Por César Leal Angulo
Quien fue un excelente político mexicano del PAN, sinaloense, ya fallecido
Decidí publicar este relato en fin de semana, para vitalizar nuestro entorno y espíritu, espero cuando lo leas, al final te quedes con un buen sabor de boca.
Damos inicio al relato de Cesar Leal Angulo.
«Yo gocé el privilegio de encontrarlo en mi vía dolorosa…”
Esto del poeta yo lo canto a los jirones de vida que compartí con Maquío, aquel espécimen excepcional.
Y esta anécdota que ahora les cuento no pertenece a su intensa vida empresarial, ni a su tempestuosa irrupción política, se acomoda más bien, en esos aspectos del ser que hacen posible al otro, en esa verdad catedralicia de que lo que damos hacia fuera es una superabundancia de la vida para adentro.
En los años que yo enseñaba matemáticas en el Instituto Chapultepec, me daba tiempo para presidir una liguita de fútbol americano – del que siempre he sido forofo -, en la que participaban ocho equipos de chavos de doce a los quince años, de las diferentes escuelas de Culiacán.
Cada sábado por la tarde, tenía lugar un encuentro que atiborraba las graderías en ese entusiasmo tan propio que despierta este deporte.
Pero sucedió que un día, uno de los «coaches», Ingeniero de los Recursos Hidráulicos fue movido a otro lugar del país, y el equipo de los «Halcones Negros» se quedó sin entrenador, justamente cuando se publicaba el calendario de juegos de la temporada.
Ya sea por la zozobra de los muchachos o por la angustia de los papás me di a la tarea de buscar un sustituto del ingeniero Robles que resolviera tan infortunada eventualidad.
Y he aquí que fui a dar al «Paralelo 38», el rancho legumbrero de Maquío, allá por el rumbo de «Cinco Hermanos». Manuel había sido en su juventud estrella de los «Borregos de Tecnológico» en el rudo deporte de las tacleadas.
Conservo la idea nebulosa de que rehusó mi invitación porque creo que aguantaba tiempos malos en el azaroso juego de los tomates. Pero yo sabía cómo «mascaba la iguana», y me regresé tranquilo a la ciudad, ya por la noche.
Al día siguiente, por la tarde me di una vuelta por los campos de entrenamiento… y ahí estaba el gordo… con un jersey negro, una funda deportiva, unos tenis llenos de lodo, y un silbato que le pendía del cuello… me estaba esperando.
Entró en mi cubículo buscando instrucciones de procedimiento, y se fijó inmediatamente en una pequeña lista que casualmente estaba en mi escritorio, la tomó y me preguntó:
-¿Estos son mis jugadores?
-No -, le contesté – no Manuel; esta lista es confidencial, contiene los nombres de nueve jóvenes que no pueden jugar fútbol americano…
-¡Y porque no pueden jugar? – preguntó intrigado.
-Los han visto los doctores, y no han pasado el examen, encuentran en ellos -, le informé, – algún padecimiento o simplemente una deficiencia, el caso es que están «out».
Manuel se levantó, recogió la lista de sus jugadores oficiales que finalmente yo le entregaba, y me dijo, mientras salía con una mirada que se confundió con el reto:
-¡Mándame los inútiles, quiero que estén en mi equipo!
Y aquellos escuchimizados, miopes, o simplemente débiles, entraron a la «planta» de los Halcones Negros del Maquío Clouthier. Entre ellos estaba un adolescente cuya imagen sólo cabe en la evocación del amor o en la lógica del que cala muy hondo en el significado de la vida, Emilio, con el síndrome de Down.
Durante las siguientes semanas, decenas de aficionados se juntaban a ver «golpear» las diferentes escuadras, y en más de alguna ocasión pasaron un buen susto cuando les tocaba ver que el Maquío ordenaba a ocho de sus pupilos que le aguantaran al «domy» para enseñarles personalmente con una pequeña demostración, como se bloqueaban a larga distancia, y los ocho atrevidos salían volando por los aires. A Emilio, lo hacía participar en todos los ejercicios con el mismo entusiasmo que Don Shula lo hiciera con Don Mariano.
Jamás podré borrar de mi memoria, aquella tarde, ya en plena temporada, en la que los halcones iban perdiendo frente a las «Iguanas guindas» 14 a 12 en el tercer turno, en un juego crucial, y Maquío sacó del campo a su Quarter Back para darle una orden desconcertante.
-«Mira Jaime, le vas a dar la jugada a Emilio»-, ordenó.
El asustado mariscal de campo, todo sudoroso le replicó, en tono de súplica:
-¡No Ingeniero por favor, ahora no…!
Maquío lo empujó ligeramente hacia el campo, y volvió a ordenarle:
-Anda, hazlo…
En la jugada que siguió, ante un alarido desgarrador de la multitud, la bola le fue entregada a Emilio, que corrió lentamente, -con ese paso torpe de su condición– pero que daba la impresión que su carrera cambiaba el mundo, en un «in tacle» difícil y masivo, todos sus compañeros como que entendieron lo irrepetible de aquel momento, hicieron exactamente cada uno, lo que el pizarrón ordenaba, y ante unos defensas sorprendidos, Emilio corrió y corrió… y corrió hasta el Touch down. Cuando por la noche me reuní con él a comentar los incidentes del juego, le inquirí:
-Te arriesgaste mucho, Manuel!
-No, César, no me arriesgué, hubiéramos arriesgado más si no hubiera sido así, yo simplemente creo que este es un juego, en el que venimos a formar, a educar, y ese chamaco ha estado toda la temporada en la banca, y ni a un muchacho de su condición le debemos dejar la idea en la vida de que la banca es un lugar para estar toda la vida.
Han pasado muchos años, aquellos Halcones Negros ya son mayores, Emilio se casó y tuvo hijos, Maquío quedó en el kilómetro 74 de la carretera de Culiacán a Mazatlán, los mexicanos siguen buscando a su coach que no los deje en la banca.
Gracias Salvador Reding por compartir esta historia contada por Cesar Leal, acerca de una vivencia con Manuel «Maquio» Clouthier

