"La verdadera fortaleza no es negar el dolor, sino transformarlo en conciencia. Explora cómo sanar el trauma sin convertirlo en identidad, y cómo responder al presente con claridad, no desde la herida."

Por Edith Ancona

Hay que entender esto: No todo el que te rodea es responsable de lo que te rompió.
No toda conversación es un juicio.
No todo silencio es rechazo.
El trauma, cuando no se trabaja, se vuelve una lente.
Y a través de esa lente todo se deforma: las intenciones ajenas, las palabras neutras, incluso los gestos amables.
Empiezas a reaccionar no al presente, sino a un pasado que sigue pidiendo atención.
El trauma no es solo lo que ocurrió.
Es la interpretación que quedó viviendo dentro de tí.
Cuando lo cargas a todas partes, exiges que el mundo se adapte a tu herida. Esperas comprensión antes de ofrecer presencia.
Pides cuidado, pero respondes con defensa.
Y sin darte cuenta, repites el mismo patrón que te lastimó: vivir en guerra, aun cuando ya no hay batalla.
El ser fuerte no niega el dolor. Lo honra.
Pero no lo convierte en identidad.
Marco Aurelio escribió:
“Hoy escapé de la angustia… o mejor dicho, la rechacé, porque estaba dentro de mí, en mis juicios.”
Sanar no es olvidar.
Sanar es aprender a no reaccionar desde la herida.
No todo desacuerdo es abandono.
No toda crítica es humillación.
No toda distancia es traición.
El trabajo interno comienza cuando te preguntas:
¿Estoy respondiendo a esta persona… o a alguien del pasado?
Mientras no distingas eso, seguirás castigando al presente por pecados que no cometió.
No lleves tu trauma a todas partes.
Llévalo al lugar correcto: a la reflexión, a la disciplina interior al silencio honesto contigo o con un profesional de la salud mental.
Porque el mundo no necesita más personas heridas reaccionando.
Necesita personas conscientes que, habiendo sufrido, eligieron no convertir su dolor en arma.
Y eso es la verdadera fortaleza.

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