La mezcla de política y guerra es proverbial: se sabe quién y cuándo se inicia la guerra, pero nunca se sabe cuándo termina y bajo qué condiciones
Conforme pasan las horas, la guerra de Israel y Estados Unidos contra Irán amenaza con convertirse en una guerra prolongada, tanto como la guerra en Ucrania. Los problemas políticos se transforman en temas militares y los militares agravan los problemas políticos.
La mezcla de política y guerra es proverbial: se sabe quién y cuándo se inicia la guerra, pero nunca se sabe cuándo termina y bajo qué condiciones. Especialmente cuando el fondo del conflicto es el odio y la confrontación entre dos Estados teocráticos, como lo son Israel e Irán.
Estados Unidos se dejó arrastrar a un conflicto militar en Medio Oriente entre culturas milenarias. Pensó que era cosa de reducir a Irán a polvo para que desistiera de ser lo que es. Es una réplica del pensamiento político de los aliados que los llevó al bombardeo de la ciudad alemana de Dresden, durante la Segunda Guerra Mundial. Reducida a escombros, Dresden quebró la resistencia alemana al avance de las tropas aliadas. También las bombas atómicas estadounidenses sobre Nagasaki e Hiroshima, en Japón.
Pero Washington está descubriendo algo que Israel sabía de antemano: entre los escombros aparecerán los vestigios de la cultura milenaria persa, y renacerá, quizá más feroz y desafiante que antes. Por eso existe una diferencia estratégica entre Israel y Estados Unidos en ésta guerra. Israel quiere desaparecer la cultura persa, junto con su religión, para siempre, mientras Washington quiere negociar con Teherán, pero en sus términos.
Cuando Israel bombardeó el importantísimo pozo petrolero iraní del South Pars, provocó una reacción iraní como respuesta: el bombardeo contra la planta de gas natural más grande del mundo, en Catar. Se dispararon los precios de energéticos como reacción a lo que fue visto por los mercados como la radicalización del conflicto.
Esa acción israelí iba directamente en contra de los intereses políticos que promueve Estados Unidos en la zona, queriendo apaciguar los temores mundiales sobre el peligro del desabasto mundial de energéticos. La obsesión estadounidense de demostrar que está “logrando al 100% sus objetivos” con el ataque a Irán y que la “excursión en Medio Oriente terminará pronto” está en franca contradicción con la realidad.
Para asegurar el tráfico por el Estrecho de Ormuz, Estados Unidos rogó a los países europeos que aportaran buques de guerra para lograr ese objetivo. Se negaron porque no están de acuerdo con las razones que ha dado Trump para emprender su “excursión” en la zona. Ahora Estados Unidos no puede salir del conflicto porque no ha logrado hacer que capitule el gobierno de Teherán, y tampoco puede asegurar el flujo de petróleo hacia los mercados mundiales porque no tiene control militar del Estrecho.
Por tanto, Washington está atrapado por su propia ambición: para poder decir creiblemente que ganó la guerra tiene que decapitar a Teherán y controlar el Estrecho de Ormuz. Para ello, ahora ve que tendrá que poner tropas en la zona del Estrecho, quizá conquistando la isla iraní de Kharg, lo que implica alargar durante años la presencia militar estadounidense en una zona de guerra.
Trump está atrapado en la guerra iraní donde, hasta el momento, los únicos ganadores son Israel y Rusia, por el encarecimiento de su petróleo.
Hablando de Rusia, su guerra en Ucrania, que Trump prometió resolver en 24 horas, ha cumplido cuatro años este 24 de febrero. No existen condiciones para solucionar diplomáticamente ese conflicto. Las oscilaciones de Trump, y las indecisiones de Obama cuando Putin arrebató Crimea, han sido esenciales no sólo para no permitir las condiciones necesarias para resolver el conflicto, sino más bien lo prolonga. Con el armamento adecuado, Ucrania podría haberse defendido de la agresión rusa adecuadamente.
La ambigüedad estadounidense siempre ha estado presente como factor en la confrontación entre hegemones.
¿Por qué teme Estados Unidos a Rusia? Por sus armas nucleares. No por su fuerza económica, que cada día de guerra disminuye, sino porque Putin ha dedicado enormes recursos a desarrollar su capacidad de ataque a Occidente, incluyendo el uso del Ártico como nueva puerta para acceder rápidamente a los países europeos y Estados Unidos, en el caso de un ataque sorpresivo con submarinos de última clase. Además, Rusia ha lanzado una guerra asimétrica contra Estados Unidos y Europa, en la forma de ataques cibernéticos, campañas apócrifas en redes y asesinatos dirigidos estratégicamente.
Enfrentando la guerra en Irán, Trump aprovechó el momento para eliminar las sanciones estadounidenses a las exportaciones petroleras de Rusia, permitiendo que se incrementara su exportación y, así, aprovechar los altos precios para continuar su guerra contra Ucrania.
Esa acción de Trump causó consternación en Ucrania y en los países europeos, que ven en la agresión rusa a Ucrania el prolegómeno a una agresión a la integridad territorial de la Unión Europea. Cuando Europa vio esa conducta de Trump ante Rusia, menos les iba a interesar apoyar la “excursión” estadounidense contra Irán.
Por lo pronto, la guerra en Ucrania continúa, a pesar de los intentos de Trump por lograr un cese al fuego, como mínimo. Su fracaso ha sido total. Mientras tanto, la guerra en Ucrania incide sobre la guerra en Irán. Los rusos ofrecen inteligencia a los iraníes de cómo localizar blancos estadounidenses e israelíes, y Ucrania ofrece asesoría a los países del Golfo Pérsico sobre cómo combatir y derribar los drones iraníes que atacan sus instalaciones petroleras.
Rusia intentó abastecer de petróleo a Cuba. El intento chocó contra la marina de Estados Unidos que obligó al barco Sea Horse a cambiar de rumbo y dirigirse a Trinidad y Tobago, en vez de a Cuba. Si bien hay esfuerzos humanitarios de apoyo a Cuba por parte de gobiernos, el mexicano entre ellos, y organizaciones ciudadanas, el tema crítico es el abasto de petróleo. En este mes de marzo se agotan las reservas petroleras en la isla, incluyendo el autoabasto que proporciona CUPET, la empresa petrolera cubana.
Hay una masiva crisis humanitaria desarrollándose en Cuba, de proporciones apocalípticas. Informes extraoficiales y oficiales señalan que existen conversaciones entre Washington y La Habana. Exactamente qué se está planteando en esos diálogos no está claro. Trump ha dicho que va a tomar la isla amistosamente. El liderazgo cubano se prepara para resistir tal eventualidad, a pesar de la crisis humanitaria que se cierra sobre Cuba.
Mientras los rumores dicen que Washington exige la renuncia del Presidente Díaz Canel, Cuba ofrece abrir la economía a inversiones de la diáspora cubana, asentada principalmente en Miami.
Y esa diáspora rechaza cualquier acuerdo que no incluya la democratización del sistema político de Cuba. Rechaza una solución tipo “Delcy Rodríguez” en Cuba donde los Castro sigan en el poder. La revista británica The Economist sugiere que Washington debería aceptar un acuerdo “sucio”: es decir, dejar a los Castro en el poder a cambio de la apertura económica, con el único propósito de evitar una catástrofe humanitaria. Es más o menos lo que Obama le ofreció a Raúl Castro hace exactamente 10 años, en el 2016, y que Fidel Castro rechazó indignado: “No necesitamos a nadie” dijo, ufano.
Pero el hecho real es que Cuba, y la revolución cubana, están muriendo. La opción más viable es que dejen que la revolución muera para permitirle a Cuba vivir. Y que sea decisión de los cubanos y no de Washington. Que hagan su “perestroika” y “glasnost” caribeña, pero que lo decidan ya, rechazando ese falso y ridículo orgullo de Silvio Rodríguez. Trump no tiene porqué avanzar su pretensión de colgarse la medalla de ser el “libertador de Cuba”, que es lo que pretende. En su caso, por razones estrictamente electorales.
Irán, Ucrania, Venezuela y Cuba son parte central de un proceso geopolítico mundial integral. Cada uno tiene sus especificidades. Pero vistos en conjunto son procesos donde uno se juega contra el otro y se reflejan como partes de un todo. El tiempo juega a favor de unos y en contra de otros.
Lo que es claro es que estos conflictos tienen historias de larga data y la solución a cada uno no será dentro de un espacio de tiempo corto. Las guerras de Ucrania e Irán prometen ser largas por su origen y carácter, mientras los conflictos en el hemisferio occidental tienen que ver primordialmente con un nuevo dibujo de fuerzas ideológicas y políticas desarrollándose en tiempo real.
Ucrania es un conflicto geopolítico entre las pretensiones imperiales de Rusia y las democracias europeas, apoyando a Ucrania. En Medio Oriente, la guerra es entre dos dioses. Es una situación que nunca se resolverá ecuménicamente. Y las Américas se debaten entre izquierdas y derechas. Entre lo liberal y lo iliberal. Entre institucionalidad democrática y populismos de derechas e izquierdas.
Trump, que se ha metido en todos los conflictos, posiblemente terminará con las manos vacías, cantando victorias que no son suyas y que no concluyen.
POR RICARDO PASCOE
COLABORADOR
ricardopascoe@hotmail.com

