enero 15, 2026
El Golem de Meyrink leído como mito moderno: ciudad, repetición y conciencia en un relato donde el monstruo es mental.

Cuando El Golem apareció por entregas en 1913 y luego como novela en 1915, la literatura centroeuropea ya transitaba un territorio fracturado: el misticismo convivía con la modernidad industrial y con una angustia urbana en expansión. Gustav Meyrink aprovechó ese clima para retomar uno de los mitos más inquietantes del folclor judío —la criatura de arcilla animada por textos sagrados—, pero introdujo un giro decisivo: el monstruo no ocupa el centro del relato, sino que opera como una presencia latente que atraviesa la ciudad y, por extensión, la mente de sus habitantes.

No es Frankenstein: es un espejo borrado

A diferencia del laboratorio de Shelley, el Golem que habita la Praga de Meyrink carece de origen científico y de destino redentor. Apenas se lo ve, apenas actúa. Su existencia funciona más como huella psíquica que como criatura corpórea. Para Meyrink, el Golem pertenece sobre todo al ámbito del mito: ese territorio donde lo inexplicable deja de ser anécdota y se convierte en estructura mental.

Este desplazamiento es clave: el Golem deja de ser monstruo para convertirse en símbolo de identidad, memoria y repetición. Es el doble mudo de una comunidad marginada: el gueto judío de Praga.

Un gueto que palpita como texto

El gueto descrito por Meyrink no es un escenario sino un organismo. Sus calles no se recorren: se sueñan. La fragmentación arquitectónica —escaleras laberínticas, corredores húmedos, fachadas torcidas— funciona como metáfora de la descomposición social, pero también como imagen del sueño iniciático, ese tránsito hacia lo oculto que obsesionaba al autor.

El resultado es una ciudad que respira el mismo aire alquímico que el mito, donde lo espiritual no se opone a lo material, sino que lo revela.

Lo que el Golem activa: identidad, repetición, memoria

En la novela, el mito del Golem retorna cada treinta y tantos años. No se trata de una resurrección mística, sino de un bucle: algo que vuelve sin haber terminado de ocurrir. Ese detalle convierte al Golem en figura del eterno retorno, un arquetipo nietzscheano encarnado en el espacio urbano.

Desde esta perspectiva, el Golem es:

– la memoria colectiva del gueto,
– el trauma que insiste,
– una identidad que sólo puede narrarse mediante símbolos.

Meyrink y la iniciación esotérica

El interés de Meyrink por el ocultismo no fue decorativo. Participó en órdenes esotéricas, estudió cábala y filosofía oriental, y concibió la literatura como vehículo de transformación interior. En El Golem, esto se traduce en un mecanismo narrativo singular: la novela es menos relato que ritual.

El protagonista, Athanasius Pernath, no busca resolver un enigma sino reconstruirse. La figura del Golem actúa entonces como catalizador: no revela la verdad del mundo, sino la del sujeto. El mito se vuelve espejo de una conciencia en tránsito.

El miedo no proviene del monstruo, sino de lo incomprensible

El terror de El Golem no nace de un cuerpo de barro fuera de control, sino de aquello que escapa al entendimiento. En lugar del miedo gótico decimonónico, Meyrink propone un terror metafísico: el miedo a no saber quién se es, o en qué sueño se está atrapado.

Esta pregunta resulta más moderna que el mito mismo: anticipa la angustia de Kafka, el extrañamiento de Schulz y el desmantelamiento psíquico del expresionismo alemán.

Una lectura para el presente: el mito como dispositivo de identidad

Hoy, en medio de debates sobre identidad, comunidad y construcción simbólica, El Golem adquiere una nueva capa de sentido. El mito ya no habla de magia cabalística, sino de la forma en que los pueblos se narran a sí mismos. El Golem es una creación cultural destinada a proteger a una comunidad, pero también una advertencia: ¿qué ocurre cuando lo creado deja de obedecer?

Meyrink ofrece una respuesta inquietante: no puede controlarse porque no es una criatura física, sino un reflejo mental.

Conclusión: el Golem no muere, se conserva

Las figuras míticas perduran no porque se cuenten una vez, sino porque se reactivan. El Golem sobrevive porque funciona como:

– dispositivo narrativo,
– síntesis cultural,
– metáfora psicológica.

Y porque, más que interrogar al monstruo, interroga al creador. En ese punto, Meyrink es radical: el Golem es el otro que emerge cuando el yo se fragmenta. No se destruye: se contempla.

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