Sin fe en la verdad no existe acto humano eficaz
Jacques Maritain
Las fotografías más icónicas para expresar lo que hemos vivido en los últimos años son fáciles de elegir: una, la presidente de la SCJN, Norma Piña, sentada y haciendo un ejercicio de pudor, no hace la reverencia acostumbrada al titular del Ejecutivo federal, el cinco de febrero de 2023. La otra, exactamente tres años después, en las mismas circunstancias, funcionarios del Poder Judicial limpiando los zapatos a Hugo Aguilar, actual presidente de la Corte. Nuestra realidad es la decadencia: de la dignidad a la ignominia. Paradójicamente, los dos eventos en el día de la Constitución.
Hay que gritarlo: si la clase política no levanta la mirada, el desgarramiento de la República será terminal.
Leyendo a Gonzalo Celorio me encontré con una palabra que no conocía: reconcomio. El diccionario la define como “Desasosiego o comezón por un picor. Agitación por una molestia moral o por un deseo persistente”. Lo primero que me vino a la mente son los políticos reconcomidos. A mi juicio, más que ideologías, a las mujeres y hombres con poder hay que clasificarlos por el trato a sus gobernados. Si se analizan las biografías de los clasificados como buenos líderes, lo primero que se percibe en ellos es la amabilidad y la generosidad. La paciencia para escuchar de Lázaro Cárdenas en sus largas pláticas con los marginados. Ávila Camacho era considerado como el “Presidente caballero”. Ruiz Cortines era parco y adusto, generaba respeto y autoridad.
Se ha dicho hasta la saciedad: en la política las personas aparecen, unas ante otras, a través de la palabra y la acción. Una sociedad exitosa se sustenta en relaciones sociales sanas y cohesionadas en torno a principios sustanciales; es decir, conducida por gobernantes sensatos y mesurados.
O México se esmera en ser legal o no será. Así de sencillo. Para emprender esa elemental y primigenia obligación, se requiere una moralización del Estado, esa de la que tanto se habla y de la que vertiginosamente nos hemos ido alejando. La ética es primero que el derecho, así se conforma la política.
No se requiere ser muy perspicaz para concluir que vamos rumbo a la barbarie en las contiendas del año próximo y que en los hechos ya iniciaron. El deterioro de las autoridades es notorio y el relajamiento de los ordenamientos está ferozmente desatado. Ningún país ha modificado tanto las leyes que regulan los procesos electorales. Además, somos campeones para inconformarnos con los resultados de los comicios. Aquellos que con convicción democrática aceptan su derrota, son raras excepciones cuando priva la desconfianza de principio a fin. Cuando el derecho cambia a tal velocidad es porque está partidizado (que no politizado) y nunca alcanza el mínimo consenso para legitimarse.
Soy un irredento optimista y creo en la ley. Por eso, aunque suene ingenuo, sugiero esmerarnos en practicar dos virtudes: benevolencia y seriedad. Benevolente es quien tiene buena voluntad, intención justa. Seriedad implica compromiso, profesionalismo y la importancia o gravedad del asunto. Se asocia a la compostura, dignidad y sinceridad, siendo opuesto a la informalidad o la improvisación.
Si la buena fe no se presume, todos somos enemigos de todos y la posibilidad del diálogo se desvanece. Requerimos con urgencia una política seria, para adultos, que respete la verdad y sea clara en sus propósitos. Hemos observado en la práctica un refrán bastante añejo: “El que hace la ley hace la trampa”. Así no se puede.
Una verdad suena trillada: quienes tienen mayor responsabilidad deben dar ejemplo de benevolencia y seriedad.
Pertenezco a una generación que salió a las calles a gritar con algarabía vivas a Fidel Castro y que después dimos el aldabonazo de la transición democrática en 1968. Me pregunto cómo nos bautizaría don Luis González y González, teórico de las generaciones. Me da pánico saber que seamos la del desengaño o generación incongruente.

