El retorno de las ideologías revive la lucha entre buenos y malos, dependiendo quien lo exprese los de enfrente son malos y nosotros los buenos, ambos lados tienen la razón.


En 1926 inició la confrontación abierta y armada entre el gobierno federal y la iglesia, una lucha entre hermanos nace por la intolerancia ideológica en ambos lados de la moneda. La experiencia debe servir de enseñanza a los políticos modernos.
El retorno de las ideologías revive la lucha entre buenos y malos, dependiendo quien lo exprese los de enfrente son malos y nosotros los buenos, ambos lados tienen la razón.
La democracia surge gracias a los consensos construidos en la tolerancia, en el respeto al reconocer las diferencias irreconciliables, pero aceptando esas diferencias y a los diferentes.
En los recientes siete años hemos vivido la intolerancia ideológica desde las esferas del poder, se estigmatiza, ofende y vulnera a quien piensa distinto por el sólo acto de no coincidir, es la dictadura del pensamiento, la imposición de verdades y el desprecio por las ideas diferentes.
El partido hegemónico en el poder ofende a los aliados por diferir en algunos aspectos de su visión democrática, todo lo que han apoyado el Verde y PT no sirve de nada, son despreciables porque hoy no hacen lo que el poder considera apropiado, esto es la dictadura del pensamiento, creer en la unicidad como forma de convivencia.
Cien años antes de la guerra cristera inició la disputa por el poder político entre la iglesia que se apoyaba en la monarquía española y la naciente clase política creyente del republicanismo, la democracia, las libertades y la justicia igualitaria.
Las diferencias ideológicas llevaron a formar bandos, la cúpula de la iglesia forzando a sus fieles a aceptar la monarquía como única forma de gobierno, las logias masónicas pujando por la apertura republicana y en algunos casos, por la democracia y el federalismo.
El siglo XIX vivió las confrontaciones entre las cúpulas de la iglesia quien se negaba a soltar el poder político-económico y los masones creyentes de un sistema basado en libertad, igualdad y justicia. Ninguna de las partes tuvo la nobleza de conceder y acercarse a un centro donde cohabitar, para ambos, iglesia y masonería, era su forma de pensar al gobierno mexicano o nada.
Para el pueblo eran iguales ambos extremos, finalmente, luego de la Constitución de 1857, en las reformas juaristas se resta poder político y económico a la iglesia, se constituye el gobierno laico, aclaro, gobierno, no Estado. El Estado se conforma por todas las instituciones, incluyendo las religiosas.
Con Porfirio Díaz la iglesia recobró algo de poder político lo cual ayudó a transitar en paz y orden, esto mismo desató la pugna que incita al magonismo y a la revolución política maderista.
Los radicales ganaron en la Constitución de 1917 y el jacobino grupo Sonora se impuso en el poder a partir de 1920, con ellos se endureció el radicalismo anticlerical. Los masones anti catolicismo se hicieron del poder, la iglesia por su parte incitaba a sus feligreses.
El desenlace fue la guerra fratricida de tres años: 1926 a 1929, su final se enmarca en la conciliación, en la construcción de consensos entre el presidente y la cúpula católica, si así hubieran empezado se habrían evitado 250,000 muertes.
A cien años el radicalismo aflora, ni son traidores a Morena los aliados que difieren en ciertos puntos; ni son desleales los opositores que no se someten a Alito, también Moreno.
Imponer una verdad en política siempre termina en confrontación, ojalá lo entiendan quienes lideran sus particulares formas de concebir la política. Los ataques a los diferentes destruyen, lo mismo frente a las ideologías religiosas como a las políticas o hasta en el fútbol.

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