enero 2, 2026
casi anocheciendo en una de las ciudades más grandes del México, el Sr. Ramírez de casi 60 años llego corriendo para abordar el micro,

Era el 24 de diciembre, casi anocheciendo en una de las ciudades más grandes del México, el Sr. Ramírez de casi 60 años llego corriendo para abordar el micro, apretando disimuladamente la bolsa del pantalón en la que entre un manojo de llaves, llevaba su aguinaldo, obtenido por su esfuerzo en la fábrica donde laboraba.

El micro cruzo rápidamente las calles con iluminación decembrina, que alegraba el corazón de todos los que recorrían las tiendas para poder completar la lista de regalos para la familia, pero eso no pasaba con el Sr. Ramírez que aún con el dinero extra no tenía con quién, ni en qué gastarlo.

Pasaron unos 10 minutos entre semáforos en rojo y verde, en una de las paradas subió una familia, el padre lleno de cajas, de la mano de la madre cuatro niños escandalosos, llenando el silencio de risas, gritos y algarabía, esa fiesta le molesto mucho al Sr. Ramírez, el ruido lo considero insoportable y mostrando una cara de desagrado como con la que casi siempre responde a los saludos de los vecinos de su edificio, al grado que donde rentaba se había ganado el sobrenombre de “el viejo huraño”, que a sus espaldas pronunciaban cuando se referían a él.

Los pequeños comentaban sobre los regalos que su padre había comprado: camisas, pantalones, blusas, e incluso una de las niñas, entre las risas, comento lo hermosos que eran sus nuevos calzoncillos, que no se parecían a los que les hacia su mamá de las sabanas viejas.

Entre risas y comentarios en voz alta, la familia hablaba sobre lo siguiente en su lista de actividades, entre visitar a los abuelos, ir a comprar la cena en el mercado, envolver los regalos sorpresas, entre otras actividades decembrinas y de pronto paso, no sabe si fue por el constante subir y bajar de los pasajeros felices o por la plática que con gran esfuerzo intento ignorar, le hicieron notar el vacío de su vida, la soledad de la que a sus casi 60 años regularmente se mostraba orgulloso, ya que “ninguna vieja” le pedía cuentas de su dinero ni de su tiempo, no tenía hijos, ni familiares a quien visitar es esas fechas, recordó sus viejos tiempos de estudiante en la facultad, todas las veces que reprobó por andar con los amigos ocasionales festejando por todo, lo que lo llevo a seguir soltero y de sus sueños de convertirse en un próspero profesionista, sueños truncados por la bebida y la irresponsabilidad.

Enojado consigo mismo por las decisiones del pasado, por las risas de los niños, la alegría de los padres y el ambiente festivo que inundaba el transporte, rápidamente pidió la parada. Bajo de la micro sin fijarse si había o no llegado a su destino.

Camino sin rumbo con las manos en los bolsillos, con la boca seca y los ojos llorosos, mientras la gente lo empujaba con sus prisas, sintió que las luces, las casas, los automóviles y todas las cosas se borraban, tras un velo de lágrimas que llenaban sus ojos.

A lo lejos vio parado en una esquina a un niño descalzo, con una canasta de mazapanes bajo el brazo, gritando y ofreciéndolos en venta y pidiendo, en un cochinito de plástico, “su navidad”.

Metió la mano en su bolsillo y con un ademan sencillo, como quién da una propina humilde, saco todos sus billetes y le dijo:

Toma amigo…. – Y siguió su camino, dándole gracias a Dios de que, aunque fuera tarde, había comprendido que los más valioso es compartir.

Gracias Señor – grito el niño mientras le lanzaba un mazapán con todas sus fuerzas y él lo atrapo en el aire con una sonrisa.

Ya no sentía el malestar que había cargado desde hace tanto, y sin siquiera notarlo saludo a los vecinos antes de entrar a su edificio, subió las escaleras y vio su vecina de piso subiendo pesadas cajas, de las cuales él tomo las más grandes y le ayudo a llevarlas hasta la puerta de su departamento.

Llego, cerró la puerta y se dispuso a dormir, entonces se cambió y saco el mazapán que había recibido del niño y lo coloco en su buró.

Esa noche, Nochebuena, fecha que celebramos el nacimiento de Jesucristo, el Hijo de Dios, quién trae esperanza, alegría, amor y la promesa de una vida eterna, el Sr. Ramírez durmió tranquilo y plácidamente, al despertar sintió hambre, abrió la puerta para salir por provisiones con el poco dinero que tenía en casa y encontró en el piso un desechable con lo que seguramente era recalentado, comida que hace mucho tiempo no probaba, lo había dejado su vecina, sonrió y sintió en su corazón lo que es una Feliz Navidad.

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