Cuando se rompe el sentido de pertenencia, se debilita el compromiso.

Hace unos días, en una reunión, surgió una pregunta incómoda pero necesaria: ¿por qué muchas veces los mexicanos parecemos apáticos frente a los problemas del país? ¿Por qué a veces nos resignamos? Alguien propuso una explicación que me dejó pensando: no es apatía… es una crisis de pertenencia. Muchos ya no sienten que pertenecen al país, ni que el país les pertenece.

Cuando se rompe el sentido de pertenencia, se debilita el compromiso. Si siento que el entorno no es mío, me repliego. Me concentro en mi familia, en lo inmediato, en salir adelante como pueda. Décadas de corrupción, desigualdad y polarización han erosionado la confianza. Y cuando la confianza se pierde, el ciudadano reduce su mundo a lo más cercano. No es indiferencia; es una forma de protección.

Pero ningún país puede construirse desde el aislamiento individual. Esta es nuestra casa. El entorno importa, y nuestro entorno se llama México. Un mejor México no es un discurso abstracto: es condición necesaria para que cada persona y cada familia puedan prosperar con seguridad, oportunidades y dignidad. Si lo común se debilita, tarde o temprano también se debilita lo propio.

Por eso el desafío hacia adelante es más profundo que solamente un cambio de gobierno. Es reconstruir el sentido de pertenencia. Volver a sentir que lo público también es nuestro. Participar más. Exigir mejor. Involucrarnos en nuestras comunidades. No normalizar lo incorrecto. México no va a mejorar cuando “alguien” lo arregle. Va a mejorar cuando decidamos asumir que sí pertenecemos… y que también nos pertenece.

Hoy la pregunta no es qué país tenemos.
La pregunta es: ¿qué país estamos dispuestos a construir?

Y esa decisión empieza con cada uno de nosotros.

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