“La lucha por la liberación no se hace desde la neutralidad ideológica.
Somos parte de un proyecto continental de transformación.”
– Foro de São Paulo, Declaración final, 2019
Este es un ensayo de denuncia que documenta una contradicción específica: López Obrador, Sheinbaum
y su Cuarta Transformación invocan una soberanía nacionalista mientras operan, en los hechos, como un
nodo de una red ideológica transnacional.
No pretende ser neutral, exhaustivo ni “equilibrado”, ni busca persuadir a simpatizantes del régimen.
Tampoco es un ensayo político-académico.
Su propósito es articular la crítica, documentar la hipocresía y ofrecer un argumentario claro para exhibir
la fragilidad de la épica que Sheinbaum está construyendo contra el “imperialismo yanqui” como coartada
para no enfrentar el problema de fondo —combatir a las organizaciones criminales que asolan a México—
mientras su proyecto se alinea —y se subordina— a los marcos doctrinarios del populismo
latinoamericano.
LA SOBERANÍA COMO COARTADA COLONIAL
América Latina lleva dos siglos proclamando soberanía mientras permite —una y otra vez— que la
gobiernen otros. No con tropas, sino con ideología importada. No con invasiones, sino con asesoría. El
nuevo colonialismo no se impone desde arriba, se infiltra desde la izquierda.
Ya no se necesitan embajadores con intereses comerciales, basta con intelectuales expatriados, exiliados
reciclados, militantes profesionales del internacionalismo disfrazado de justicia social. En este teatro
invertido, el discurso nacionalista no defiende a la nación: la encubre. La bandera no protege, oculta.
México no es la excepción, es el modelo. La Cuarta Transformación ha sido el caso más cabal y cínico de
esta fórmula: gritar soberanía mientras se entrega el diseño del país a operadores del Foro de São Paulo,
ideólogos de Podemos, veteranos del exilio español y propagandistas del bolivarianismo trasnochado.
El poder ya no se ejerce desde Palacio Nacional: se administra desde una constelación de intereses
dispersos entre Madrid, Quito, Caracas y, en algún punto, un set en Moscú. México aparece como
escenografía y no como centro de gravedad. El mando real no se declara; se filtra. No se firma; se ejecuta.
La 4T no es un proyecto nacional en sentido estricto: es un nodo operativo dentro de una red ideológica
que reemplazó el interés nacional por una lealtad supranacional. Lo que se presenta como
“transformación” funciona, en la práctica, como alineamiento. Y cuando el criterio deja de ser México —
su soberanía, su prosperidad, su seguridad— y pasa a ser la cohesión de una causa transnacional, el Estado
se vuelve herramienta, no árbitro.
2.
Lo que sigue es una crónica con nombres propios, vínculos operativos y efectos verificables. No pretende
ofrecer el mapa completo: es apenas una fracción del expediente de una ocupación consentida, ejecutada
sin tanques ni banderas, pero con disciplina doctrinal, alineamientos estratégicos y costos perfectamente
medibles.
DEL FORO DE SAO PAULO AL GRUPO DE PUEBLA
A pesar de que la Cuarta Transformación (4T) enarbola la soberanía nacional como un dogma innegociable
frente a cualquier injerencia, su estructura operativa e ideológica desde 2018 a la fecha está
profundamente permeada por una red de influencia extranjera.
Esta paradoja entre el nacionalismo retórico y la realidad política se evidencia en que el cerebro estratégico
del movimiento, desde el sexenio de Andrés Manuel López Obrador hasta la presidencia de Claudia
Sheinbaum —cuya propia ascendencia es judía de Lituania y Bulgaria—, depende de figuras nacidas fuera
de México o vinculadas a nodos de poder transnacional como el Foro de São Paulo y el Grupo de Puebla.
En el corazón del Estado, funcionarios con raíces europeas directas gestionan sectores
estratégicos: Marcelo Ebrard (Francia) en Economía, Julio Berdegué Sacristán (España) en Agricultura,
y Rosaura Ruiz Gutiérrez (hija de exiliados españoles) en la Secretaría de Ciencias.
A ellos se suman Luciano Concheiro y Jorge Alcocer, herederos del exilio republicano español, y la
senadora Susana Harp, de ascendencia libanesa. Incluso la legitimidad de la «primera dama»
histórica, Beatriz Gutiérrez Müller, se vincula a su ascendencia chilena-alemana.
LA NARRATIVA CON SABOR DE POPULISMO DE IZQUIERDA
La construcción de la narrativa oficial es liderada por extranjeros naturalizados que han moldeado la
cultura y la ética del partido. Paco Ignacio Taibo II (España), director del FCE, es el máximo promotor
cultural del régimen; el académico John Ackerman (EE. UU.) actúa como puente con la intelectualidad
global; y el dominicano Héctor Díaz-Polanco fue el arquitecto de los estatutos éticos de Morena.
El andamiaje filosófico fue diseñado por el argentino Enrique Dussel, mientras que la propaganda
mediática es impulsada por voces como Abraham Mendieta (España), Pedro Miguel (Guatemala), Kurt
Hackbarth (EE. UU.) e Inna Afinogenova (Rusia).
La estrategia política de Sheinbaum ha sido teledirigida por el consultor catalán Antoni Gutiérrez-Rubí,
mientras que la formación de cuadros recae en los fundadores de Podemos, Juan Carlos Monedero y Pablo
Iglesias, quienes junto a la politóloga Arantxa Tirado (España) e intelectuales como Guillaume
Long (Ecuador), exportan a México las tácticas de combate al lawfare y la retórica de la «Patria Grande»
del Grupo de Puebla.
Finalmente, el ala más radical vincula a la 4T con movimientos de la izquierda independentista y
revolucionaria. El nexo con el vasco Arnaldo Otegi y su partido EH Bildu se ha institucionalizado como un
intercambio de estrategias de «construcción nacional».
3.
En la operatividad de base, Katu Arkonada (País Vasco), señalado por sus vínculos pasados con el entorno
de ETA y su rol activo en el Foro de São Paulo, articula a Morena con los regímenes del bloque bolivariano.
Así, mientras el discurso oficial denuncia la injerencia extranjera, el motor interno de la 4T es una
maquinaria internacionalista que dicta la agenda nacional desde una óptica globalista de izquierda.
El coctel de “soberanía en mole poblano” culmina en el manoseo sistemático y la demolición deliberada
de las leyes fundamentales de México, orquestadas por un puñado de operadores extranjeros que, desde
la sombra de López Obrador y su Cuarta Transformación, dictan la agenda nacional.
El resultado: una serie de imposiciones ideológicas disfrazadas de reformas patrióticas. No fue una
transformación: fue una ocupación simbólica disfrazada de redención popular.
LA REFORMA JUDICIAL COMO «ESTRATEGIA CONTRA EL LAWFARE»
Bajo la asesoría de Arantxa Tirado, Juan Carlos Monedero y Pablo Iglesias, el gobierno mexicano adoptó la
narrativa de que el Poder Judicial era el último bastión de la «derecha oligárquica». La reforma para elegir
jueces, magistrados y ministros por voto popular (consolidada entre 2024 y 2025) replica las tesis de estos
intelectuales sobre la «democratización de la justicia» para evitar el lawfare (guerra jurídica) que afectó a
líderes como Cristina Kirchner o Evo Morales. El Grupo de Puebla ha utilizado a México como el
«laboratorio modelo» para exportar este esquema al resto de Latinoamérica en 2026.
SOBERANÍA ENERGÉTICA Y RECURSOS ESTRATÉGICOS
El diseño de las reformas al Artículo 27 y 28 constitucional, que reintegraron el control total de la energía
a CFE y PEMEX, fue supervisado ideológicamente por Héctor Díaz-Polanco y Guillaume Long. En este caso,
se aplicó el concepto de «Soberanía de Recursos» del Foro de São Paulo, que busca que el Estado sea el
único rector para financiar programas sociales sin depender de capitales trasnacionales occidentales,
favoreciendo en cambio acuerdos con el bloque BRICS.
LA «NUEVA ESCUELA MEXICANA» Y LA DESCOLONIZACIÓN
La reforma educativa, impulsada por Luciano Concheiro y basada en la filosofía del argentino Enrique
Dussel, se elevó a rango constitucional para eliminar el enfoque neoliberal. Se introdujeron conceptos de
«epistemologías del sur» y «comunidad sobre individuo», ejes centrales de los manifiestos pedagógicos de
la izquierda iberoamericana que buscan formar cuadros ideológicos desde la educación básica.
RECONOCIMIENTO DE LOS «DERECHOS DE LA MADRE TIERRA»
En 2026, influenciada por la agenda de Evo Morales y coordinada por Antoni Gutiérrez-Rubí para la
imagen presidencial, se ha impulsado una reforma que otorga personalidad jurídica a la naturaleza. Esto
permite al Estado frenar concesiones privadas (mineras o industriales) alegando la protección de derechos
ancestrales, un mecanismo de control territorial promovido por los grupos más radicales del Grupo de
Puebla.
4.
CONTROL DE LA COMUNICACIÓN Y «DERECHO A LA INFORMACIÓN»
A través de la narrativa de Epigmenio Ibarra y el apoyo de plataformas como Canal Red, se debate en 2026
una reforma para regular los «monopolios informativos» y las «noticias falsas» (fake news). El objetivo es
blindar la narrativa oficial frente a críticas, siguiendo el modelo de «Ley de Medios» que el Foro de São
Paulo ha intentado replicar en Venezuela, Ecuador (bajo Correa) y Argentina.
EPÍLOGO: EL EXPERIMENTO QUE NO TERMINA
La Cuarta Transformación no nacionalizó nada: internacionalizó el poder bajo otro disfraz. Cuando el relato
ya no basta y la simulación se agota, lo que queda es un país gobernado por consultores, ideólogos y
activistas que no entienden ni aman esta tierra. El experimento no termina: no es defensa de la soberanía,
es sumisión militante —con discurso radical— a intereses extranjeros… sus extranjeros.

