Pocas frases han capturado con tanta precisión el espíritu de la sátira moderna como aquella atribuida a Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan… tengo otros”. Más que un chiste, la sentencia es un dardo cultural que sigue atravesando la política, la moral pública y la hipocresía social casi un siglo después.
Groucho —Julius Henry Marx— fue el más punzante de los Hermanos Marx, un comediante que convirtió la irreverencia en método y la inteligencia en espectáculo. Su humor no buscaba consuelo: buscaba incomodar. Y esa frase, lanzada con bigote pintado y ceja levantada, resume su filosofía: desnudar la inconsistencia de quienes presumen principios… hasta que estorban.

Una burla a la moral flexible
La frase funciona como espejo incómodo. Se ríe de la moral utilitaria, de la ética que cambia según el auditorio o la conveniencia. En pocas palabras, Groucho expone la facilidad con la que algunos ajustan sus valores cuando hay poder, dinero o aceptación en juego.
No es casual que la cita resurja en épocas de crisis: elecciones, escándalos públicos, debates ideológicos. Cada vez que alguien traiciona lo que dijo defender, Groucho vuelve a tener razón.
Humor como arma cultural
El genio de Groucho no estaba solo en la ocurrencia, sino en cómo el humor se convertía en crítica social. En películas como Duck Soup o Animal Crackers, ridiculizó a políticos, militares, empresarios y élites culturales. Sus personajes decían disparates con tanta lucidez que el absurdo revelaba la verdad.
La frase no promueve el cinismo; lo denuncia. Al exagerarlo, lo deja en evidencia.
Una vigencia incómoda
Décadas después, la línea sigue viva porque el mundo que la necesita no ha cambiado tanto. La contradicción entre discurso y acción, entre valores proclamados y decisiones reales, continúa siendo un rasgo de la vida pública.
Groucho entendió algo esencial: cuando los principios se usan como accesorios, el humor se vuelve una forma de resistencia.
Legado
Más que comediante, Groucho Marx fue un filósofo del caos, un observador feroz de la condición humana. Su frase no invita a cambiar de principios, sino a preguntarnos si realmente los tenemos.
Reír con Groucho es fácil. Reírnos de lo que señala… no tanto. Y quizá por eso sigue siendo necesario.

