Mayo de 1681.
Antes de gobernar el Nuevo Reino de León,
un veterano de guerra se detuvo en Saltillo.
La gente principal acudió a saludarlo.
Entre ellos, el teniente de gobernador.
Pero hubo un gesto que no ocurrió.
Nadie alzó la voz.
Nadie desenvainó aún.
A veces el honor no se rompe con golpes,
sino con silencios.
Crónica prohibida del norte novohispano.
Desliza.
Esta historia no termina aquí.

