De qué sirve que exista una baja en la pobreza a través de una redistribución del ingreso, si esta no es el resultado de una mayor generación de valor por parte de su sistema productivo.

De qué sirve que exista una baja en la pobreza a través de una redistribución del ingreso, si esta no es el resultado de una mayor generación de valor por parte de su sistema productivo.

Ambos países no solo comparten el ser dos de las economías más grandes de América Latina; sino también el tener una fisonomía social marcada por la dualidad. En ambas naciones, la modernidad de muchas de sus ciudades convive con una realidad lacerante: el tener comunidades que han crecido al margen del desarrollo formal.

Mientras Brasil es reconocido por sus favelas, asentamientos urbanos de densa población y servicios precarios, México enfrenta el desafío de sus propios cinturones de miseria y zonas rurales olvidadas. Una similitud que no es meramente estadística; sino el reflejo de una deuda histórica que ambos países deberán saldar para alcanzar
su verdadero potencial.

La existencia de estas comunidades evidencia sin duda, una falla estructural en la distribución de la riqueza y un modelo de desarrollo social incompleto. En las favelas de Río de Janeiro por ejemplo o en las periferias de la Zona
Metropolitana del Valle de México, el talento y la voluntad de trabajo sobran, mientras que las oportunidades escasean.

Tristemente, vemos como esas zonas suelen estar estigmatizadas por la violencia, cuando en realidad, son el
hogar de la fuerza laboral que sostiene a las grandes ciudades.

Históricamente, ambos países han implementado programas sociales ambiciosos. Brasil, por un lado, ha implementado iniciativas como la de Bolsa Família, programa que ha logrado sacar a millones de la pobreza extrema y se ha convertido en un referente global de transferencias monetarias condicionadas.

México, por su parte, ha implementado programas de apoyos monetarios directos a diferentes sectores, incluyendo programas de pensiones y becas universales que ciertamente han dado resultados.


SITUACIÓN ACTUAL EN MÉXICO Y BRASIL


En el caso de Brasil, a pesar de haber logrado una reducción en el 2025 del 3.5% en la pobreza extrema a nivel país, el número de personas viviendo en “favelas” creció en más de un 40% en los últimos 12 años, alcanzando
los 16 millones de personas, distribuidas en más de 12,000 favelas.


En el caso de México, observamos que sus niveles de pobreza bajaron considerablemente entre 2018 y 2024, saliendo de la pobreza más de 13 millones de personas en ese periodo de tiempo.
Sin embargo, ambos países lograron obtener dichos resultados principalmente debido a razones similares: al aumento en las transferencias de programas sociales y al incremento del salario mínimo, dos acciones
que ofrecen un alivio inmediato, pero que son insuficientes por si solas para romper el ciclo intergeneracional de la pobreza.


¿QUÉ DEBE OCURRIR PARA QUE ESTAS COMUNIDADES SE CONVIERTAN EN VERDADEROS POLOS
DE CRECIMIENTO?


Fundamental será el pasar del asistencialismo a la inversión productiva y social. El verdadero crecimiento deberá gestarse cuando los gobiernos no solo entreguen un recurso económico, sino cuando garanticen el desarrollo de la población y el acceso a infraestructuras dignas: agua potable, conectividad, transporte eficiente y, sobre todo, educación de calidad.

La “favela” y el “cinturón de miseria” deberán dejar de ser vistos como problemas a resolver y ser tratados
como ecosistemas económicos que requieren formalización y apoyo al emprendimiento local.


Para que México y Brasil logren una reducción de la pobreza irreversible y sostenible, deberán limitar los apoyos asistencialistas y aumentos al salario mínimo y evolucionar a un modelo de empoderamiento estructural que incluya entre otros puntos los siguientes:

Para que México y Brasil logren una reducción de la pobreza irreversible y sostenible, deberán crear proyectos sólidos y bien planificados que permitan en un futuro cercano, limitar los apoyos asistencialistas y aumentos al
salario mínimo, como únicas formas de transferencia de ingresos a los sectores más pobres, evolucionando así hacia un modelo de empoderamiento estructural que incluya, entre otros aspectos:

Urbanismo Social y Conectividad – Inversión en transporte público de calidad, que conecte las periferias con los centros de trabajo. La “pobreza de tiempo” es casi tan destructiva como la económica.


Vinculación Productiva y Educación Técnica – Los programas de transferencias económicas deberán ser un medio y un puente hacia la productividad. Se deberán crear corredores industriales cerca de las zonas marginadas
y otorgar incentivos a las empresas para instalarse en ellos.


Fortalecimiento del Estado de Derecho – se deberá brindar seguridad y acabar con el control territorial de grupos delincuenciales, ya que no hay forma de que un programa social funcione, si el crimen organizado “drena” el
ingreso de las familias. La recuperación del espacio público es vital para este propósito.


Sostenibilidad Fiscal para la Inversión – Con el fin de financiar la transformación sin caer en crisis de deuda, ambos países deberán reformar sus sistemas recaudatorios. El crecimiento de la productividad debe ser
el objetivo final: gente más capacitada genera más valor, consume más y paga más impuestos, creando un círculo virtuoso que sustituye al subsidio permanente.


Expertos y organismos señalan que la reducción de la pobreza podría ser insostenible a largo plazo, si esta no se acompaña de un crecimiento económico real. De qué sirve que exista una baja en la pobreza a través de
una redistribución del ingreso, si esta no es el resultado de una mayor generación de valor por parte de su sistema productivo o debido a una integración de sus “favelas” o “cinturones de miseria” al desarrollo real del país.


¿Usted qué opina?
robgarza@att.net.

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