversión clara, licitaciones transparentes y una regulación que brinde certeza jurídica tanto al Gobierno como a los particulares… es decir, todo lo que NO es capaz de hacer el Estado Mexicano.

La verdadera soberanía no se alcanzará perforando la tierra hasta agotarla. El camino pasa necesariamente por una transformación de las instituciones, que hoy día no son capaces de aprovechar la abundancia inagotable de nuestros recursos naturales limpios para construir una economía resiliente, moderna y, sobre todo, viva.

En nuestras manos está el colocar este tema en la agenda pública, pues el Estado Mexicano parece ser incapaz de distinguir entre la vía correcta, sostenible, y la vía más conveniente para PEMEX.

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