Será tan sorpresivo como la repentina aparición de un gato. Debe ocurrir en un vacío y un silencio tales que el zumbido de los motores, de tan remoto, se confunda con los recuerdos. La ausencia sonora tolerará casi con enojo el ruido insignificante de tus suelas de hule. Entonces, si tus latidos no se desbocan debido a un sobresalto; si tus pensamientos permanecen tan claros como la noche, tendrás que verlos. Será muy difícil que no ocurra. Quizá al principio sin contornos, sólo como hierba que se mueve sin viento o columpios con iniciativa propia, pero de un momento a otro como niños blancos, niños que cruzan las paredes y se pierden entre los árboles. Niños que despiertan a los perros, juegan en los parques y entran a las tiendas de conveniencia, pero ya no salen. Niños que gustan del cálido hospedaje de los baldíos, donde nadie encenderá incienso para que se vayan. Niños fríos, que ríen sin ruido y lloran sin agua. Niños que pertenecen al vientre más íntimo de la noche, la guardería negra, donde se refugian las almas que nadie reclama.


