enero 15, 2026
Se trata del fracaso del acuerdo civilizado frente al uso de la fuerza, la expansión del interés nacional hasta donde la debilidad de los otros lo permita

Después de 80 años de tratar de transitar por la vía institucional, por el multilateralismo y por la democracia, en escasos 35 años lo que estamos viviendo es un retroceso mayúsculo, que nos pone a todos en riesgo.

Parece increíble que, a estas alturas de la historia, con grandes avances tecnológicos y científicos, parezcamos comunidades que no hemos evolucionado. Mientras la inteligencia artificial se está convirtiendo en una poderosa herramienta para la toma de decisiones, la convivencia social y política está dominada por los reflejos más primitivos.

En el ámbito internacional, la voluntad del más fuerte impone su sello y las intervenciones son el sustituto de la diplomacia, el punto de partida para sentarse a platicar. Y si bien, después de la segunda gran guerra, y a pesar del andamiaje multilateral que se construyó, no cesaron los conflictos bélicos, los espacios diplomáticos estuvieron abiertos para administrar conflictos y arbitrariedades o bien al menos para denunciarlas.

Por lo que hace a la conducta social, lo más básico domina: el reduccionismo, el miedo, el fanatismo, la búsqueda de un líder que venga a salvarnos. A pesar de las enormes capacidades de producción, las grandes desigualdades sociales prevalecen y con ellas no solo la injusticia, sino además las tensiones que obstaculizan una convivencia civilizada.

La inteligencia artificial puede ser el cierre trágico de este escenario; al alimentarse de las razones y humores prevalecientes, reproduce lo que hay y con ello multiplica las doctrinas dominantes, justifica los juicios maniqueos e incrementa la polarización, ante la gratificación de sus usuarios que encuentran refugio al ver reproducidas sus creencias, sus dogmas.

La reciente entrevista del New York Times a Donald Trump es por demás esclarecedora, no solamente de lo que piensa el actual presidente de los Estados Unidos, sino del deterioro de la institucionalidad y de la democracia en el mundo; no es exagerado decir de la civilidad.

Cuando declara que el límite a su política exterior —podríamos decir a sus políticas en general— es él mismo, su moralidad y su mente, nos remonta a las pretensiones de los estados absolutistas y se quedan cortas las dictaduras que vivió la humanidad a lo largo del siglo XX.

Evoca al monarca absoluto, aquel que disponía de bienes y vidas a su voluntad, claro, siempre y cuando la fuerza y la riqueza le dieran ventaja frente a sus opositores.

Trump pone en evidencia el fin de la institucionalidad forjada después de la Segunda Guerra Mundial, aquella que se construyó no solo para evitar o pacificar conflictos, sino además para atender problemas transfronterizos como la salud, la educación y el medio ambiente, para no hablar de lo más obvio, los intereses económicos. La puntilla la da al anunciar el retiro de los Estados Unidos de más de 60 organizaciones internacionales abocadas a esas tareas, refrendando así una política sistemática que había iniciado desde su primer periodo presidencial.

Se trata del fracaso del acuerdo civilizado frente al uso de la fuerza, la expansión del interés nacional hasta donde la debilidad de los otros lo permita. Y, paradójicamente, no es necesariamente un mensaje a Vladímir Putin y Xi Jinping para frenar sus pretensiones, sino una invitación a seguir el mismo camino.

Después de 80 años de tratar de transitar por la vía institucional, por el multilateralismo y por la democracia, más aún después de la caída del Muro de Berlín, en donde incluso se proclamó el fin de la historia, en escasos 35 años lo que estamos viviendo es un retroceso mayúsculo, que nos pone a todos en riesgo.

¿Cómo llegamos aquí, al ascenso, al menos en Occidente, de gobernantes autócratas por la vía democrática? Eso habla de un electorado de poca memoria, ausente de lo público, ensimismado en sus problemas individuales como si el contexto no importara y, por lo mismo, depositando, consciente o inconscientemente, en otro la grave responsabilidad de lo que nos es común. Un electorado que no pasó a ser ciudadanía.

Todo esto lleva a que el gobierno mexicano se defina. El caso Venezuela y la reiteración de Trump respecto a que México está involucrado en la producción y el trasiego de drogas y además es territorio gobernado por el crimen organizado no deben ser considerados como un dicho más de un presidente que usa ese recurso para presionar, sino como una amenaza real que no puede atenderse solo con no incomodar y no caer en el juego contestatario que hasta ahora ha dado buenos resultados.

Lo que viene es una presión mucho mayor, hacer realidad la amenaza de incursiones, reclamar el deslinde del actual gobierno frente al crimen organizado y, lo más complejo y definitorio, la presión para que Claudia Sheinbaum defina su alineamiento político. Trump reclamará una posición más clara frente a Venezuela y Cuba, pero también frente a Rusia y China. Para ello cuenta con muchas armas: información, el T-MEC, la dependencia de la economía nacional y la complicidad de importantes grupos dentro del bloque gobernante implicados con el crimen organizado y/o ideológicamente con gobiernos populistas de una izquierda autoritaria.

POSDATA: No podemos perder de vista la propuesta que presentará a la presidenta la Comisión que integró para una reforma electoral. Más allá de las dificultades que al respecto pueda tener Morena con sus aliados, lo relevante es que el futuro de nuestra democracia no puede estar sujeto a los corrillos de Palacio. Merece una amplia discusión pública; se trata de las reglas de acceso a la representación y al gobierno y el respeto a derechos y a la voluntad ciudadana.

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