Para EU, esta guerra podría convertirse en otra historia sin fin.

Existen por lo menos tres actitudes que anticipan que una decisión política conducirá a un desastre. El primer error es actuar con espontaneidad. El segundo es suponer que los problemas complejos son en realidad sencillos. El tercero  es confiar en quien no debes confiar. Estados Unidos, al atacar a Irán, cumplió esas tres condiciones. 

Ahora, las consecuencias adversas de ese conflicto precisan ser consideradas por quienes organizan la seguridad de los países de la región y de Europa, así como por quienes son responsables de la economía de gobiernos, negocios y familias en todas partes.

Ha sido común suponer que al iniciar esta guerra, de legalidad cuestionada,  falló la Inteligencia de EU. Es sólo parcialmente cierto. Los motivos expuestos por el exfuncionario Joe Kent, cuando renunció a la dirección del Centro Nacional Antiterrorista, muestran que el error de la comunidad de Inteligencia de ese país no fue sustantivo sino de gestión. La Inteligencia no tuvo la habilidad política para evitar que la dejaran fuera de la toma de decisiones.

 Los errores de EU eran ordinariamente previsibles. No se requería un análisis sofisticado para saber que la ejecución de la cúpula del Estado Iraní, por lo demás contra el derecho internacional, no significaría el fin del Régimen. O que países miembros de la OTAN no aceptarían sumarse a una operación contra Irán para liberar el Estrecho de Ormuz. Porque serían arrastrados a una guerra cuyo inicio no les fue ni siquiera consultado. 

Insinuar, como lo hizo EU,  que su adversario global, China, podría verse forzado a participar en esa misma aventura, apareció como una fantasía geopolítica.  

Ausente la Inteligencia de la mesa de deliberación en EU, quienes ahí quedaron se habrían preguntado: ¿porqué a nadie se le había ocurrido atacar a Irán? La respuesta está en el caos provocado en Medio Oriente. También en la inestabilidad de los mercados, hoy ansiando creer en lo que sea. Otra razón es la muy probable disminución de la confianza hacia EU por parte de sus aliados en la región, a los que no ha podido garantizar su seguridad frente a las represalias de Irán.

 EU, la potencia con la que México se encuentra articulado,  tomó una decisión sin soporte.  Carente de objetivos claros. O de evaluación previa de rumbo y efectos. Ese país aparece crecientemente como un factor de incertidumbre. Instrumenta acciones bajo el método de ensayo y error en escenarios tan delicados como la política comercial o la situación en Medio Oriente.

 Israel sí ha tenido un propósito al atacar a Irán: expandirse en la región. Alega un mandato religioso que nadie más comparte. Habría convencido a EU, su socio estratégico, de acompañarlo  asegurando que, una vez iniciada la agresión, la modernizante disidencia ciudadana en Irán se rebelaría contra su propio gobierno. La operación sería corta. Tanto que ni siquiera haría falta llamarla por su nombre: guerra. Tampoco eso ocurrió. Ni ocurrirá. Por lo menos no en este contexto: la población de un país atacado suele cohesionarse ante el elemento extraño.

En el conflicto de Medio Oriente, Estados Unidos fue llevado al baile por Israel. 

Para EU, esta guerra podría convertirse en otra historia sin fin. Como Vietnam a partir de 1955; Afganistán, iniciando en 2001;  Irak, desde 2003. De ser así, los efectos para la economía mundial se anticipan devastadores. Solo considerando las consecuencias para el abasto y precios de energía y fertilizantes (y por lo tanto alimentos). Por eso los colados a ese baile somos todos. Y eso que no queríamos ir.

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