enero 2, 2026
En una habitación convertida en teatro de memorias, Andrés enfrenta su destino. Rodeado por los recuerdos más intensos de su vida, su cuerpo lucha mientras su mente revive goles, fiestas, amores y logros. Una madre, un enfermero y un hombre de chaqueta bermellón intentan rescatarlo desde el corazón de su historia.

Dedicado a la memoria del poeta Andrés Montes de Oca

El cuerpo de Andrés está dispuesto para la última lucha por salvarlo. En la cama, inconsciente, con respirador artificial, múltiples sondas y una conexión eléctrica en la nuca, depliega los clósets de su memoria en las paredes laterales y frontal de la habitación. En una esquina, un pino de navidad adornado con títeres y un nacimiento cuyo pesebre son libros, asocian la temporada a la esperanza de que exista un remedio dentro de él.

El enfermero de guardia contribuye a la violación de las reglas, pero sólo lo hará durante 40 minutos. Están presentes la mamá de Andrés y el hombre de la chaqueta bermellón, el de la iniciativa. El enfermero los apresura.

Sobre las paredes se proyecta un mapa del cerebro del moribundo. El pasado está a la izquierda, el presente en la pared frontal; los deseos se localizan en la restante. El hombre de la chaqueta señala una mancha de color intenso. El enfermero la amplía. Andrés tira un penalty. Su madre lo recuerda: ese gol lo tuvo contento por meses. Cada elección es una pieza jugada, y sólo tendrán derecho a unas cuantas, las que permita el corazón del paciente: “¡Tiro a gol!”, deciden.

Andrés vuelve a experimentar el partido, a los espectadores ansiosos, el olor a pasto, la fuerza del sol. Ve al portero, siente las piernas y el contacto con la esfera. Mira con seguridad la proyección imparable de la pelota, el salto inútil del guardameta. Los gritos, la satisfacción que alcanza a reflejarse en su rostro, visible a través del respirador.

El enfermero los regaña. La presión cardiaca rebasa los límites de peligro. La mamá deja de escenificar ella misma el penalty, como si esperara la respuesta imitativa de su hijo; sugiere acudir a la infancia. Buscan manchas intensas en la pared izquierda. Andrés se agita; la fantasía lo enfrenta con la real carencia de sus piernas, sacrificadas a la gangrena hace apenas unas semanas. El rostro dormido deja escapar un gesto de dolor. Eligen una mancha colorida; la ampliación lleva al paciente comatoso a sus 12 años. La fiesta infantil, globos y refrescos; él dirige y actúa una breve comedia. Siente el gozo del escenario, del ingenio valorado. Escucha los aplausos. La satisfacción es inevitable. Vuelve la sonrisa a transparentarse por el respirador.

El hombre de la chaqueta bermellón ordena intensificar aún más la experiencia; un disparo de energía vivifica los recuerdos. Andrés, maquillado, pretende apoderarse de la atención de una niña rubia. Los ojos azules ceden gradualmente al insistente llamado del gracioso que está en el escenario. La voz del niño actor aumenta su volumen; ella lo mira, sonríe. Hay risas y aplausos. El corazón late en armonía. El hombre de la chaqueta señala una mancha cercana.

El enfermero los apura; amplía otro recuerdo de fiesta. Andrés usa traje y baila con una muchacha. Su mamá reconoce la graduación; la señora se preocupa. La música disco regresa a la memoria auditiva del enfermo, junto con el perfume de su acompañante, el calor del salón y la sed. El hombre de la chaqueta desea vivificar aún más el recuerdo; la mujer duda.

Andrés vuelve a recordar la pérdida de sus piernas; las sensaciones revividas de amontonamiento, baile y calor, dificultan su respiración. El enfermero alza la voz: están adelantando la muerte. La señora señala a gritos una mancha en la pared de enfrente.

La gran plaza, un mantel pequeño sobre unos escalones, una botella de vino blanco. Andrés poeta declama acompañado de una guitarra; Lourdes disfruta del intento de conquista. Orden de intensificar el recuerdo. El enfermo siente las cuerdas de la guitarra, el espíritu del trago, las hormonas inquietas por la compañía. La gente los mira; un guardia los apresa con la mirada. El viento le vuela el cabello, levanta el mantel y bromea con la falda de ella. Andrés respira profundamente y expone su sonrisa en la vitrina del respirador.

El enfermero se levanta. Dice que lo buscan en su puesto. El hombre de la chaqueta lo detiene: no saldrá hasta agotar el tiempo, o la vida del paciente. El enfermero protesta, quiere alzar la voz, pedir ayuda. La mamá de Andrés suplica: es por un desahuciado.

La presión baja; el moribundo apenas respira. La señora, sin habla, camina de prisa hacia la pared derecha y señala con aspavientos desesperados una mancha brillante. El enfermero regresa a sus aparatos; ella toma la mano de Andrés.

El cuerpo convulsionante recupera despacio su normalidad a medida que en el lóbulo frontal de su cerebro se vivifica un auditorio lleno, él de traje y corbata ante un podio, arreglos florales, luces intensas, un vaso lleno de agua y una pila de libros sobre una mesa que, aun distante, le salpica orgullo.

Andrés autor vuelve a vivir la noche cuando se confirmó como eso. Hay cámaras, trajes, escotes, vino y aplausos. Hay un libro, hijo que no llora, criatura nacida madura que lo hace sentir grande. Están junto a él amigos, familia, maestros y seguidores. Es un buen final.

El enfermero lo declara formalmente muerto. El hombre de la chaqueta bermellón abraza a la madre. Fue un buen intento. Lamentablemente, el mapa cerebral estaba lleno de caminos bloqueados por enojo, fatalismo; rotos por el miedo.

El enfermero lo increpa con furia: ¿Qué pretende con este tipo de aventuras sin destino? El hombre de la chaqueta bermellón responde que recuperar la confianza de un sector de la población, el de los enfermos, que hace mucho tiempo dejó de creer en él (ni en nada).

El enfermero le dice que, por lo pronto, empiece por recuperar la suya y extiende su mano abierta, en espera del pago acordado.

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