En el DistritoTec el calor se siente distinto.

En el DistritoTec el calor se siente distinto. Huele a café de especialidad de setenta pesos y a ambición académica subsidiada. Caminar por la colonia Roma, esa que ya no sabe si es barrio bravo o extensión del campus.
Enfrentarse a la arquitectura del privilegio. Pero hoy, en el Parque de la Roma, el espectáculo no son los edificios inteligentes, sino la involución voluntaria.
Ahí están. Los he visto en los titulares de los medios y en los muros de Facebook que chorrean extrañeza. Los therians.
Jóvenes que, cansados de la insoportable levedad de ser humanos en una ciudad que te exige un SUV para ser alguien, han decidido que su «verdadero yo» tiene cuatro patas, una cola de peluche y un instinto que solo se manifiesta después de ver tres tutoriales en TikTok.
En el parque, entre las señoras que caminan con prisa para quemar el carbohidrato del almuerzo y los paseadores de perros reales —de esos que sí muerden y huelen a perro—, el grupo se congrega.
Estampa de ironía pura: chicos con máscaras de lobo hechas de cartón piedra y orejas de gato sintético, trotando con una agilidad que ya quisiera cualquier oficinista de la zona. Se llaman a sí mismos animales, pero usan iPhones de última generación para grabar sus saltos «salvajes» sobre las bancas pintadas de azul institucional.
«Es una conexión espiritual», dice uno mientras se ajusta la cola de zorro que cuelga de sus jeans de marca.
En Monterrey, hasta el chamanismo tiene que verse bien en Instagram. El cinismo se me sube a la garganta. Aquí, donde la identidad se construye a base de logotipos y apellidos, estos cachorros de la posmodernidad buscan refugio en la zoología fantástica. Es el triunfo del simulacro: ya no basta con parecer, hay que ser otra especie.
La escena en el Parque de la Roma es un microuniverso de la desconexión.
Mientras a unas cuadras los ingenieros del futuro diseñan algoritmos que nos dejarán sin empleo, estos ejemplares del homo digitalis ensayan aullidos que no asustan ni a las palomas de la plaza.
Hay algo profundamente triste y a la vez cómico en ver a un «lobo» esperar a que el semáforo de la Avenida del Estado cambie a verde para cruzar con elegancia canina hacia la tienda de conveniencia.
Es el Monterrey de hoy. Una ciudad que ya no solo huele a carne asada y esmog, sino a la ansiedad de una generación que prefiere ser una bestia en un parque residencial que un ciudadano en una urbe colapsada.
Al final del día, los therians se quitan las orejas, guardan las colas en sus mochilas y regresan a sus casas climatizadas.
La selva de concreto sigue ahí, y ellos, a pesar de sus saltos y gruñidos, siguen siendo tan humanos, tan regios y tan vulnerables como el resto de nosotros, esperando el próximo domingo de barbacoa para olvidar que alguna vez quisieron ser lobos.

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