Para Sheinbaum Halagos públicos, palabras amables, reconocimiento explícito.

Resulta, por decir lo menos, extraño el tono casi meloso con el que Donald Trump describió su reciente llamada con Claudia Sheinbaum. Halagos públicos, palabras amables, reconocimiento explícito. Todo ello contrasta de manera abrupta con el mensaje lanzado horas después, ya entrada la noche, donde Trump retoma su registro habitual: amenazas de aranceles para los países que “apoyen a Cuba”, un mensaje que, aunque no se nombra directamente, alcanza inevitablemente a Canadá y a México.

Esta oscilación no es casual. Es, en esencia, micropolítica pura.

Mi lectura es que Trump atraviesa uno de los momentos más delicados de su actual administración, particularmente por la crisis de Minneapolis, que amenaza con escalar política, social y simbólicamente. En ese contexto, el presidente parece operar bajo una lógica de contención estratégica: evitar abrir nuevos frentes mientras el frente interno arde. El “nice move” con Sheinbaum no obedece a una convicción diplomática sólida, sino a una necesidad táctica.

Los elogios, en este caso, no son auténticos ni consistentes. Son instrumentales. Funcionan como una pausa, como una anestesia temporal en la relación bilateral, mientras se reorganiza el tablero mayor. La amenaza posterior —selectiva, ideológica y dirigida a terceros— permite a Trump hablarle a su base dura sin romper del todo el frágil equilibrio construido durante el día.

Dicho de otro modo:
el elogio fue para ganar tiempo;
la amenaza, para no perder identidad.

Esta doble narrativa revela a un Trump preocupado, no confiado; reactivo, no estratégico; y cada vez más atrapado en la necesidad de enviar mensajes simultáneos a audiencias incompatibles. La diplomacia, en este escenario, deja de ser política exterior y se convierte en gestión de crisis interna. (Está posponiendo un ataque a Irán por las mismas razones, que le vendrá como anillo al dedo para dejar los reflectores de Mineapolis que son tan punzantes).

Habrá que observar si este tono meloso se sostiene. La experiencia indica que no. En Trump, cuando el elogio no nace de la fuerza, suele ser apenas el preludio del siguiente golpe.

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