La caída y captura de Nicolás Maduro, el líder del movimiento que sumió a la población venezolana en una de las crisis humanitarias más graves del siglo XXI debiera convertirse en un alivio para millones. El chavismo produjo una contracción histórica del PIB superior al 80% en una década. El mercado venezolano vivió entre 2013 y 2019 una inflación acumulada que rompió récord mundial con una cifra de 5,395 por ciento, lo que pulverizó los ahorros de los ciudadanos y el valor del bolívar.
Ante la pérdida de valor de la moneda venezolana, la economía se dolarizó. Para 2026, aunque la hiperinflación técnica terminó, la inflación anual sigue proyectada en niveles críticos (cerca del 682% según el FMI), manteniéndose como una de las más altas del mundo. De producir más de 3 millones de barriles diarios en 1999, la producción cayó a niveles de entre 700,000 y 800,000 barriles en años recientes.
El impacto en la calidad de vida ha sido devastador: según la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (ENCOVI), hacia el inicio de 2026 se estima que el 86.9% de los venezolanos viven en situación de pobreza por ingresos.
La migración de más de 7.7 millones de personas (casi un tercio de la población), ha creado la mayor crisis de desplazamiento en el hemisferio occidental. El sistema eléctrico, de agua y de salud presentan fallas estructurales crónicas debido a la falta de mantenimiento y presupuesto durante años. La deuda externa es de 150 mil millones de dólares, y pesan sobre ella varios procesos de arbitraje internacional por reclamos de los prestamistas.
El problema del comunismo improvisado, a fin de cuentas, consiste en que ni Marx, ni Lenin o Fidel Castro (el consejero del Comandante Chávez y de Maduro en este caso) dejaron un manual del usuario para construirlo. El chiste no es expropiar una fábrica, sino saberla dirigir. Los resultados están a la vista.
Este panorama hace pensar que había que detener la catástrofe, pero la forma en que se conduce este cambio lleva del júbilo inmediato a formular graves interrogantes sobre su legalidad y futuro inmediato. La intervención de la administración de Donald Trump, realizada al margen del Congreso estadounidense y la Carta de la ONU, constituye un precedente que desafía las normas internacionales. Desde luego se argumentará con toda razón que el debate jurídico choca con una realidad innegable: la permanencia de Maduro en el poder ya había costado, según la ONU, miles de ejecuciones extrajudiciales y una crisis de refugiados a 7.7 millones de personas. Venezuela fue convertida por el chavismo en un “paraíso” para la violación de derechos humanos y políticos.
A pesar de ello las dudas sobre la evolución que siguen los acontecimientos son cuando menos preocupante. Figuras como Diosdado Cabello, los hermanos Rodríguez, Jorge y la ahora presidenta interina Delcy en compañía del alto mando militar, son los arquitectos de un Estado políticamente depredador integrado por una casta cleptocrática que ellos mismos dirigían junto a Nicolás Maduro.
Dejar intacta la estructura de esta camarilla, es un riesgo que quiere correr el gobierno de Donald Trump para conseguir estabilidad y conducción porque la oposición, en palabras de Marco Rubio, Secretario de estado norteamericano, no está presente en el país.
Las dudas sobre esta vía provienen de varios hechos. Estos líderes controlan los «colectivos» (grupos paramilitares armados, que recuerdan a los escuadrones de la muerte del Chile de Pinochet) que, si no son desmantelados, tienen la capacidad de convertir las ciudades en zonas de guerra contra los opositores, sabotear la infraestructura eléctrica y petrolera, y hacer que el país sea ingobernable. No se pierda de vista que el grupo ahora con Delcy Rodríguez a la cabeza han malversado o extraído ilícitamente más de 300,000 millones de dólares ¿Van a tener acceso a esos recursos para reencausar la noción revolucionaria de “la república bolivariana” que buscaban extender hasta México?
La narrativa oficial de Trump hace pensar que la lucha contra el narcotráfico era una «cortina de humo» , como las armas nucleares lo fueron en Iraq, para ocultar el interés sobre control de las reservas de crudo más grandes del mundo (300 mil millones de barriles). El temor es que no exista un plan sólido para la reconstrucción institucional, sino solamente una estrategia para el control de recursos naturales. Trump no ha mostrado un interés legítimo por la reconstrucción de la democracia en Venezuela, dijo que va por el petróleo y punto, obvio la bolsa de valores de Nueva York reaccionó subiendo la acción de las petroleras “gabachas” de inmediato. Ojalá tuviéramos un Nasdaq para medir el avance de las democracias, seguramente no hubiera reaccionado con tanto optimismo al ver a Delcy Rodríguez juramentando como presidenta venezolana. La visión que trasmite Trump hasta ahora es que América Latina, de preferencia, estaría mejor bajo control estadounidense. No hay un plan de trabajo visible para realizar un proceso de transición democrática en el que, por supuesto, tendría que estar presente la oposición venezolana.
Se ha cambiado un dictador por una etapa de imprevisibilidad e incertidumbre. De cualquier manera, el argumento de la «legalidad internacional» sonará vacío para quien ha sobrevivido con un salario mínimo de menos de 5 dólares al mes bajo el mando de Maduro.
Ronald Reagan versus Donald Trump
La reinterpretación de la Doctrina Monroe bajo el “corolario Trump” deja claro que el tablero ha cambiado. La gran pregunta es si la fuerza está sustituyendo al derecho. Pero para Venezuela, la pregunta es más urgente: ¿se logrará desarticular a la camarilla de Diosdado y Delcy, o la caída de Maduro será solo el prólogo de una nueva forma de dictadura fragmentada con la cual bajo amenaza trabajará la Casa Blanca sin mayor preocupación?
La situación actual muestra una tensión fundamental entre la legitimidad ética (el fin de una crisis humanitaria) y la legitimidad jurídica (la violación del derecho internacional). Al observar la historia y ver la ya lejana figura de Ronald Reagan ante el Muro de Berlín en 1987, que influyó en cambios trascedentes tras la cortina de hierro, puede trazarse un paralelo histórico sobre cómo las potencias occidentales han gestionado el colapso de regímenes autoritarios en su esfera de influencia.
Compárese las dos posturas:
| Categoría | Ronald Reagan (1987) | Donald Trump 2026 |
| Herramienta Principal | Diplomacia pública y presión moral. El discurso de «Tear down this wall» fue un desafío retórico. | Acción militar directa. Operación «Resolución Absoluta» ejecutada al margen de la ONU y la OEA. |
| Marco Legal | Actuó dentro de la estructura de la Guerra Fría y alianzas como la OTAN. | Actuó bajo el «Corolario Trump», una reinterpretación unilateral de la Doctrina Monroe. |
| El «Enemigo» | Un bloque ideológico (URSS). Se buscaba el colapso del sistema desde dentro. | Una «Camarilla criminal». Se busca la decapitación del liderazgo (Maduro) pero se deja el «cuerpo» dirigente del régimen. |
| Legitimidad Global | Vista como una defensa de la libertad universal y la democracia occidental. | Vista como misión para controlar recursos: petróleo y minerales. |
Mientras que Reagan utilizó el escenario de la Puerta de Brandeburgo en Berlín para apelar a la libertad y presionar a Gorbachov a abrir el sistema, la acción descrita en Venezuela opta por la vía de hecho.
Reagan apostaba por el colapso sistémico impulsado por la inviabilidad económica y moral del comunismo.
La intervención actual, ignora las normas internacionales para obtener un resultado inmediato.
El peligro es que, a diferencia de 1989, donde el colapso del Muro de Berlín fue seguido por una integración institucional (la reunificación alemana), en Venezuela la caída de Maduro deja una «Víbora sin Cabeza», amenazada, pero con capacidad de sabotear.
Reagan proyectaba a Estados Unidos como el «faro de la democracia». Trump sustituye la superioridad moral por el pragmatismo. No se busca inspirar un cambio democrático, sino asegurar intereses estratégicos y mostrar que él tiene el poder.
Cuando el Muro de Berlín cayó, existía un plan y una estructura civil lista para la transición y contaba con el involucramiento de la OTAN y la ONU. Hoy la Casa Blanca va por su cuenta, y ha perdido autoridad diplomática para exigir tanto a Rusia, para que salga de Ucrania, como a China para que se detenga ante una posible anexión de Taiwán.
Aunque el alivio humanitario es innegable —como lo fue la caída del Muro—, la ausencia de una base legal internacional y la falta de un plan de transición democrática, que legitime sus acciones políticamente, amenazan con hacer de este evento no un renacimiento democrático, sino el prólogo de un escenario de tensión donde «las reglas ya no existen, sino solo mis decisiones «.

