A veces hay que salirse de la legalidad para entrar en el derecho… ¿Cuál derecho? El derecho que tienen los hombres a la libertad’.
El 20 de julio se se celebra el aniversario del nacimiento de Gilberto Bosques Saldívar… el nació en Chiautla de Tapia, Puebla, México. Quería ser maestro y se hizo revolucionario para dar una lección a Porfirio Díaz. Eso sí, ejerció de maestro y se desencantó del rumbo que tomaba la Revolución. Siempre concibió la educación como trinchera y participó en la organización de la Nueva Escuela de la Revolución y del Primer Congreso Pedagógico Nacional, estando muy cerca de José Vasconcelos, el gran impulsor de la instrucción popular, los maestros rurales y la difusión de la literatura y la cultura.
Bosques fue elegido dos veces diputado federal y recuperó la fe en México con la presidencia de Lázaro Cárdenas, el hombre que nacionalizó el petróleo y los ferrocarriles y puso en marcha la reforma agraria. Lázaro Cárdenas le nombra cónsul general de México en París en 1938 con una misión muy concreta: atender al exilio republicano español que se avecina.
Entre mayo y septiembre de 1939, Gilberto Bosques consigue fletar los primeros barcos que rescatan a cerca de cinco mil refugiados españoles. No le da tiempo a más porque estalla la II Guerra Mundial y los alemanes ocupan Francia. Así las cosas, elige el mal menor del gobierno de Vichy y se traslada con familia y colaboradores a Marsella.
En Marsella, rodeado de espías alemanes y agentes de la Gestapo, Bosques empieza a tramitar visados mexicanos. Un visado es el papel que permite salvar vidas perseguidas por el fascismo. Bosques emite visados para intelectuales, escritores, artistas y gente anónima, españoles republicanos a la deriva en un mar de abandono y humillación.
Bosques, utilizando todo el margen que le permite su estatus diplomático, las atribuciones concedidas por Cárdenas y un gobierno de Vichy que ve cómo le soluciona parte del problema español, empieza firmando visados para el exilio republicano y sigue haciendo lo mismo con los huidos del fascismo de toda Europa, un gran número de judíos entre ellos. Gilberto Bosques acompaña personalmente a los refugiados a embarcar, no vayan a tener problemas, y pese a las crecientes amenazas del Reich, salvará alrededor de cuarenta mil vidas, según las estimaciones más aceptadas.
Gilberto Bosques alquila los castillos de La Reynarde y de Montgrand para convertirlos en centros de asilo, uno para hombres y otro para mujeres y niños, refugiados sacados de los campos de concentración a la espera de tramitar documentos. Así, en suelo mexicano, empiezan a recuperar su dignidad. Trabajaban en el mantenimiento y organización de las mansiones y los domingos hasta podían disfrutar de conciertos que programaba el cuerpo diplomático mexicano.
Gilberto Bosques también organiza un servicio de empleo con diversas empresas que contratan a exiliados, crea un servicio de tickets que pagan 2.500 comidas diarias en restaurantes de Marsella para refugiados y pone en marcha una oficina jurídica con abogados españoles y franceses que pelean en los tribunales cada orden de extradición llegada de España. Las ganan casi todas. Más de 120.000 refugiados españoles se beneficiaron de alguna de esas iniciativas.
En 1942 los alemanes entran en Marsella y la Gestapo entra en la legación mexicana para detener a Bosques, esposa y tres hijos adolescentes, y personal diplomático. Los mandan a Bad Godesberg.
Bosques y los suyos permanecerán recluidos cerca de un año, hasta 1944, cuando son trasladados a Lisboa para un canje con diplomáticos alemanes detenidos por los aliados. Gilberto Bosques regresa a México con su misión más que cumplida, habiendo expuesto la piel más de una vez, sin haber traicionado sus principios de joven maestro revolucionario.
En abril de 1944, Gilberto Bosques llega en tren a la estación Buenavista. Allí, bajo la lluvia, le esperan miles de republicanos españoles y judíos europeos que lo reciben con un júbilo indescriptible y lo pasean a hombros. ‘No fui yo, fue México’, se excusa Bosques.
Gilberto Bosques continuó su carrera diplomática como embajador en Portugal, Finlandia, Suecia y Cuba. La vida, que a veces tiene detalles, seguramente halagada por todos los regalos que le hizo Bosques, le concedió 102 años hasta morir en paz, rodeado por todos los suyos, en una casa que siempre tuvo las puertas abiertas y a la que cada día llegaban flores que mandaba gente a la que había ayudado sin cargar el favor a nadie.
Gilberto Bosques ha recibido honores del gobierno alemán y francés, que han creado un premio de derechos humanos con su nombre, y una escuela pública berlinesa lleva su nombre.
Créditos del texto: Toni Álvaro.

