“Lo que usted está defendiendo no es la soberanía nacional;
es la soberanía del crimen organizado.”
— Azucena Uresti, carta abierta a la presidenta de México
Mientras el narco ocupa pueblos enteros, las madres entierran a sus hijas, y las familias huyen de sus
hogares con los ojos secos de tanto llorar, la señora que despacha en Palacio Nacional juega a la soberanía
con el mismo fervor con el que los autócratas disfrazan el desastre.
Claudia Sheinbaum, heredera obediente de un poder fallido, ha decidido inventarse una guerra simbólica
contra Trump —una guerra con micrófono y bandera, pero sin balas ni resultados— para ocultar lo que ya
es inocultable: México está tomado por el crimen, y el Estado se rinde de rodillas mientras aplaude.
En ese contexto, aparece una mujer: Azucena Uresti. No una opositora profesional, no una activista de
ocasión, no una beneficiaria del sistema. Solo una periodista —con la pluma como arma— que le lanza
una carta directa, sin filtros, a la presidenta.
Una carta que no pide permiso ni ofrece maquillaje. Una carta que desnuda la hipocresía de quien prefiere
pelear con un extranjero para no enfrentarse al infierno que tiene en casa. Uresti no especula: acusa. No
implora: exige. Y al hacerlo, arriesga todo.
Porque ya sabemos cómo responde el régimen cuando alguien se atreve a decir la verdad: con
linchamientos mediáticos, carpetas fabricadas, espionaje y escarnio público. El caso Casar fue el ensayo
general. El ataque contra Asucena será el siguiente acto de esta tragicomedia autoritaria.
Mientras tanto, ¿dónde están los demás? ¿Dónde están los empresarios valientes, los jóvenes con causa,
los académicos sin bozal? ¿Dónde está la sociedad que dice amar a México pero calla frente a su ruina?
Asucena se expone. El resto corre a su madriguera.
Y así seguimos: una nación saqueada, una élite cobarde, una ciudadanía anestesiada y un gobierno que
confunde propaganda con patriotismo. Pero esta carta —valiente, descarnada, urgente— es un grito que
quiebra el silencio. Es el tipo de gesto que separa a los cómplices de los ciudadanos.
Hoy, México no necesita más discursos vacíos ni debates estériles. Necesita que más voces salgan del
agujero. Que el miedo cambie de bando. Que los Sheinbaum, los López y los Ramírez dejen de imponer la
narrativa, porque ya no controlan la realidad.
El tiempo de la prudencia ha terminado. Si una periodista se atreve a decirle en su cara a la presidenta que
protege al narco más que a su pueblo, ¿qué estás esperando tú para hablar? ¿Otra matanza? ¿Otro exilio
forzado? ¿Otra simulación de soberanía mientras el país arde? Levántate. Sal del agujero. Y no calles más.

