noviembre 30, 2025

Benjamín
Chacón
Castillo (Editorialista invitado)

En toda sociedad que aspira a crecer y vivir en paz, el respeto a la ley es el punto de partida. Ninguna nación se construye sobre la improvisación, la arbitrariedad o el abuso. Las leyes son los cimientos invisibles que sostienen la libertad, la economía y la convivencia. Cuando se cumplen, generan confianza; cuando se ignoran, abren la puerta al caos y a la desconfianza que destruye cualquier intento de prosperidad.

México ha tenido momentos de grandeza y de crisis, sin duda, y en todos ellos la diferencia la marcó el cumplimiento o la violación de la ley. Donde las normas se aplican de manera justa y pareja, florece la inversión, crece el empleo y se multiplica la innovación. Pero donde la ley se convierte en un instrumento de unos cuantos o en un mero adorno, se marchita el esfuerzo honesto y se castiga al que trabaja con rectitud.

El Estado de Derecho no es una abstracción jurídica: es la base del desarrollo económico. El empresario invierte cuando confía en que su con- trato será respetado; el ciudadano paga impues- tos cuando sabe que el dinero público se usa con transparencia; y la sociedad progresa cuando las reglas son claras y se aplican a todos por igual. Sin ley, no hay orden; sin orden, no hay justicia; y sin justicia, no puede haber prosperidad duradera.

Cumplir la ley no debería verse como una carga, sino como un acto de responsabilidad cívica. Es la manera más sencilla —y a la vez más profunda— de contribuir al bien común. Un país donde la norma se respeta es un país donde florecen la confianza, la inversión y la cooperación entre las y los ciudadanos.

La historia enseña que las naciones que han al- canzado un desarrollo sostenido lo hicieron cuan- do entendieron que la ley protege más que casti- ga; que garantiza la libertad más que restringirla; y que el cumplimiento voluntario de las normas es signo de madurez social, no de sumisión.

El reto para México no es solo tener buenas leyes, sino vivir conforme a ellas. No basta reformar códigos o promulgar decretos; se requiere una cul- tura del respeto a la ley que empiece en la famiia, se refuerce en la escuela y la sociedad, y se practique – sin excepciones – en la vida pública y privada. Solo así podremos aspirar a un futuro donde a justicia no sea promesa, sino realidad cotidiana.

Porque, al final, no hay economía sana en un país donde la ley es solamente un adorno.

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