enero 15, 2026
Si algo distingue a Cortázar es su dominio absoluto del cuento. Textos como “Casa tomada”, “Axolotl”, “La noche boca arriba” o “Bestiario” muestran su capacidad para fracturar la realidad con una naturalidad escalofriante.

Reportaje cultural para ArjeNoticias

Julio Cortázar no escribió para tranquilizar al lector, sino para despertarlo. Su obra —lúdica, inquietante, profundamente humana— rompió las fronteras del cuento y la novela en lengua española y colocó a la literatura latinoamericana en un territorio donde lo cotidiano y lo fantástico conviven sin pedir permiso.

A más de cuatro décadas de su muerte, Cortázar sigue siendo un autor incómodo, vigente y necesario, leído tanto en aulas universitarias como en habitaciones adolescentes donde alguien descubre, por primera vez, que un libro puede cambiar la forma de mirar el mundo.


Un argentino universal

Nacido en Bruselas en 1914, de padres argentinos, Cortázar creció entre Argentina y Europa, una condición que marcó su mirada desplazada, siempre un poco extranjera. Maestro normalista, traductor de la Unesco y lector voraz, encontró en París no solo un hogar definitivo, sino el espacio desde el cual escribió gran parte de su obra.

Ese exilio voluntario fue también una postura estética y ética: mirar América Latina desde lejos para entenderla mejor, sin idealizarla ni simplificarla.


El cuento como territorio de lo inquietante

Si algo distingue a Cortázar es su dominio absoluto del cuento. Textos como “Casa tomada”, “Axolotl”, “La noche boca arriba” o “Bestiario” muestran su capacidad para fracturar la realidad con una naturalidad escalofriante.

En sus relatos, lo extraño no irrumpe de golpe: se filtra lentamente, como una grieta en la rutina. El lector no se enfrenta a monstruos evidentes, sino a la sospecha de que la realidad no es tan sólida como parece.


Rayuela: una novela que cambió las reglas

Publicada en 1963, Rayuela no solo fue una novela: fue un desafío. Cortázar propuso una lectura no lineal, invitando al lector a elegir su propio recorrido. Con ello rompió la idea del lector pasivo y lo convirtió en cómplice del texto.

La historia de Horacio Oliveira y La Maga es, en el fondo, una búsqueda existencial: el amor, el lenguaje, el sentido de la vida y el fracaso como condición humana. Rayuela no ofrece respuestas, pero enseña a formular preguntas.


Compromiso político y ética del escritor

Aunque al inicio de su carrera evitó la militancia explícita, Cortázar asumió con el tiempo una postura política clara, solidaria con las luchas sociales en América Latina. Apoyó la Revolución Cubana en sus primeros años y denunció las dictaduras del Cono Sur.

Sin embargo, nunca sacrificó la complejidad literaria por el panfleto. Para Cortázar, el compromiso verdadero no estaba solo en el tema, sino en no traicionar la inteligencia del lector.


El juego como forma de resistencia

Cortázar creía en el juego como una forma seria de conocimiento. Su escritura está llena de humor, invención, rupturas del lenguaje y estructuras inesperadas. Jugar, para él, era resistir la rigidez, la censura, la costumbre.

Esa apuesta lo convirtió en un autor profundamente moderno, capaz de dialogar con nuevas generaciones que encuentran en sus textos una invitación a pensar distinto, vivir distinto, leer distinto.


Un legado que no se cierra

Julio Cortázar murió en París en 1984, pero su obra sigue abierta, como Rayuela: esperando lectores dispuestos a saltar, perderse y volver a empezar. Su literatura no envejece porque no busca certezas, sino movimiento.

En tiempos de velocidad y consumo inmediato, Cortázar sigue recordando que leer puede ser una aventura radical: un acto de libertad.

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