El 27 de enero nació uno de los autores más inclasificables del siglo XIX: Lewis Carroll (1832–1898), matemático y narrador inglés, célebre por Alicia en el país de las maravillas y por una obra que hizo del juego verbal un método para pensar el mundo.
Carroll expandió la infancia más allá de la literatura infantil. Su lenguaje puso en jaque la lógica victoriana y abrió una puerta improbable hacia lo que después se llamaría vanguardia.
Más que Alicia
Aunque su figura quedó asociada a la niñez, Carroll operó en un registro mucho más complejo. Alicia en el país de las maravillas (1865) y A través del espejo (1871) funcionan como máquinas literarias que derriban las reglas de identidad, sentido y realidad.
Reinas que dictan sentencias antes del juicio, animales que discuten filosofía y mundos que se atraviesan como espejos: Carroll inventó un género donde el disparate no es evasión sino pensamiento.
La poesía del nonsense
Menos recordado es el Carroll poeta. Textos como Jabberwocky llevan el lenguaje al borde de su ruptura: palabras inventadas, estructuras reconocibles y significados en fuga. El lector no entiende pero escucha; no interpreta pero siente ritmo. Es la abolición del significado sin renunciar a la belleza formal.
Con esta apuesta se adelantó al surrealismo, al dadaísmo y al humor absurdo del siglo XX. Autores como Borges, Breton y Beckett encontrarían en Carroll un antecedente involuntario.
El científico que jugaba
Matemático de formación y profesor de lógica, Carroll cultivó un doble perfil: rigor racional y fantasía radical. Sus manuales de razonamiento y criptografía, poco conocidos fuera del ámbito académico, muestran el origen silencioso de sus paradojas literarias.
En esa intersección Carroll anticipó algo más contemporáneo: la idea de que el lenguaje es un sistema que se puede hackear.
Cartografías del presente
La obra de Carroll se conserva en el imaginario pop. Adaptaciones, ilustraciones, videojuegos, moda y discursos digitales reciclan su universo simbólico: relojes que corren hacia ninguna parte, gatos que desaparecen, reinas histéricas y niños que piensan mejor que los adultos.
El nonsense —el sinsentido— es hoy un idioma cotidiano de internet, de la ironía y del meme. Carroll fue un precursor sin quererlo.
Un legado que no termina
Carroll cambió el estatuto de la literatura para niños, tensó los límites del lenguaje y dejó una lección todavía vigente: imaginar no es escapar, es desmontar el mundo para observar cómo está armado.
Su poesía lúdica no pretende ordenar la existencia; solo iluminarla desde un costado donde la lógica pierde solemnidad.

