Sartré sostuvo una idea tan simple como perturbadora: el ser humano no nace con una esencia definida. Primero existe y después se construye a través de sus decisiones.

La filosofía que obligó al ser humano a hacerse responsable de su libertad

Durante el siglo XX, pocas corrientes de pensamiento lograron trascender los libros de filosofía para instalarse en la vida cotidiana como lo hizo el existencialismo. En el centro de esa revolución intelectual se encuentra Jean-Paul Sartre, el pensador francés que convirtió la libertad humana en un problema urgente y político, y que obligó a toda una generación a mirarse sin excusas.

Sartre no propuso una filosofía para consolar, sino para incomodar. En un mundo sacudido por guerras mundiales, totalitarismos y crisis morales, sostuvo una idea tan simple como perturbadora: el ser humano no nace con una esencia definida. Primero existe y después se construye a través de sus decisiones.


El origen de una filosofía sin garantías

Jean-Paul Sartre nació en París en 1905 y se formó en una Europa donde las certezas tradicionales —Dios, el progreso, la razón absoluta— comenzaban a resquebrajarse. La experiencia de la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi de Francia marcaron profundamente su pensamiento.

En ese contexto, Sartre formuló el núcleo del existencialismo: “la existencia precede a la esencia”. Esto significa que no hay una naturaleza humana predeterminada ni un destino escrito. Cada individuo es responsable de lo que hace con su vida, sin poder refugiarse en mandatos externos.


Libertad como condena

Lejos de ser una filosofía optimista, el existencialismo sartreano plantea que la libertad es una carga. Elegir implica asumir consecuencias y aceptar la angustia que surge cuando no hay certezas que garanticen que se ha elegido bien.

Para Sartre, incluso no decidir es una forma de decisión. Por eso rechazó la idea de la neutralidad moral: el silencio, la pasividad o la indiferencia también son elecciones con impacto social.


Literatura y teatro: el existencialismo en acción

Sartre no limitó su pensamiento a ensayos filosóficos. Utilizó la literatura y el teatro como vehículos para mostrar la experiencia concreta de la libertad.
En La náusea, el protagonista descubre el absurdo del mundo cuando las cosas pierden el sentido que les atribuimos. En A puerta cerrada, la célebre frase “el infierno son los otros” revela cómo nuestras decisiones y miradas construyen —y condenan— la existencia ajena.

Estas obras acercaron el existencialismo al público general, convirtiéndolo en una corriente cultural que influyó en el cine, la literatura y el debate político.


El intelectual comprometido

Sartre defendió con firmeza la figura del intelectual comprometido. Creía que quien tiene voz pública está obligado a usarla frente a las injusticias de su tiempo. Participó activamente en debates políticos, apoyó movimientos de liberación y criticó tanto al capitalismo como a los autoritarismos, aun a costa de severas polémicas.

Su compromiso lo llevó a tomar decisiones simbólicas, como rechazar el Premio Nobel de Literatura en 1964, argumentando que no quería ser convertido en una institución ni en un objeto cultural neutralizado.


Existencialismo y responsabilidad colectiva

Aunque el existencialismo suele interpretarse como una filosofía individualista, Sartre insistió en su dimensión ética y social. Cada elección personal —sostenía— propone un modelo de humanidad. Al elegir, el individuo no solo se define a sí mismo, sino que afirma lo que considera válido para los demás.

De ahí que la libertad, en Sartre, esté inseparablemente ligada a la responsabilidad.


Sartre en el siglo XXI

En una época marcada por discursos prefabricados, algoritmos y responsabilidades diluidas, el existencialismo sigue siendo incómodo. Sartre interpela a una sociedad que busca explicaciones externas para sus decisiones y recuerda que no hay sistema, ideología ni tecnología que nos exima de elegir.

Su pensamiento sigue vigente porque no ofrece respuestas fáciles, sino una exigencia permanente: hacerse cargo de la propia libertad.


Un legado que no se domestica

Jean-Paul Sartre murió en 1980, pero su influencia permanece. No como doctrina cerrada, sino como una pregunta abierta: ¿qué hacemos con nuestra libertad en un mundo sin garantías?

Mientras esa pregunta siga incomodando, el existencialismo seguirá vivo.

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