Las camionetas eléctricas BYD se convierten en símbolo de estatus en zonas exclusivas como Polanco y San Pedro Garza García


Ahí están. Silenciosas como una traición palaciega, estacionadas frente a los centros comerciales de Polanco o las plazas minimalistas de San Pedro Garza García. Ya no rugen; ahora zumban con la castidad de un electrodoméstico de alta gama. Son las camionetas BYD, los nuevos tótems de una clase media-alta decidida a cambiar el viejo sueño americano de Detroit por la eficiencia orwelliana de Shenzhen.


El Desfile de las Apariencias. ¡Fíjate, «Mousie», qué maravilla! Ya no hay que lidiar con el olor a gasolina, ese perfume tan del siglo XX, tan de «gente que trabaja con las manos». Ahora, la socialité regiomontana y la gentrificación chilanga se deslizan en naves diseñadas por un comité de estética espacial en el delta del Río de las Perlas.

Observen a la «Piky», descendiendo de su SUV Tang con la elegancia de quien no ha tocado un sartén en tres generaciones. El interior es un festín de piel sintética —»vegana», por supuesto, porque el remordimiento ecológico es el nuevo accesorio de temporada— y una pantalla táctil tan grande para proyectar en ella el juicio final o, al menos, el último tutorial de skincare.


Es el realismo radical. No importa si el motor tiene alma, importa el pespunte del asiento combine con los tenis On Cloud de tres mil pesos.
La ciudad de los palacios eléctricos. No me preguntes cómo pasa el tiempo. Ese aire denso es nuestra única herencia verdadera. Ahora surcado por estas ballenas blancas de la tecnología asiática. El nacionalismo mexicano ha muerto en el altar del puerto USB tipo C.


No aspiramos al Cadillac. Simbolizaba el imperialismo. Ahora nos rendimos ante el socialismo de mercado con aire acondicionado. La revolución cultural ya no es de Mao, es de BYD. Es la democratización del lujo para aquellos que temen al Hoy No Circula pero al autoritarismo digital. Es la victoria del gadget sobre la mecánica.
En México, la modernidad no es un estado de derecho, sino un modelo de camioneta con luces LED ambientales. La carne y la máquina. Pero bajemos al fango, o al menos al pavimento agrietado de la avenida. La perfección es la muerte del espíritu. Estas camionetas no tienen mugre, no tienen carácter; son cápsulas de aislamiento para evitar el contacto visual con el otro, con ese peatón quien todavía huele a Metro y a desesperanza.


El instinto en el motor eléctrico y solo encontrar el silencio de un hospital. ¿Dónde está el peligro? ¿Dónde está el riesgo de que la máquina explote en un arranque de furia mecánica? La BYD es la castración del automovilista. Es el triunfo del orden sobre el caos. Un vehículo se estaciona solo es un vehículo independiente. La última pizca de libre albedrío.


El humor negro de la dependencia. Desde los márgenes, la camioneta brilla, el litio se extrae con la misma crueldad con la de los callejones oscuros de los ochenta: con dolor y en silencio. Es ironía suprema. Salvar al planeta a bordo de un tanque de dos toneladas. Consume energía producida, probablemente, quemando combustóleo en una planta de la CFE.
Las SUVs construyen la nueva ciudad de la alegría de cartón piedra. El usuario de BYD no maneja, consume trayectos. Se siente superior porque su auto no emite CO2, mientras ignora su estatus depende de una cadena de suministro nacido en el corazón de un dragón. Desconocido de derechos laborales, pero sí de microchips.


La nostalgia del mañana. El brillo del logotipo, el tacto del volante, la forma del chofer, porque incluso en la era eléctrica, el poder se mide por quién no toca el volante. Limpia el polvo con una gamuza de microfibra. Es ritual de mantenimiento del prestigio.
Las mujeres que en estas camionetas transportan no solo a sus hijos al colegio bilingüe También sus ansiedades de pertenencia.

Eran mujeres de ojos grandes y camionetas silenciosas. Aprendieron a amar el futuro porque el presente les resultaba demasiado ruidoso. El silencio de los inocentes ricos.
La revolución cultural china ha llegado a nuestras calles disfrazada de eficiencia y diseño sleek. La BYD no es un coche, es declaración de rendición ante la nueva hegemonía. Es el fin de la era del petróleo y el inicio de la era de la actualización de software.


Vivimos el sueño de una modernidad sin llaves. Solo una tarjeta NFC y fe ciega en los frenos regenerativos nos salvarán del abismo. Mientras tanto, el resto de los mortales seguiremos aquí abajo, viendo pasar esas carrozas silenciosas, preguntándonos si el futuro era esto.
Viaje cómodo, sin ruido y totalmente desconectado de la realidad. Los vidrios polarizados se venden por separado.

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